La blogosfera es diestra

Tomo prestada esta entrada del blog Rumbo a Levante. No es actual (abril 2007), pero creo que muchos suscribiríamos sus palabras de principio a fin.

Así lo asegura Fernando Mínguez en HispaLibertas. También advierte que esta situación no le gusta nada al PSOE, y parece ser que van a tomar cartas en el asunto:

En el PSOE andan preocupados porque, según parece, la opinión «de derechas» se ha enseñoreado de este nuevo canal, y andan dándole vueltas a cómo nivelar la balanza y poner el asunto más en onda con la «mayoría social». Como ustedes comprenderán, a mí me entra temblequera de sólo pensar que en el Comité Federal hayan podido dedicar un segundo de su tiempo a pensar en nosotros y hayan decidido que somos un problema. A partir de ahí, cualquier cosa es posible: desde que nos prohíban escribir hasta que nos obliguen a pagar un canon por palabra, pasando por la obligación de que cada blog esté apadrinado por dos personas de distinto sexo (blog paritario).

Y a partir de ahí reflexiona sobre los motivos de la proliferación de los blogs de derechas:

Los malintencionados dicen que la blogosfera no es progre porque es un espacio de pensamiento y, por ende, aquí lo progre pinta poco. Yo creo que hay alguna explicación, quizá menos atractiva para algunos, pero más cabal. La derecha se ha apropiado del canal alternativo, sencillamente, porque la izquierda no ha sentido la necesidad. Al fin y al cabo, ya domina la cultura y la opinión oficiales. ¿Quién necesita ser progre en el mundo virtual cuando, al fin y al cabo, es lo más fetén que se puede ser en el mundo real? Por lo común, un ciudadano no toma el recado de escribir –sentado en su casa, frente a la tele- para expresar su contento o decir que nada le inquieta. Para alabar al poder ya están los cobistas profesionales. El ciudadano que se pone a ello tiene todos los papeles para convertirse en un opositor. Y lo progre, lo de izquierdas, lo correcto, es «lo que hay». Lo progre es la ortodoxia.

Sí. Ser de izquierdas es normal, no has de explicarlo; simplemente, lo eres. Todo lo contrario sucede con quienes somos de derechas. Tienes que dar un montón de explicaciones por todo y, a la que te descuidas, eres un facha. Y se acabó la discusión. La izquierda tiene bula, está hiperlegitimizada y nada de lo que haga se le va a reprochar. De hacérselo, se desviarán las culpas a «elementos incontrolables». Ejemplo: ETA. La banda terrorista y criminal es de extrema izquierda, y a nadie parece importarte ese hecho. Ejemplo: ERC, socio del PSOE para gobernar España. Nadie ha puesto el grito en el cielo porque así fuera. Ningún intelectual se ha rasgado las vestiduras; no he leído a Juan Manuel de Prada pidiendo el fusilamiento de Carod, ni siquiera cuando el numerito de la corona de espinas. Ejemplo: manifestaciones recientes. Dos banderas con el águila de San Juan convierten al resto de los manifestantes en peligrosos tardofranquistas. Multitud de banderas tricolores, comunistas, fotos del Che, etc., son una forma colorista de expresión; y, en cualquier caso, no representan el pensar de la mayoría.

Lo que más me sorprende y enoja es la aceptación ovina de estas asimetrías por el grueso de la sociedad. Bueno, enojo cada vez menos, puesto que lo he ido aceptando con el paso de los años. Pero recuerdo con estupor la que se armó cuando Jörg Haider obtuvo un gran número de votos en Austria: parecía que se avecinaba un nuevo Reich. En cambio, nadie habla con alarma de cosas como ésta.

Pero, ¿por qué proliferan blogs de calidad de derechas frente a la inanidad de los de izquierdas? Supongo que el sesgo apabullante de los medios de comunicación hacia la izquierda también es un factor a tener en cuenta. Encender hoy la televisión para ver las noticias es enfrentarte a la disyuntiva de si Bush merece morir ahorcado o en la silla eléctrica; es asimilar que Aznar debería estar en Guantánamo (que es peor que una cárcel iraní) y que la guerra de Iraq es un fracaso desde el primer día, además del origen de todos nuestros males. No hay debate con argumentos sino etiquetas, ataques, descrédito. Y los medios de comunicación escritos no están mucho mejor. En general, los corresponsales extranjeros suelen cojear del pie izquierdo, sea cual sea la línea editorial del periódico. Así, el fracaso en Iraq está asegurado; los culpables de la situación en Oriente Medio son los judíos y, definitivamente, Bush merece morir, aunque sólo sea por tonto. Ante este panorama es comprensible que florezcan blogs de derechas. Se compensa, de ese modo, la falta de voz de un gran número de personas.

Lo expresa muy bien Dick Turpin:

Desde el 11S poco a poco fui tomando conciencia de algunas cosas. Pero para mí, el gran catalizador fueron las movilizaciones contra el gobierno del PP por el Prestige, por Irak, por todo. Ver según a quién y oír según qué, me cabreó. Mucho. Por ejemplo ver en TVE a uno de ésos que tan rimbombantemente se autodenominan «artistas y representantes del mundo de la cultura» con una camiseta de Ho Chi-Minh hablando de Paz o escuchar a los de los acosos a las sedes del PP dando lecciones de democracia me pareció demasiado. Arriba los indocumentados, pensé. Ver que los tópicos se repiten, como mera propaganda repetida según las enseñanzas de Goebbels, es un insulto y no me suele gustar que me insulten.

A mí tampoco.

Castilla, la gran olvidada

Quizá también Castilla-La Mancha, pero en esta entrada mi intención es referirme a Castilla-León (mejor aún: Castilla La Vieja, denominación de rancio abolengo). Olvidada de siempre, a pesar de ser el fundamento de España (mucho, en verdad, le debe la esencia de lo español a Castilla). Debo agradecer aquí al amigo Alberto Esteban que un post suyo sea la inspiración para esta entrada. Parte de mis raíces están en esa región (concretamente, se reparten entre Valladolid y Segovia), así que me considero suficientemente legitimado como para dar opinión.

Que Castilla es la gran olvidada de España, estamos todos de acuerdo. Es la Comunidad donde menos dinero se da y menos se invierte. Ahora bien, en mi modesta opinión, Castilla es la gran olvidada por lo menos desde 1898, desde que perdimos Cuba y Filipinas. En ese año —o en esos años— eclosionan las nacionalismos periféricos, que vistos ahora con la distancia del siglo, suenan más a «¿España no nos da de comer? Pues nos vamos de España». Y nace la famosa generación del 98, a la que «le duele España» (Castilla, en realidad), que ha dejado de ser reina y señora para convertirse en poco menos que campesina con abarcas…

… abarcas traigan calzadas,
que non zapatos con lazo…

le dice Rodrigo Díaz de Vivar al futuro rey Alfonso VI. El rey, aunque espantado, jura; pero al mismo tiempo, expulsa al Cid de sus dominios por haberlo humillado tan notoriamente. Esta soberbia castellana es capaz del mayor heroísmo cuando se ve puesta a prueba. Véase, si no, el gesto de Guzmán el Bueno, que a muchos gusta referir todavía con el comentario admirativo: «Hay que ver cómo somos, ¿eh?». Pero es también (en parte, al menos) la culpable del atraso de la región: quien más, quien menos, en la historia, ha cambiado las oportunidades de progreso de la región por el reconocimiento de su condición de castellano viejo (no mezclado con sangre judía o morisca). La insistencia en el linaje («Nos no venimos de reyes, que reyes vienen de nos») es la que ha dejado atrás a Castilla muchas veces. Se criticó esta insistencia en el Lazarillo (recordemos el hidalgo toledano) y la criticó también José Cadalso en sus Cartas marruecas. Nada que hacer. Tan castellano viejo era el hidalgo de 1780 como su antepasado de 1080, que se batió el hierro contra los moros.

¿Y en la Edad Contemporánea? Desde que perdió los últimos restos de su esplendor imperial, Castilla se volvió sobre sí misma y quiso permanecer fuera del tiempo. La estructura caciquil heredada de la Restauración funcionaba perfectamente e impedía que el progreso llegase a las tierras castellanas. Poca industria, poca comunicación, poca cultura. Era esencial que todo se mantuviese «como siempre». Pero así como en otras tierras esta situación provocó el éxodo hacia las ciudades industrializadas (concretamente, a Barcelona, a Madrid o a Bilbao), en Castilla apenas se produjo éxodo alguno. Ni siquiera el régimen franquista, que tanto alardeaba de símbolos españoles, se acordó de Castilla. Las mejores industrias se fueron a Cataluña o a Vascongadas, dejando a Castilla apenas el trigo, las viñas de Rueda y el yermo restante.

La democracia, que supuestamente iba a traer la felicidad a los españoles, tampoco ha sido muy misericordiosa con Castilla. Tal como menciona el amigo Alberto Esteban, le quita su salida al mar (Cantabria) y legitima la escisión en dos Castillas, colocándose Madrid como una especie de isla independiente por su condición de Villa y Corte. Pero lo peor no ha sido eso. Lo peor es que Castilla-León ha padecido una sucesión de gobernantes grisáceos, poco o nada visibles para el resto de España. Por decir algo, yo apenas si sé qué aspecto tiene Juan Vicente Herrera y si dice cosas puestas en razón o bobadas solemnes. Todo lo contrario de los nacionalistas protestones o del extremeño Ibarra, caracterizado por abrir su gran bocaza. Quizá también haya que achacar la culpa a buena parte de la sociedad castellana, no demasiado interesada en que cambien las cosas y de que el proletario se acerque socialmente al oficinista y éste al funcionario de alta graduación. No es más —ni menos, desde luego— que la rémora histórica del orgullo y del linaje. ¿Dónde se vio que un castellano viejo se ocupara de las artesanías o del comercio? Eso es cosa de moros y de judíos y está maldito de la religión como ocupación baja que es.

Suponemos que hoy en día poco debe quedar de eso. Hoy los veterocastellanos pueden sentirse tan orgullosos de su historia como los navarros o los asturianos. Y francamente, da pena ver como yo vi una pintada en una pared de Segovia que rezaba así: «Castilla, sin León, mucho mejor» (igual que me da pena ver pegatinas con la leyenda: «Esto es el país leonés»). El virus nacionalista penetrando —o siendo inoculado— en la polvorienta tierra castellana, a la que sólo le falta pelearse consigo misma para acabar en la nada. No queda sino acordarnos precisamente de ese verso del Cantar de Mio Cid, recitándolo por lo bajo, no sea que nos traten de «fachas peperos» y no sé cuántas maldades más…

¡Oh, qué bon vassallo si oviesse bon señor!

Ésta ha sido la desgracia de Castilla La Vieja: que casi nunca ha tenido buenos señores. Como España.

P.D.- Me permito copiar aquí el comentario del usuario Chinito, que no tiene desperdicio.
Castilla es la gran olvidada de España y la más perjudicada por el nefasto sistema autonómico que destroza nuestra Nación desde hace treinta años.
Puedes ver como se fragmentó en cinco trozos sin apenas ningún fundamento histórico ni cultural. No tiene ningún sentido, por ejemplo, desgajar a Cantabria, que siempre fue el puerto y la sede de la Armada de Castilla, ni lo que nos hicieron a los madrileños dejándonos solos, cuando la mayoría nos sentimos castellanos ¿Qué vamos a ser si no? (Y menos mal que aquí se ha gobernado bien, menos cuando estaban los sociatas).
Algunos piensan que los nacionalistas periféricos debieron de meter baza en este asunto. No interesaba una Comunidad grande y con fuerza que les hiciera sombra. Únase a esto la ambición de algunos políticos castellanos y manchegos que prefirieron crearse un chiringuito propio y ya tenemos el despropósito hecho.
Por otra parte, tienes razón cuando dices que desde la Junta no se hace lo suficiente. Deberían ser más enérgicos y menos complacientes. De otro modo, Castilla, la esencia de España, languidecerá lentamente y eso no conviene nada más que a los enemigos de nuestra Patria.
Saludos afectuosos.-