Hijos de Buda (II)

A todo lo que hemos argumentado en la entrada anterior hay que añadirle otro ingrediente: el ingrediente colonial. Birmania, por desgracia, sigue siendo una colonia. Durante el período de colonización inglesa no puede decirse que estuviesen mal, pese a ser colonia. El dato interesante es que cuando los ingleses se fueron, Birmania era uno de los países más ricos de su entorno, cuyas amables gentes recibían con agrado las visitas extranjeras.

No obstante, debido al área cultural en la que se ubica y sometida a la enorme influencia del poderoso vecino chino, Birmania no tardó en caer en las garras del comunismo maoísta, desde 1949. Y en 1962, Birmania escribe el capítulo más negro de su historia, como decíamos en la entrada anterior: cae bajo una dictadura militar pro-china (sin dejar de ser comunistas, claro). Desde entonces, llevan 45 años arruinando al país. Puede decirse que sobre Birmania ha caído la doble desgracia de ser una dictadura comunista con mando a distancia controlado desde Pekín. Los generales birmanos no son otra cosa que sátrapas títeres con permiso de vida y muerte, siempre y cuando dejen que China los expolie. Si alguien tiene alguna duda, que vaya a este enlace y puede llorar o cabrearse, o ambas cosas, a gusto del lector:

http://www.elmundo.es/papel/2006/01/15/cronica/1915600.html

Así, pues, China emprende la escalada imperialista que llevó a la URSS a comerse media Europa ante la mirada transigente de los masones Churchill y Roosevelt. Se morían de hambre, pero, ¡qué carajo!, tenían imperio y un ejército potente para defenderlo, como se demostró en 1956 y en 1968. La diferencia fundamental con la URSS es que Birmania es colonia de un país híbrido, que en unas pocas regiones es capitalista y en el resto comunista.

Ahora bien: ¿qué interés puede tener China en Birmania, aparte de la expansión territorial y el lebensraum? Al emprender China (aunque sea sólo en parte) el camino capitalista, necesita recursos naturales. Muchos recursos naturales. Asusta pensar en las «necesidades capitalistas» de una nación de 1.500 millones de chinos (y creciendo). Y Birmania, al parecer, posee grandes cantidades de gas, que hoy por hoy son muy apreciadas por Pekín.

¿Y la presión internacional? De risa. Es decir, de risa al más alto nivel. China es miembro permanente del Consejo de Seguridad y es difícil que pudiera dejar de serlo (no se puede ignorar por la brava a 1.500 millones de chinos). Por otro lado, recién incorporada al mundo capitalista, las posibilidades de negocio son sencillamente colosales. Esto significa que cualquier país que mantenga relaciones comerciales con China mirará convenientemente hacia otro lado si quiere conservar su posición de mercado en ese país. A China le basta con enarcar una ceja y mirar al país protestón como diciendo: «¿Qué decía usted de los derechos humanos?». «Nada, nada… Fue un desliz. Usted perdone» contestaría, acollonado, el otro país. De puertas adentro se puede justificar con la tan traída y llevada «razón de Estado», que puede traducirse como «en determinados casos, uno hace lo que tiene que hacer».

Si hay «presión internacional» es porque los bloggers y otras personas de bien estamos machacando un día sí y otro también acerca de la situación. Y porque intentamos traspasar el denso telón de acero que se ha impuesto sobre Birmania. Y porque todos los días pedimos por la liberación de la señora Aung San Suu Kyi, verdadera representante del pueblo de Birmania. De los gobiernos, tal como pintamos las cosas, no es aventurado desconfiar. Y de la inoperante y corrupta ONU, mejor no hablar.

Tomo esta información del International Herald Tribune, a través del amigo Aquiles en Madrid. Traduzco libremente del original inglés:

«China es el principal socio y protector de Myanmar. Muchos otros países, incluyendo a los Estados Unidos, rechazan mantener relaciones comerciales con el régimen; pero la India y Rusia hacen dinero fácil con los generales y les ayudan a mantenerse en el poder, les facilitan armas y firman con ellos acuerdos energéticos. Más aún: todos ellos han rechazado utilizar eso como instrumento de presión (una sorprendente demostración de su codicia).»

Pero no solamente son los países de su propio entorno. Resulta que tengo que darle la razón a mi amigo Daniel cuando decía que era posible que Francia estuviese metida hasta las cejas. Lo está, a través de su petrolera Total. Sigo con el International Herald Tribune, vía Aquiles en Madrid y traducción libre (la cursiva es mía):

«El Ministerio Público belga ha reabierto una investigación sobre presuntos crímenes contra la humanidad cometidos por la petrolera francesa Total en relación al proyecto de oleoducto en Birmania, según informó ayer la oficina del Fiscal. La Corte Suprema de Apelación belga suspendió la investigación en 2005 al determinar que los cuatro refugiados birmanos que llevaron a los tribunales a la gigante petrolera no tenían los mismos derechos que los ciudadanos belgas para presentar una demanda. Un portavoz de la compañía ha declinado hacer comentarios por el momento».

Con estos antecedentes, no es fácil creer que la situación en Birmania tenga una solución fácil y mucho menos rápida. Cabría preguntarse qué clase política y empresarial sin entrañas tenemos en Europa, que no les importa mirar hacia otro lado con tal de hacer dinero, pasándose por el arco de triunfo los derechos humanos de 100 millones de personas (y si contamos a los que hacen negocios directamente con China, ya son 1.600 millones).