El perro del hortelano

En esta entrada vamos a hablar de trapitos. Concretamente, del trapito rojigualda y del trapito tricolor. Dicen los que más entienden del asunto que los símbolos nacionales (por concreción, escudos, banderas y similares) son de todos. O sea, que no son de nadie en particular. Vamos, que si un servidor, un día cualquiera, se arriesga a salir a la calle con un pin de la bandera española en la solapa o una pegatina en el reloj, estaría perfectamente legitimado para ello. Naturalmente, hacer esto en Cataluña es exponerse a las miradas de través de los educados y al señalamiento, acoso y derribo por parte de los borregos y los fanáticos. Pero no nos desviemos el tema.

Siguiendo el razonamiento, dos millones de personas, o millón y medio, o los que sean, están perfectamente legitimados para usar la enseña nacional constitucional en una manifestación conforme a Derecho. Bien, pues no. Resulta que la utilización de banderas constitucionales por parte de la derecha da pie a los progres para decir que «se están apropiando de los símbolos de la nación». Y esto lo afirman sesudos licenciados en Derecho (como el señor López Garrido). Recordemos, pues, por un momento, algunas nociones de derecho civil: ¿cuándo el mero uso puede equipararse a la apropiación? El Código Civil no los equipara en ningún momento; ergo no son ni pueden ser la misma cosa.

Del otro lado, las manifas progres han estado cubiertas de banderas republicanas (preconstitucionales y desde luego no oficiales) o incluso de la bandera multicolor del movimiento gay, que ni siquiera ha sido oficial en España en momento alguno. Se conoce que sienten vergüenza de llevar la bandera española oficial en sus manifestaciones. O piensan que usar la bandera española oficial es propio de fachas peperos.

Supuesto lo anterior, ¿con qué derecho dicen los progres que «la derecha se está apropiando de los símbolos nacionales» si a ellos mismos les da vergüenza usarlos públicamente? No es más que una estrategia para que poco a poco nos vayamos alejando del concepto de España que aprendimos de nuestros mayores, nos avergoncemos de nuestra bandera, de nuestro escudo y de nuestro himno y aceptemos esa cosa llamada «nación de naciones», que no es sino un reino de taifas en que cada taifa tendrá su cacique. Bien a las claras se ve para quien trabaja Zapo y a quién le debe la poltrona.

Pues eso: como el perro del hortelano, que ni come ni deja comer.

El franquista

A cuenta de lo que está pasando en las últimas semanas, quizá sea necesario refrescar la memoria histórica de algunos que la tienen selectiva o que, sencillamente, transmiten como consignas mentirosas y borregas acerca del Rey. Todo ello, dicho sea de paso, respetando a quienes civilizadamente sostienen la posibilidad de que España se convierta en República.

La historia que queremos contar en esta entrada se ha de situar en 1945. En dicho año, el 19 de marzo, Juan de Borbón, hijo de Alfonso XIII y heredero legítimo de la Corona española, hace público el llamado Manifiesto de Lausana, en que critica duramente el régimen franquista. Quizá Don Juan, animado por la victoria aliada durante la Segunda Guerra Mundial, creyó que los días del régimen franquista estaban «contados» dado el apoyo que Hitler le prestó y que Franco devolvió con la División Azul. Como consecuencia de ello, Franco decide no nombrarle sucesor y en la Ley de Sucesión a la Jefatura del Estado opta por su hijo, Don Juan Carlos.

Demos un salto hasta 1968. Ése es un año importante para el mundo porque el llamado mayo francés sacude como un vendaval la tranquilidad europea. Hace años que triunfa la minifalda de Mary Quant y los Beatles son la constelación más rutilante del firmamento musical. Eso, por no hablar de los tanques soviéticos en Praga: el aplastamiento de la Primavera de Praga sí fue una buena sacudida. En cuanto a los USA, metidos hasta las cejas en la Guerra del Vietnam, en ese año se darían cuenta de que no iban a ganar la guerra.

Por lo que hace a España, llevábamos ya casi treinta años de «paz y ciencia», según el celebrado chiste de La Codorniz. El Dúo Dinámico, Marisol, Rocío Dúrcal eran los aires jóvenes de aquel entonces y en lo económico, mal que los progres se empeñen en negarlo, éramos el milagro español gracias a los Lopeces (López Bravo, López Rodó y López de Letona) y demás tecnócratas. También es el año en que ETA hace acto de presencia (no todo iba a ser bueno). Pero, sobre todo, es el año en que Don Juan Carlos es ratificado en Cortes como sucesor de Franco. También hubo un referéndum previo, de acuerdo con la legalidad vigente. Aunque obviamente a Franco le interesaba dejar «atada y bien atada» su sucesión, se preguntaba al pueblo si quería como Rey a Don Juan Carlos. El pueblo dio mayoritariamente el (aunque no hubo unanimidad: hubo un porcentaje que votó en contra). Cabe suponer que si hubiese salido el no, las cosas hubiesen sido distintas. Y si, como algunos indocumentados pretenden, «se hubiera hecho lo que Franco quería, de todos modos», el referéndum no se hubiese convocado siquiera. Un detalle más, acerca de ese referéndum: era obligatorio ir a votar, aunque uno podía votar libremente una u otra respuesta (de ahí que el índice de participación fuera tan alto).

Don Juan Carlos juró los «Principios Fundamentales del Régimen», hecho que algunos aprovechan para tildar al Rey de «franquista» y de «continuador de la Dictadura». A esto cabe responder dos cosas: la primera, que para asegurar la Monarquía futura era conveniente cumplir con los trámites legales vigentes en el momento de la designación y/o ratificación; y en segundo lugar, la demolición del Régimen sin derramamiento de sangre sólo podía hacerse desde dentro de él, nunca desde la confrontación. El conocimiento del Régimen y la posición dentro de éste que le otorgaron el cumplimiento de dichos trámites le fue sumamente valiosa para elegir a las personas que después pilotarían la tan alabada Transición, entre ellas señaladamente Torcuato Fernández Miranda y Adolfo Suárez, que en estos días ha cumplido los tres cuartos de siglo.

A pesar de los «defectos» que pueda tener el Rey o —incluso— a pesar de los defectos de su regulación en la Constitución, el sistema que tenemos de Monarquía parlamentaria no es intrínsecamente malo. No es que yo me declare ahora monárquico o juancarlista. Antes al contrario: considero que es bueno aquel sistema político que proporciona el máximo bienestar al mayor número de personas posible dentro de él. Que ese sistema sea una Monarquía o una República es realmente una cuestión de forma, en mi modestísima opinión.

Y a aquellos que, civilizadamente (remarco) abogan por una República, les propongo que calculen los gastos actuales de la Corona, que son más o menos «fijos», y los gastos que podría ocasionar el cambio periódico de Jefe de Estado. Con lo tragona que es nuestra clase política actual, no me cuesta nada imaginar que esos gastos aumentarían. Puede ser un debate interesante.

En fin, esta fue la entrada de hoy. Consideré que ante los ataques que está sufriendo la institución monárquica hoy en día por parte de un grupo de descerebrados y resentidos, era bueno recordar algunos puntos importantes del recorrido de nuestro actual Rey.