Dolores de parto

Hay que ver, hay que ver lo que le cuesta a un progre decir «España». La prueba está en que Z ha tenido que ir de forma sorprendente e inopinada a retratarse con el Ejército después de que el Rey le tomase la delantera yéndose a Afganistán. Mucho «Gobierno de España», sí; pero a la hora de la verdad, quién sabe por qué se le lengua la traba a nuestro inefable y es que… caramba, no le sale. Eso sí, menos mal que se acordó de brindar por el Rey, a quien está deseando sustituir como Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas. Pero lo de España, como que no. Naturalmente, ha sido un «lapsus», al igual que lo de la T-4 fue un «accidente». Tuvo que ser un soldado anónimo el que gritara «¡Viva España!», que fue secundado por toda la tropa como un solo hombre, como es de rigor.

Hay que comprender al pobre Z. Si Dios quiere, le quedan ya dos meses en Moncloa. Y no puede aprovechar la coyuntura de un nuevo atentado de Al-Qaeda para mantenerse allí, porque esta vez el atentado se perpetraría contra él. Claro que si tal sucediese, posiblemente la COPE, El Mundo y La Razón pusieran el grito en el cielo, pero no habría manifestantes que asaltaran las sedes del PSOE, ni caceroladas violando la jornada de reflexión. Nadie llamaría a Z «asesino» y seguramente en los medios «adictos» se preguntarían con dolor «¿qué hemos hecho para merecer esto?» aparte de echar la culpa del nuevo atentado a Aznar, que siempre les ha resultado políticamente rentable aunque moralmente sea una ignominia (y además, está retirado de la política activa).

Al pobre Z se le viene todo encima. Imagínenlo como una parturienta. Él, tendido en la cama, sudando a mares de los ímprobos esfuerzos. Por un lado, la Voguemomia y Rubalcaba diciéndole por lo bajo: «Dilo, por el gran Arquitecto Hiram. Mira que si no lo dices, ¡perdemos las elecciones!». Por el otro, los nacionalismos cavernícolas de Ibarretxe, Quintana y Carod, juntamente con Josu Ternera, portavoz de todos ellos, con el garrote preparado y txapela calada hasta las cejas: «Que como lo digas te arreamos, ¡me cago en Dios, joder, pues!». Y Z en medio de todos ellos, haciendo esfuerzos sobrehumanos, no se sabe si para decir la palabra o para no decirla, o para decirla sin decirla, o para no decirla diciéndola, cual Penélope en estado de buena esperanza… «¡¡¡¡Esssssssssssssss… ppppppppp…aaaaaaaaahhhhhhhhh!!!!». Y Josu Ternera levantando el amenazador garrote: «¡Que te arreo, ¿eh?!»… Y Rubalcaba y la Voguemomia diciendo: «¡Vamos..! ¡Empuja! ¡Suéltala ya…!».

Al otro lado de la puerta, Rajoy comenta con Acebes: «Verásh cómo no le shale… verásh cómo no le shale…». Con el rabillo del ojo, Rajoy mira a Arriolín, quizá para pedirle permiso para decir en la próxima rueda de prensa que a Z no le sale. Pepiño está fuera del hospital, arengando a las masas: «¡Los fachas peperos no pasarán! Vamos, repetid todos conmigo: ¡El conceto es el conceto!». Y las masas (en realidad, doscientos o trescientos giliprogres a los que ha habido que poner el autobús y un bocata de jamón porque si no, nanay de nanay), repitiendo mansamente la famosa frase.

Al final, después de tanto esfuerzo y tanta espera, sale Bernat Soria, insigne tocólogo. El hombre está sudoroso porque se ha afanado mucho con Z. Abre los brazos, tribunicio, y dice sin poder disimular la satisfacción:

—Señoras y señores: tengo que darles una noticia.

—¿Es buena? es mala? —se alborotan Acebes y Rajoy—.

Z ha dado a luz un aborto. Bueno, en realidad no ha llegado a nacer porque le hemos mantenido dentro de su boca tanto como ha sido posible. Pero finalmente se ha aflojado la presión y casi que no ha hecho falta usar el garr… digo, el fórceps.

Rajoy y Acebes ponen cara de apenados. Pero siguen preguntando.

—Pero… ¿Y entonces España? ¿Qué pasa con España?

—¿Es que no lo han oído ustedes? ¿No me he expresado claramente? ¡España se-ha-ido-a-la-mier-da! ¡A la mier-da! —dice Soria, recalcando cada sílaba.

Acebes abre mucho los ojos un momento. Iba a decir algo, pero al final se queda cabizbajo. Rajoy, en cambio, se pone a pensar: «Mira que esho me shuena… mira que esho me shuena… ¿Dónde lo habré leído yo? No puede sher… en un blog no lo puedo haber leído». Llama a Arriolín y le consulta en voz baja:

—A ver, Pedrito, a ver… ¿tú recuerdash dónde hemosh leído lo de «España she va a la mierda»?

Arriolín hace como que se lo piensa. Y de pronto se le hace la luz.

—¡Ya lo tengo, Presidente! —no lo es (aún), pero hay que tratarle como tal para que se lo crea y se vea en el papel: técnicas del marketing político—. Fue una vez que aterrizamos en un blog de un tal Daniel. Pero no volvimos a entrar en ese blog.

—Sherá eso —dice Rajoy—. ¿Y por qué no volvimosh?

—Pues porque nos daba demasiada caña y ya sabes, Presidente: tan mala es la falta de crítica como su exceso. Además, hemos de mantener el perfil bajo…

—Claro, claro… Perfil bajo, shiempre.

Acebes tercia en la conversación:

—Bueno, pues otra vez será. Venga, os invito a un café. ¿Venís?

—Vámonosh —dicen los otros dos, cabizbajos—. Aquí no tenemosh nada que hacer.

Lo decía Pazos en Airbag: «Carmiña… oye, dejo esto, ¿eh? Es muy estresante… Interesante no, mujer, estresante». Pues nada, por nosotros, que lo deje Z, que lo deje. Que a fin de cuentas ya tiene su pensión vitalicia. Le prometemos que sin él nos gobernaremos mejor, aunque sólo se trate de poner a Rajoy en su lugar.