Doblegás

La abuelita de verano se fue a casa, a cuidar de sus nietos. Nos queda un descanso, porque si algo ha hecho esta señora es sonrojarnos con sus manifestaciones totalmente contraculturales, como por ejemplo, lo de «alegrarse porque la gente cada vez lee menos diarios». Luego, remachó el clavo especificando que se refería a los periódicos «de extrema derecha». Que esto lo diga, un suponer, Pepiño, no tendría nada de raro porque Pepiño, a fin de cuentas, ya nos tiene acostumbrados a este tipo de chorradas. Pero si quien lo dice es nada menos que la directora de la Biblioteca Nacional, que además ha publicado algunos libros, puede convenirse que la cosa tiene más delito.

Pero no solamente eso. Esta señora ha hecho de su cargo una tribuna reivindicativa de sus personales convicciones políticas, sin venir a cuento. Ha querido menear el rabo más de lo debido, a diferencia de sus callados y eficientes antecesores (Luis Alberto de Cuenca o Jon Juaristi) y se ha salido de la foto. Que para que el propio ministro te largue diciendo «no has hecho nada», muy mala ha tenido que ser la gestión para ser invisible. También hay para preguntarse qué es lo que encontró bien la menestra Pixidixi para merecer y mantener toda su confianza.

Las declaraciones que mencionamos más arriba son por encima de todo falsas: resulta que en los últimos estudios de medios parece ser que quien pierde lectores es el Pravda (anteriormente conocido como Er Paí), mientras que los ganan esos periódicos de «extrema derecha», a saber, El Mundo y La Razón. Lo mismo se diga de la SER frente a la COPE. Digamos que esto califica a Doblegás como progre cum laude: cuanto más palmaria es la realidad, más se aferra ella a sus convicciones para negarla.

Porque eso es lo mejor: todo el ideario progre que tenemos que soportar aquí, en Cataluña, lo ha paseado ella por toda España y olé. Alabanzas, aleluyas y loas a Santiago Carrillo por «toda una vida dedicada a la política» (ni una mención a Paracuellos, claro). Fijación enfermiza con «la extrema derecha» que, oh casualidad, resulta ser el PP (se alegró más de la derrota del PP en 2004 que de la muerte de Franco: qué cosas tienen estos progres). Y naturalmente, críticas a discreción contra el PP por «atizar el odio a los catalanes». Que esto último es una verdad a medias: fuera de Cataluña no odian a todos los catalanes. No, señor. Cuando se les explica que no se puede meter a todos los catalanes en el mismo saco, distinguen perfectamente entre un servidor de ustedes y, por ejemplo, un Carod o un Puigcercós.

Cada vez que Doblegás ha abierto la boca ha sido para dejar bien clara su raigambre de izquierdas (y dejarnos patidifusos a los demás), lo cual, a falta de una gestión decente de la institución, no está mal. Pero a lo mejor se creyó que bastaba con hinchar pecho y declararse más izquierdista que Durruti o Andreu Nin (por citar un catalán). Que bastaba con externar su odio al PP y a la «extrema derecha».

En cuanto a la catadura democrática de Doblegás, no hay más que ver su actitud frente a la prensa. Como bien recuerda Wallenstein en su blog, sostiene Regás que los «buenos» deben leer la prensa «adicta» y no leer la prensa «no adicta». Y que defender eso es lo propio de lo que él llama un intelectual orgánico, es decir, consagrado al sistema que le da de comer. O sea, que Doblegás tiene de demócrata lo que yo de físico nuclear.

Y ahora, el ministro minero la ha despedido, en una jugada que se ha presentado como un cese-dimisión. A la vista de los antecedentes no podemos sino aplaudir esa decisión, máxime si tenemos en cuenta, además, la última travesura: la desaparición-robo de dos páginas de un incunable al que sólo se puede acceder con carnet de investigador. Esto, naturalmente, evidencia un agujero importante en materia de seguridad. También habría que plantearse qué clase de investigador es una persona que no tiene escrúpulo alguno en arrancar páginas de un libro de estas características.

Pues nada. Doblegás se ha ido. Sin pizca de autocrítica: enarbola la bandera del feminismo y de la prensa enemiga mientras tiene que oír de su jefe lo de no has hecho nada. Y se va sin gas: 73 años pesan mucho ya y uno no sabe si es que la señora siempre fue así —parece que sí— o es que ya está más pallá que pacá —hipótesis secundaria pero tampoco descartable—. Esperemos que se le dé bien cuidar a los nietos, porque lo que es los libros… Sólo falta saber sobre quién recaerá el nombramiento nuevo director de la Biblioteca Nacional. A ver si va a resultar que el sucesor/a va a hacer buena a Doblegás