Sarre, 1935

El Sarre es una región de Alemania, rica en materias primas para la industria. Sin embargo, en 1935 estaba en manos de Francia, en virtud del humillante Tratado de Versalles, impuesto a Alemania por los vencedores de la I Guerra Mundial.

En este contexto aparece Hitler, que después de ganar las elecciones de 1933 fuerza un golpe de Estado y se hace nombrar Führer del pueblo alemán, al que ha de reconducir al lugar que le corresponde entre las potencias mundiales, como Herrenvolk que es. Poco importa que en el camino vaya zurrando a los judíos, declarados oficialmente «enemigos del Reich»; poco importa que los comunistas, los católicos y cualesquiera otros que se opongan al Partido vayan siendo retirados de la circulación (a veces, de forma definitiva).

En el año concreto en que nos situamos, hay un referéndum en el cual, curiosamente, un 90% de los sarrenses decide reincorporarse a la patria alemana. Detrás de ese 90% hay una intensa campaña de amedrentamiento: se envían cartas amenazadoras a los tibios y a los opositores antinazis informándoles de las aterradoras consecuencias de su voto contrario a la vuelta al Reich. El Frente Patriótico («marca» del partido nazi en la región) ofrecía papeletas contraseñadas a los tibios para que éstos, una vez ganado el referéndum, pudieran demostrar que habían votado en la forma correcta.

Por supuesto, no sirvió de nada. Una vez bajo control alemán, la Gestapo saldó las cuentas precisamente con los tibios, puesto que los antinazis se habían puesto a salvo al otro lado de la frontera. Los «indecisos» cayeron como «espías de Francia», «separatistas» o «víctimas de los indignados patriotas» en el curso de linchamientos «espontáneos» organizados cuidadosamente por la Gestapo.

Ahora, hagamos el siguiente ejercicio. Cambiemos «el Sarre» por «Navarra» y tengamos en cuenta lo siguiente: el 80% de los navarros quiere seguir siendo independiente de los vascos. Hace unos pocos días, unos «energúmenos» atentaron contra el Ayuntamiento de Pamplona. ¿Suena todo lo anterior? ¿Repetimos la historia?

Ea, ea, ea…

Que sí, que ya lo hemos oído otras veces. Sobre todo en Cataluña. Zapo se está lamiendo aún las heridas de la manifestación del 3-F. No sabían cómo «desacreditarla». En otro post hablábamos de la «marea rojigualda» que hubo en aquella manifestación, lo que hizo que al desgobierno de Zapo le faltaran reflejos. Eso y no otra cosa fue la salida de tono de Diego López Garrido («la derecha se quiere apropiar de los símbolos de todos los españoles»), que a nadie engaña porque aquél que toma algo que otro ha abandonado, ni se apropia ni roba. Eso lo debería saber el señor López Garrido porque viene en su manual de Derecho romano. Las rei derelictae, que decían los romanos.

Pues nada, que ahora asistimos a otra genialidad de Pepiño. No sólo ha «prohibido» que ningún cargo socialista acuda a los programas de las televisiones públicas controladas por el PP (especialmente Telemadrid), sino que ha dado un paso más: querellarse contra el Foro Ermua por «enaltecimiento del terrorismo».

¿Cuál es el fondo de la querella? Al parecer, unos «cánticos» dirigidos a él de forma no demasiado apropiada. En Cataluña ya lo hemos visto antes. Jordi Pujol «travestía» los ataques dirigidos a su persona en «ataques a Cataluña», como si él representase a toda Cataluña. Siempre hemos mantenido que los malos gobernantes (o para ser más compasivos, los gobernantes «en horas bajas») se envuelven en el manto acogedor de la colectividad, donde pueden esconder mejor los fallos debidos a su gestión.

Así pues, resulta que unos cánticos un tanto subidos de tono se transforman por arte de magia y birlibirloque en un gravísimo «enaltecimiento del terrorismo». Naturalmente, el juez de la Audiencia Nacional, competente para entender de estos delitos, le ha mandado a… la Audiencia Provincial, probablemente porque de sustanciarse serán más bien un «honesto» delito de injurias o calumnias. Pero hay más. Resulta que al señor Mikel Buesa «no le consta» haber oído esos cánticos. Y como creemos que el señor Buesa dice la verdad cuando le preguntan y no tiene por qué mentir, habrá que pensar que fue un montaje para desacreditar nuevamente la manifestación. Sin embargo, he aquí que a Pepiño las cosas no le salen bien. Y luego pasa lo que pasa…

Ea, ea, ea,
Pepiño se cabrea…