Ermua

Ermua es un pequeño pueblo de Euskadi. Uno de esos pueblos que se pierden en la campiña vasca, interminablemente verde y salpicada de baserris y caseríos diversos. Ese pueblo queda ahora en la memoria de muchas personas de bien porque por estas fechas, hace diez años, se secuestró y asesinó vilmente a un ermoatarra. ETA fue su juez y verdugo. ¿El delito? Ser concejal en el ayuntamiento de su pueblo siendo del PP, ese partido al que todos los demás partidos quieren borrar de Euskadi. Su nombre era Miguel Ángel Blanco Garrido. Un joven de 29 años, cuya mayor preocupación era ir todos los días a su trabajo en una asesoría.

No es momento –o sí– de caer en la cursilada de decir «Todos somos Miguel Ángel», entonada con cierto aire compungido. Sí es momento, desde luego, de recordar que Miguel Ángel Blanco entregó la vida por sus convicciones. Y es momento de echar la vista atrás para decir que su sacrificio no fue en vano. Que su asesinato marcó un antes y un después con ETA. Se hizo algo que no se había hecho antes. La calle fue de los violentos hasta ese fatídico 10 de julio de 1997. A partir de esa fecha, fue el pueblo, sin más, quien tomó la calle. Fueron las gentes de bien que ya no se resignaron a encerrarse en casa y ETA, «valiente» contra un hombre solo, empezó a recular cobardemente cuando el pueblo vasco (y no sólo el vasco) se le echó encima. Incluso algunos prohombres del PNV, un partido cuyo presidente Arzallus decía entonces que «a ETA no hay que derrotarla» y que mencionaba satisfecho su «teoría del árbol y de las nueces», comenzaron a tentarse el cuerpo.

Es momento también de recordar que Irantzu Gallastegui habló del asesinato como una ekintza (acción «militar», en la terminología etarra) que iba a cambiar mucho las cosas en Euskadi. Y así fue: tantas fueron la crueldad y el desprecio por la vida de Miguel Ángel que las cosas ya no pudieron ser igual. El apellido Gallastegui tiene mucho peso y tradición en ETA. El abuelo de Irantzu, Eli Gallastegui, Gudari, fue el precursor de ETA (habiendo sido también secretario de Luis de Arana, hermano del Fundador; y su tío Iker, Gatari, dio el «gran salto adelante» de convertir a unos jovenzuelos nacionalistas radicales en terroristas y asesinos.

En mi modestísima opinión, hay dos libros que explican y mucho el por qué y el cómo de ETA y que recomiendo encarecidamente a quien quiera adentrarse en las causas y consecuencias de ETA. El primero es El bucle melancólico, de Jon Juaristi (Premio de Ensayo 1997, Espasa-Calpe). Un lúcido alegato contra las mentiras que se convierten en dogmas a fuerza de ser repetidas; contra los dogmas que se convierten en tradición a fuerza de pasar de generación en generación; y contra las tradiciones que se convierten en religión a fuerza de ser impuestas por quienes se creen intérpretes únicos de la voluntad de una diosa sedienta de sangre («la vieja que pasó llorando»). Un libro que además posee el valor añadido de ser escrito por alguien que, criado en el microcosmos nacionalista, militó en ETA y consiguió salir vivo de la organización.

El segundo libro cuya lectura recomiendo es ETA: El saqueo de Euskadi, escrito por los periodistas Isabel Durán y José Díaz Herrera (Planeta, 2003). Sus aproximadamente 800 páginas son un caudaloso río que nos conduce, capítulo a capítulo, de la sorpresa y el estupor al horror y al espanto (y cómo no, al enojo: el enojo de ver cómo los sucesivos Gobiernos de España permitieron que las cosas llegaran a donde llegaron con ETA). Con todo lujo de detalles se relatan las debilidades de la «democracia del consenso», las traiciones peneuvistas en aras a conseguir las mismas finalidades que los etarras y los errores socialistas (sobre todo, el de pensar que «todos estaban o podían estar en el mismo barco»).

Nadie mejor que Marta Bergaretxe, madre de Eduardo Moreno Bergaretxe, Pertur (miembro de ETA presuntamente asesinado por la propia banda porque descartaba la vía militar para conseguir la independencia), pudo definir mejor en qué se ha convertido ETA al cabo de los años: «ETA es hoy una banda nazi y mafiosa. En ETA un pequeño grupo de fanáticos sigue creyendo que en este país no puede haber democracia» (agosto de 2000).

Por encima de todo, fue el odio lo que segó la vida de Miguel Ángel Blanco. Odio a España y lo español mamado en las familias abertzales (tiene narices que abertzale signifique «amante de la patria»). Odio enseñado y aprendido en ikastolas que, como muestran Isabel Durán y José Díaz Herrera, son la kantera de los cachorros de ETA, que se foguean primero en la kale borroka y después ya se integran en la banda como terroristas hechos y derechos. Fueron los 30 años de pasividad de los Gobiernos centrales. Fueron las traiciones, grandes o pequeñas, que los nacionalistas «moderados» perpetraron contra la democracia, consentidas por los socialistas (los Egiguren, Elorza y López, al menos) por mero cálculo electoral.

La única política que de verdad sirvió contra ETA fue la que llevó a cabo José María Aznar. El berreo socialista de que «también acercó presos» no puede tapar el hecho de que gracias a la Ley de Partidos a ETA se le acabaron muchas bicocas. De paso, al PNV también: precisamente por andar de la mano con ETA cuando les convenía fueron expulsados de la Internacional Demócrata Cristiana (IDC). Y Zapo está deshaciendo ese camino, simplemente porque necesita al PNV, y el PNV le pasa factura política exigiendo ayudas para los «hermanos descarriados». Cediendo al chantaje terrorista, Zapo nos está colocando ante una situación pre-Ermua. Esperemos que no le dé tiempo a completar el contra-proceso.

Miguel Ángel, no te hemos olvidado. Ni a ti ni a las casi mil víctimas vilmente asesinadas, ni a los cerca de 250.000 vascos que han tenido que irse de su tierra por estar amenazados de muerte o por haber sido brutalmente cercenado el núcleo familiar. No os olvidamos a ninguno. Y esperamos que algún día podáis volver a vuestra verde tierra, sanos, salvos y por encima de todo, vivos.