¿Es posible otro Islam?

Valdría la pena preguntarse qué sensación nos produce la palabra Islam. Por lo poco que yo sé, «Islam» viene a significar «sumisión». Nada de malo tendría esa sumisión si lo fuese únicamente a Alá, como para los judíos la sumisión a Iahvé o para los cristianos la sumisión a Dios o Jesucristo. El problema de la religión es, desde hace mucho, el mismo: cómo compaginar la experiencia religiosa individual con aquello que se considera aceptable para el colectivo.

Desde mi perspectiva católica (que es la que conozco mejor), entiendo que el devenir histórico se ha desarrollado a través de la tensión entre el individuo y la institución. La Iglesia se consideró intérprete única de la divina voluntas y se arrogó el correlativo derecho de eliminar a quien discrepase poco o mucho. De ahí que los místicos nunca tuviesen buena prensa entre los católicos: recordemos especialmente a Santa Teresa de Jesús o a San Juan de la Cruz, quienes tenían una relación más o menos directa con la divinidad sin necesidad de pasar mucho por el confesionario. Eso les puso en el punto de mira de la Inquisición, aunque a Dios gracias (nunca mejor dicho) nunca llegaron a oler a chamuscado.

Hoy la Iglesia está sometida a un importante proceso de cambio. Ha perdido puntos de confesionalidad en términos globales, lo que en mi modesto juicio la beneficia: no se es cristiano por decreto o por imposición del poder público (ni mucho menos bajo amenaza de infierno), sino por convencimiento interior y plena conciencia de que la religión que se profesa es la forma más adecuada para uno de relacionarse con la divinidad y la trascendencia. El Estado debe velar por el bien de los ciudadanos, pero debe dejar que los ciudadanos elijan libremente cuál sea su forma de relacionarse con la divinidad si no quiere convertirse en una dictadura ética, como en mi opinión fue el comunismo.

Para llegar a este punto que podemos considerar uno de los pilares básicos de Occidente, de su cultura y su filosofía, han tenido que pasar aproximadamente 1382 años (los que nos separan del Concilio Niceno, del año 325), una colección bastante considerable de guerras (las dos últimas, las peores, por cierto, y en especial la Segunda Guerra Mundial) y muchas, muchas muertes injustificables siquiera desde el punto de vista cristiano (muchísimas de las víctimas de la Inquisición).

Todo este largo exordio me sirve para introducir adecuadamente el tema del artículo. Si, a pesar de todo, ha sido posible que con el tiempo floreciera en Occidente un humanismo cristiano no fundamentalista, basado en una interpretación más objetiva de las Escrituras y al mismo tiempo, más centrada en el hombre que en la estructura religiosa, ¿cabe ésa posibilidad en el contexto islámico?

Desconozco las posibilidades interpretativas del Corán; pero por las noticias que voy oyendo de vez en cuando, existe esa posibilidad. Puede haber una interpretación coránica que sea al mismo tiempo respetuosa con el espíritu del libro sagrado y con los Derechos Humanos. Es posible avanzar en una interpretación coránica que deje atrás los prejuicios interesados en contra de las mujeres y los «infieles» (es decir, el resto del mundo y especialmente cristianos y judíos).

Nosotros, como cristianos (católicos o protestantes, me es lo mismo), hemos visto ya cómo se han utilizado las Escrituras para justificar el poder temporal tanto de los reyes como de los Papas. Hemos visto cómo se ha usado la religión como un medio de control social por parte de las clases pudientes. Hemos visto cómo, incluso, se ha quitado y añadido al Nuevo Testamento para apuntalar más dicho poder y las prerrogativas que éste conlleva.

El Islam está, tanto por calendario como por espíritu, anclado en la Edad Media. Van 622 años retrasados respecto de nosotros. Todavía hoy, allí donde se aplica la shari-a lapidan a las mujeres adúlteras o cortan la mano a los ladrones. Poco importa que nuestros gobernantes y empresarios miren hacia otro lado porque se trata de petróleo, que es el combustible actual de nuestra sociedad (igual que miran hacia otro lado en China porque sencillamente es un mercado inmenso). No importa que en los países islámicos existan unos pocos que posean todas las riquezas del país, mientras el resto se debate como puede para salir de la pobreza de solemnidad y quedar en un status de «pobres, pero decentes».

Entiendo que el Islam debe hacer esa transición que a nosotros nos costó tantos años, tantas guerras y tantas vidas. Y sería lógico que, teniendo el previo ejemplo cristiano, dicha transición se saldara con un coste menor.

Volviendo ahora a lo que nos interesa, repetimos la pregunta: ¿cabe otro Islam, aparte del fundamentalista que profesan Al-Qaeda y el que parece salir de las madrasas pakistaníes? Entendemos que es posible un Islam más humanista, que mire a los ojos a la persona y no ponga el acento en la verticalidad, sino en la horizontalidad. Quizá haya una forma de trasladar la enseñanza cristiana que dice «no se hizo el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre».

Aferrarse a la letra del libro sagrado no conduce más que a la aberración. Los cristianos lo sabemos bien, en la persona de Galileo. Sacerdotes emperrados en que era la Tierra el centro del Universo frente a Galileo, cuya observación empírica le condujo a lo contrario. En ese momento la ciencia tuvo que ceder frente a la hoguera. En el medio islámico tenemos el ejemplo bien actual de Salman Rushdie, cuyos versos satánicos han sido anatematizados de tal manera que el hombre tuvo que salir por piernas de su tierra y afincarse en Londres.

El cristianismo hizo ya buena parte del camino hacia la tolerancia. Al Islam todavía le falta bastante, según se echa de ver. Pero no hay que perder la esperanza.