Estos americanos están locos (o no)

A qué punto hemos llegado, madre de Dios. Acabo de enterarme que un juez estadounidense prohíbe a un jurado visionar series «judiciales» (tipo CSI, Ley y Orden, El Abogado, etc.) y un canal —Court TV— de 24 horas de contenidos legales para que no se deje llevar por la mezcla de realidad y ficción a la hora de juzgar un caso. El asunto ha llegado a tener tal envergadura que en todo el país se dan seminarios a los abogados para enfrentarse «al efecto CSI».

Hoy nadie medianamente informado discute que los inventores modernos de la corrección política son los estadounidenses. No sé si será la herencia cuáquera o de otro tipo; pero en aquellas tierras la moral pública es rígida y la privada todo lo amplia que permite la ley (en algunos casos muy permisiva). Recordemos el «caso Clinton»: el entonces presidente no sufrió un proceso de impeachment por «dejarse tocar la flauta», sino por mentir acerca de ello. No sabemos si ese proceso se hubiera iniciado de haber admitido Clinton desde un principio la verdad. Claro que eso le podría haber costado el matrimonio de entrada, y Hillary Rodham Clinton no es precisamente una «tímida florecita»: más bien al contrario, responde al perfil de mujer de armas tomar.

Pero volviendo a lo que nos ocupa, parece ser que en Estados Unidos es posible asistir vía televisión a juicios determinados, algo que en España está vedado por regla general y reservado a ocasiones como la del 11-M, en la que medianejamente se ha cumplido lo de «queremos saber la verdad» (parece ser que ni son todos los que están, ni están todos los que son… y tal vez tengamos que esperar a marzo, como poco, para empezar a entender este lío).

No me imagino yo que en España pudiera darse un caso así, de prohibición de visionado de series y de juicios en directo. Distinto es el caso de que, al estilo Court TV, se filmaran los juicios para ser vistos después por miles o millones de personas. Seguramente, el secreto del sumario sería una excusa convincente en muchos casos; pero quizá habría juicios que no hubieran terminado con una sentencia denigrante, como la de un caso atroz: la víctima de malos tratos que acudió con la cara hecha un cromo por su pareja o marido (no recuerdo bien el caso), vio cómo era éste absuelto de los dichos cargos, con toda la tranquilidad. O algunas otras sentencias, que nos hacen suspirar resignadamente y decir: «Esto sólo puede pasar en España».

Qué duda cabe que la cultura norteamericana es más televisiva que la nuestra. Que para ellos, lo que no está en la tele no existe (tal vez le den una oportunidad a Internet). Y que en la tele se puede enseñar casi todo lo que forme parte de la realidad, como es el caso de los juicios. Así es como entienden ellos la libertad y la democracia. A nosotros, que somos más carpetovetónicos, el poder (del color que sea) nos da por un lado fútbol o toros y por el otro programas del corazón. No es conveniente que el español, de tradicional genio vivo, aprenda por televisión a defenderse y atacar en los juzgados (en puridad, no es conveniente que el español aprenda nada en la televisión; pero de eso hablaremos en otro artículo).