Mi propia opinión sobre el post anterior (II)

Sentado esto, hemos de reconocer que la vivienda es un derecho fundamental y básico de carácter económico que todo individuo posee. La vivienda es nuestra raíz física: donde nos alimentamos, donde formamos una familia, donde descansamos de la diaria presión del mundo cruel (dejemos aparte por ahora el hecho de que hay casos en que donde uno tiene la bronca es en casa y que a veces cuesta volver a ella sin antes haber pasado por el bar).

Descendiendo un poco más, nos encontramos con que en nuestra Constitución el «derecho a una vivienda digna» no se halla entre los derechos fundamentales más dignos de protección (figura en el alejado art. 47 de nuestra Carta Magna y está excluido de la protección directa de los derechos civiles y políticos enumerados en los arts. 14 a 30):

«Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho, regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación.

La comunidad participará en las plusvalías que genere la acción urbanística de los entes públicos».

Estamos todos de acuerdo en que si esto fuera verdad, otro gallo nos cantara en España. Sobre todo la parte que dice «[…] regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para evitar la especulación». Entonces, ¿cómo se ha llegado a la situación actual?

Naturalmente, la culpa de todo la tiene el sistema, que se decía en mis juventudes. O sea, el gobierno, Madrit, el ministro del ramo… Vamos a ponernos serios un momento. La culpa de todo este embrollo, en realidad, la tiene quien tenga la potestad (responsabilidad) de autorizar y/o otorgar licencias de edificación que se traducen en feos edificios de viviendas proletarias o construcciones de cristal si se trata de oficinas. Se consideró que esa potestad debía quedar residenciada en los Ayuntamientos, donde uno puede tratar a los políticos «de tú» (trata de tutear a todo un señor alcalde siendo nada más que ciudadano de a pie y ya verás cómo tuerce el gesto, salvo que esté en campaña).

En ése y en otros puntos, el alcalde no es muy diferente del encomendero de las Américas. El encomendero recibía las leyes del Rey Cristianísimo en un rollo o legajo. Lo levantaba por encima de su cabeza y pronunciaba solemnemente estas palabras: «Se acata, pero no se cumple». El símil vale hoy también allí donde ha arraigado el nacionalismo, puesto que los nacionalistas se sienten invadidos. Y así hoy, la geografía nacional se halla salpicada de «escándalos» urbanísticos, sin importar el color político del gobierno municipal, tal como apuntaban la amiga Schwan y el amigo CLD. Recalificaciones imposibles, construcción de edificaciones allí donde la ley lisa y llanamente no lo permite… Chanchullos, que diríamos a nivel coloquial.

Se supone que a nivel municipal existe un mayor conocimiento del político que ha de regir los destinos de la corporación. Y que los conciudadanos votan también con más conocimiento de causa. Y puede ocurrir que uno pueda votar al partido X en las generales, pero como resulta que el candidato a alcalde de su ciudad no le inspira confianza, no le vote. El gobierno municipal es verdaderamente el que nos merecemos. Y la culpa, finalmente, de que nos encontremos un alcalde que recalifica para los amiguetes, finalmente es sólo nuestra. Aunque, de hecho, el funcionamiento real de la política municipal daría para varios posts.

Mi propia opinión sobre el post anterior (I)

He estado tentado de borrar el post anterior, en vista de las acertadas críticas que amablemente me han dirigido algunos amigos y colegas blogueros. Uno tiene la tentación, sobre todo cuando cae en la cuenta de que ha caído en la trampa de la doble argumentación progre (exponer una verdad y colarte la morcilla progre cuando tú estás todavía bajo el efecto de esa verdad). Sin embargo, es algo que no haré, por más que deje bien sentado que únicamente suscribo lo que de verdad tenga ese post que es, sin duda, la parte referida al dinero. Quizá hubiera debido de dejar un comentario de respuesta y punto; no obstante, después pensé que la extensión del comentario justificaba otro post. Pero vamos por partes, que dijera Jack el Destripador.

Lo primero de todo es decir que Forges tiene su parte de razón. Él «sitúa la acción» en 1979, cuando hacía ya un año que teníamos Constitución (ésa de la que dentro de tres días celebraremos su aniversario y en la cual, debido a sus diarias violaciones media España ha dejado de creer) y dos de democracia real. Pero también hubiera podido situarla en 1969 y no pasaba nada, vamos. Y casi con mayor motivo porque en 1969 aún no había estallado la crisis del petróleo (lo haría en 1973) y los egipcios aún se estaban lamiendo las heridas del garrotazo del Yom Kippur de 1967. Pero claro: el credo progre impide alabar al régimen franquista aunque hubiera hecho algo bien, por más que destacados progres de hoy fuesen los hijos del régimen de ayer. Que ya lo dice el tango: cuarenta años no es nada. Pero prosigamos.

Es muy difícil negar que quien gobierna realmente nuestras vidas hoy en día es el Banco. El sacrosanto Banco, que siempre crece. A mí me da rabia cuando sale por la televisión el presidente de una entidad bancaria (cuando los sacan por la televisión: el verdadero poder no suele aparecer mucho por los medios), con gesto compungido disimulado o sin disimular «reconociendo» ante los accionistas reunidos en Junta General que «en este ejercicio económico hemos crecido un dos por ciento menos que en el ejercicio anterior y sólo hemos ganado mil millones de euros». Oiga, amigo: me toma usted el pelo, ¿verdad? ¡¡Sólo mil millones de euros!! ¿Y de cuánta sangre, sudor y lágrimas de mileurista están formados esos mil millones? Puede sonar demagógico, pero claro: te salen con el argumento de que un Banco no es una Hermanita de la Caridad y parece como que el hecho de que las empresas existan única y exclusivamente para ganar dinero es definitivo y que no hay progre que lo enmiende (entre otras razones, porque no son pocos los progres que tienen buenas cuentas corrientes, aquí o en el extranjero). En fin, que suena como lo que en estas fechas está ocurriendo (primeros de mes, claro): del Banco vienes y al Banco has de volver.

Resumiendo esta parte, digamos que efectivamente es muy difícil que hoy un joven recién salido de la Universidad (algún día hablaremos de la Universidad), trabajando en algo para lo que no se preparó y cobrando bastante menos de lo que cobraría si trabajara en algo relacionado con lo que estudió pueda independizarse así, por las buenas. Hasta aquí, toda la razón al señor Forges. La morcilla progre está muy bien disimulada, en la última frase de su artículo:

[… ]La ley del libre mercado puede establecer el precio de los televisores de plasma al precio que quiera (yo no los compraré)… pero nunca tuvimos que permitir que esa misma ley fijara el precio de la vivienda, porque todos necesitamos vivir en una y no todos podemos pagarla. Los jóvenes, incluso aquellos que tenemos estudios superiores, no podemos competir’.

Aquí entraríamos en la segunda parte de la argumentación, que es de paso la parte más progre del post y por la que casi «pido disculpas». Según la argumentación el mercado es malo malísimo para regular los precios. Esto es lo que dicen los neokeynesianos y los marxistas, cada uno por diferentes razones, claro está. Los neokeynesianos desconfían del mercado porque siempre están esperando que la mano correctora del Gobierno enderece lo que el mercado, abusando de la libertad, podría torcer; los marxistas, porque creen en su Plan Quinquenal, en donde se regula hasta la forma correcta de presentar los informes de resultados de las empresas socialistas en el supuesto paraíso de los trabajadores.