«Serenidad y firmeza»

Hace ya mucho tiempo ya que no se oyen estas palabras. Se oían mucho durante el gobierno de Suárez. El ritual era siempre el mismo. Acudía uno al entierro de una víctima de ETA, si la víctima era lo bastante pública para no poder enterrarla de noche y a escondidas. La viuda y/o los deudos, rotos por el dolor. Todos los cargos públicos, de manos cruzadas al frente, el gesto serio o compungido, a gusto del consumidor, la cabeza baja. El sacerdote, llevado de la unción extática del momento, recitando el Salmo 29 (El Señor es mi pastor, nada me falta). El pueblo callado. Y, cuando finalizaba el «servicio» religioso, las declaraciones del ministro del ramo que, con gesto decidido, decía algo así como que «la sociedad iba a enfrentarse al terrorismo con serenidad y con firmeza». Y, por supuesto, dando la impresión de que se creía sus palabras.

Tengo que decir que a lo primero me las creía, porque a fin de cuentas, uno es joven, idealista e indocumentado y quiere creer que no hay problema que no tenga solución, aunque sea mágica. Con el tiempo, en cambio, nos hemos ido haciendo un poco más viejos y —esperamos— un poco más sabios, de tal forma que cuando veía al ministro del ramo y a quienes le acompañaban con ese mismo gesto y recitando cual jaculatoria esas mismas palabras, me enrabiaba. Muy especialmente, después de que el terrorismo presenta elementos que, lejos de ser parte de su solución eran y son parte del problema:

  • a) En primer lugar, la fluida comunicación «subterránea» entre la ETA y el PNV, hoy extendida también a ERC, puesto que con ETA fue a hablar Carod Rovira (o Pérez Carod, según se mire). Arzallus hacía el favor de denominar «chicos de la gasolina» a los jarraitxus y borrokalaris de cuarta mientras dejaba que el negocio educacional fuese cayendo en manos de ETA (con lo cual el medio escolar, por increíble que parezca, se convierte en cantera de terroristas). Y ETA, naturalmente, «respetaba» a los políticos jelkides, mientras Mayor Oreja veía disminuir un día sí y otro también sus efectivos.
  • b) En segundo lugar, el regalo envenenado que nos dejó la Transición: todo se puede resolver mediante consenso. Suárez tenía la manía del «consenso» (que Yale y Julen Sordo trocaron en consexo en su Diccionario del pasota). Pactó cuestiones con los nacionalistas que, creo sinceramente, de haber estado Aznar en el lugar de Suárez ni siquiera se hubiesen planteado. Y es que a ETA le «encanta» la negociación. Le encanta la negociación porque eso a los etarras los promueve a una especie de «interlocutores nacionales». También supone réditos políticos para quien negocia con ellos, puesto que aplicando la dialéctica del consexo, digo, consenso, quien «negocie» con ellos es una especie de «señor de dragones» en el sentido que le daba Ursula K. Le Guin («Un señor de dragones es alguien con quien los dragones aceptan hablar»). Esa misma fama tuvo Rafael Vera hasta que le pillaron de marrón por lo del GAL y «unas cositas de su suegro».
  • c) El hecho de que en Francia haya sido un santuario para ETA desde los tiempos de Giscard d’Estaing (política que, por cierto, continuó también con Mitterrand, presunto cher ami de Felipe González.

Ni qué decir tiene que es un mito de la democracia española el que cada nuevo inquilino de la Moncloa debe negociar con ETA. No debe apartarse de la negociación por más que sus predecesores hayan fracasado estrepitosamente en el intento. Era algo parecido a lo siguiente: hay cambio de gobierno, con o sin elecciones y, claro, hay que negociar. El Gobierno manda negociadores al País Vasco (o a Francia, o a Argel, o a Suiza). Y los emisarios etarras, muy en su papel, diciéndoles a los gubernamentales: «Ah, ¿ustedes son los nuevos? Vaya, han tardado poco en enviarles. La otra vez tardaron más. Pasen, siéntense y tomen este poquito de txakolí riojano y estos trocitos de txistorra de Nafarroa antes de sentarnos a negociar. Están ricos-ricos, ¿eh?»

Sin embargo, se daba en aquellos momentos una situación que contemplada desde la distancia temporal, se nos antoja diabólica: el Gobierno español, de rodillas ante ETA escuchando sus «condiciones», (que además no han variado un ápice en cuarenta años de historia sangrienta) y procurando ceder lo justito para que el Partido no tenga que pagar precio político alguno y para que «ETA no mate o mate poquito», en función de lo que se ceda. Y el PNV mediando aparentemente entre ambos y recogiendo las nueces, lo que ciertamente le convierte en parte del problema y no de la solución. Quizá por ello Arzallus dijo aquello de que «A ETA no hay que derrotarla» y monseñor Setién se dedicaba a «equiparar» a los familiares de los presos etarras con los familiares de las víctimas, en un discurso verdaderamente criminal y que nos lleva a preguntarnos qué se le habría perdido a Setién (y por lo menos a buena parte del clero vasco) con ETA.

Aznar, sin embargo, rompe con esta malhadada tradición. Se sienta a hablar con los etarras, sí. Hace gestos de buena voluntad, sí, como es de ley en toda negociación. Pero cuando se convence de que los etarras (y aún los peneuvistas) no son gente de fiar, rompe la negociación y se dedica a perseguirlos con la ley en la mano. Y mientras tanto, sucede Ermua. Miguel Ángel Blanco es asesinado sin piedad, lo cual acaba de convencer a Aznar de que no cabe ninguna negociación con los terroristas ni con quienes los jalean y apoyan, ya sea claramente o a escondidas. Por eso Aznar logró la expulsión del PNV de la Internacional Demócrata Cristiana (el PNV, desde el momento en que se sirve de ETA, ya no es un partido democrático y mucho menos cristiano).

Y no solamente no negocia, sino que saca adelante la Ley de Partidos, que impide a las formaciones políticas bajo las cuales se camufla la mano etarra tener presencia en las instituciones, tanto autonómicas como nacionales. Igualmente, saca adelante el Pacto por las Libertades y contra el terrorismo, que ya firmó ZP como secretario general del PSOE bendecido por Felipe (Bono resultó ser demasiado perro viejo y mucho menos maleable a primera vista que ZP; además, no tenía rival suficiente en Castilla-La Mancha).

Hoy parece que hemos retrocedido a la situación anterior a 1997. Volvemos a ver manifestaciones «silenciosas» y con las cabezas gachas. ¿Pues saben qué? No me da la gana de ir a una manifestación donde hay que estar en silencio y con la cabeza gacha, no sea que los etarras (y aún los peneuvistas) se cabreen y carguen contra los españoles «que no les dejan ser lo que ellos quisieran». Hacía mucho que ETA no se encontraba tan «bien». Y eso no lo cambia el hecho de que ZP haya detenido a unos cuantos terroristas con las elecciones generales en el horizonte —y sólo por eso, pues bien se ha visto que durante los tres años precedentes los de la ETA eran hombres de pazzzz—.

¿Y las víctimas de ETA? Totalmente ignoradas por el desgobierno de ZP. Por eso, a Francisco José Alcaraz le «tocó la lotería» el día que la ETA asesinó a su hermano (Sorrocloco dixit) y para Pepiño y demás corifeos es «un terrorista» sólo porque en ejercicio de sus derechos constitucionales organiza manifas contra el Gobierno, ¡qué descaro!, ¿no? Por eso Rubalcaba puede decir que el último atentado de ETA fue «fortuito» y que además se desarrolló «un tiroteo» entre los guardias civiles y los etarras. Se puede mentir hasta cierto punto: pero conociendo a la ETA, el atentado tuvo de fortuito lo que un servidor de físico nuclear. Y en segundo lugar, mal pudo haber un tiroteo entre etarras y guardias civiles si éstos iban desarmados porque nadie se preocupó de solicitar que pudieran portar armas o de otorgarles el permiso, dada la ralea de criminales a los que estaban vigilando.

Pues lo dicho. Que no quiero volver a oír esa chorrada de la «serenidad y firmeza». Que ya que no puedo ver muertos a esos asesinos etarras porque me lo impide la Constitución —sí, esa que celebramos hoy— ni desearlo, porque soy cristiano, por lo menos, que caiga sobre ellos todo el peso de la ley. Quiero ver que se combate a ETA. Que su derrota lo sea sin diálogo (¿de qué hay que dialogar con ellos? Que me lo aclare alguien, aunque sea progre) y se termine esta pesadilla para quienes sólo deseamos vivir en paz en nuestra propia casa. Aunque mucho me temo que si la ETA desaparece, algunos tendrán serios problemas para mantener su discurso político.