Cómo ser español (en Cataluña) y no morir en el intento

Español y orgulloso de serlo. Y también catalán y orgulloso de serlo. Sin que ninguna de las dos facetas tenga preeminencia sobre la otra. Así es como me defino. Y apurando un poco, de derechas, ¿pasa algo? En realidad no debería pasar nada, porque estamos en un país «libre», ¿verdad? Bueno, pues sí pasa. Resulta que resido en Cataluña, donde para desgracia de sus ciudadanos gobierna un convoluto (más bien habría que decir «revoluto») izquierdista independentista que lo único que ha hecho es… nada, salvo revolver más las aguas políticas, propias y ajenas.

Al nivel en que yo puedo observar las cosas, realmente me afecta en un aspecto: la prensa. Yo compro La Razón y a veces El Mundo (después de un cierto «giro a la izquierda» para intentar arañar lectores al Pravda, diario «dependiente de Moncloa», dejé de comprarlo y sólo a veces, cuando una información específica me llama la atención, lo adquiero). El caso es que antes, según donde compraba esa prensa, me miraban de través y yo podía leer en los ojos de quien me lo vendía «eres un asqueroso fascista españolista que sólo merece que lo echen de Cataluña». Me convencí de que era mejor comprarlo allá donde atendieran extranjeros, que no sufren tanta visceralidad respecto del tema nacional.

Lo mismo se diga de entrar en el bar. Uno entra en el bar a tomarse un café o unas cervezas y, como es costumbre aquí, raramente el establecimiento tiene El Mundo o (Dios nos libre) La Razón a disposición del cliente. Más normal es encontrarse los diarios de aquí: El Periódico en edición catalana, claro, para garantizarse algún tipo de subvención o que no te visiten los maulets, o komsomoles de pa amb tomàquet; La Vanguardia, para los «indefinidos» y el diario local de turno. Y en no pocos, también el Pravda. El caso es que uno, que es cliente y recalcitrante, entra con La Razón o El Mundo (o los dos) bajo el brazo… y según dónde entra, recibe una mirada como la del quiosquero o quiosquera de turno.

Esto es así desde hace bastantes años. Miente quien diga lo contrario. Quien diga que en Cataluña esto no pasa porque «somos tolerantes» y toda la retahíla de tópicos que se han dicho siempre sobre Cataluña. Que dicho sea de paso, pertenecerán a una Cataluña soñada o deseada, pero no a una Cataluña real. La Cataluña real está inmersa, como el resto de España, en una inmensa operación de ingeniería social. Tal como decía el indecible Arzallus, se prefiere a un negro que hable catalán con exquisito acento ampurdanés que a un catalán que hable castellano, aunque sea con acento de Burgos.

Pero, a ver: ¿por qué tanto énfasis en la lengua? Simple: la lengua es hoy una manera civilizada (los más pedantes lo llamarán «signo de identidad nacional») de distinguir a los «buenos» de los «malos», como en los dos siglos anteriores lo fueron los apellidos y la raza. La prueba de ello es que tenemos un President de raíces andaluzas (ocurrió, pues, lo que profetizaba apocalípticamente Pujol en 1969: que la Gran Cataluña fuera gobernada por un «emigrante») y que no se avergüenza de ello. Conocer la lengua catalana da hoy derechos; y no conocerla priva de ellos, por más que la realidad sea tozuda y mayoritaria en castellano. Pongamos por caso las oposiciones, que es por lo que suspira media juventud española (en puridad, el 60%). Es obligado el conocimiento de la lengua catalana, acreditándolo bien con un diploma de Normalització Lingüística (más bien de «uniformització» lingüística). Que el TC lo haya dado por bueno no justifica las continuas quejas de «persecución del catalán» y de los titulares apocalípticos tales como «el catalán, en peligro de desaparición».

Como sea, atrévase uno en Cataluña a significarse por encima de la masa borrega exigiendo una primera educación en la lengua materna cuando ésta es la castellana. Verá cómo le dicen que «de eso no tenemos». O tenga uno un local abierto al público y atrévase a rotularlo en castellano. Verá cómo recibe una notificación de la Comisaría Política de la Lengua intimándole a cambiar el idioma bajo apercibimiento de multa (o en su defecto la visita de los maulets, que se lo romperán si insiste en defender su derecho). No importa que lo rotule uno en árabe o en ugro-finés, con tal de que no sea en castellano. O, Dios no lo quiera, atrévase a ejercer su libertad de asociación política (art. 7 de la Constitución) afiliándose a un partido «españolista» o, cuando menos, «no independentista». Si insiste en defender públicamente su derecho a tener opinión política distinta de la dominante, verá cómo aparecen pintadas amenazantes en el portal de su casa. Que el cuento de los «chicos de la gasolina» –pobrecitos ellos, tan descerebrados– ya nos lo han antes, oiga.

¿La verdad escuece? Bien. No es de extrañar que el famoso reportaje de Telemadrid –«Castellanohablantes, ciudadanos de segunda» cuya visión recomiendo a quienes sostienen por encima de todo que «en Cataluña no pasa nada»– levantara ampollas aquí. Era curioso ver a Miquel Calzada, más conocido por Mikimoto, afirmar con contundencia «Que se’n vagin» (que se vayan), en referencia a los que protestan por el statu quo educativo catalán. No menos curioso era ver al impresentable Joel Joan decir «Què collons els importa a Madrid el que fem aquí?» (¿Qué cojones les importa en Madrid lo que hacemos aquí?). Con la circunstancia de que ese actor ha trabajado en Madrit (según él, el extranjero) y le han pagado con dinero español (qué asco)… Y no menos chocante resulta ver a un alto cargo de la Conselleria d’Ensenyament asegurando con una sonrisa beatífica que «aquí no pasa nada (segadors, no esmoleu l’eina que podríem prendre mal… en general…)».

Es peligroso definirse públicamente como «español» en Cataluña. No importa si también te defines como catalán. Sigues siendo un traidor. De todos modos, seguimos intentándolo, faltaría más.