El laberinto andaluz (I)

Andalucía es una de las tierras más hermosas de España. Su belleza natural ha sido cantada por casi todos los poetas desde que las tierras hispanas aparecieron en la historia. Sus fértiles tierras, bien aprovechadas, podrían ser el orgullo de España y la envidia de Europa entera. Desde Huelva a Almería, el ingenio, la gracia y el salero se combinan para hacer de sus gentes las más hospitalarias de Europa.

Sin embargo, hay un pero. Un pero muy gordo. Andalucía —y también Extremadura, pero sobre todo la primera—, está a la cola del progreso y de la educación en el ámbito europeo. No lo digo yo, que seguramente habrá quien me tache de facha pepero y aún de cosas peores. Lo dicen estudios como el informe PISA y otros. Lo dicen las noticias e incluso la historia reciente de esa región (entendida por tal la que comienza desde 1978).

Habrá quien diga: «¿Sólo por eso? ¡Pero si eso no é ná!». Ya hemos perorado en otro lugar acerca de las consecuencias de esa clase de perspectiva educacional. Pero está claro que con una educación de baja calidad como la actual (vaya por delante que enjuiciamos la del momento presente, no la de hace 50 o 100 años atrás), se forman borregos, no ciudadanos. ¿Por qué borregos? Porque si uno limita la capacidad de razonamiento y e impide que ésta se ejercite, la persona acaba siendo fácil presa de lo que otros —particularmente el poder— puedan decir. Y cuánto más cómodo es para el poder un súbdito que acepta sin chistar lo que viene de arriba que un ciudadano consciente de sus obligaciones y derechos, que da la tabarra un día sí y otro también, ¿verdad?

Ahora bien, no sólo es eso. El hecho de que existan más súbditos que ciudadanos incide negativamente en la cuestión económica. Si nos centramos en crear súbditos, lo que tendremos es un colectivo acostumbrado a obedecer y sin iniciativa propia. Lo cual impide que exista la necesaria iniciativa privada, principio de la prosperidad de cualquier nación o región. No se crean empresas, nadie asume riesgos. ¿Y en qué acaba esto? En que el súbdito se acaba echando en brazos de papá Estado (en este caso, en brazos de mamá Junta), esperando que éste le mantenga. Es el clásico «dame pan y llámame tonto», que es lo propio de un Estado del Bienestar atrofiado y/o pervertido respecto de su intención primera. El súbdito renuncia alegremente a su libertad por una hogaza de pan (o una tapa de pescaíto frito o shipirone, ya que estamos). El ciudadano, en cambio, cree que su libertad es su bien más preciado, por encima del dinero y de cualquier otra posesión.

Por eso no me cabe duda de que en Andalucía, desde que virreina Manuel Chaves, hay una taifa, una satrapía, un feudo, un régimen, por decirlo de algún modo. El PSOE ha creado ya una cultura en Andalucía que usa hábilmente los tópicos de toda la vida de aquellas tierras para perpetuarse. No tiene nada de extraño que lleven treinta años y que todavía sean la despensa electoral del PSOE (a pesar de que Cataluña, virreinada por otro andaluz, lleva las trazas de desbancarla). Vamos ahora a profundizar en esta afirmación acerca de los tópicos andaluces, que en mi opinión van indisolublemente unidos a determinados personajes de la vida cotidiana.

Sería el caso, por ejemplo, del gracioso. Éste es un tópico muy manido incluso a nivel nacional (no hay más que ver la televisión): se conoce que en el resto de España, pongamos Asturias o Cantabria, no hay gente (tan) graciosa. Observémoslo, incluso, en nuestra charla cotidiana: para inyectar gracia a cualquier aseveración, incluso nuestro acento cambia al andaluz. Quién sabe por qué, los acentos catalán y vasco no suenan tan graciosos. Vaya un ejemplo más. Recordarán ustedes un programa televisivo presentado por el ilusionista y mago Pepe Carroll, Genio y figura. Pues bien: si no recuerdo mal, de todos los concursantes no había uno solo que no fuera andaluz; y de hecho, ahí fue donde Chiquito de la Calzada tomó la alternativa, para después convertirse en fenómeno sociológico (durante el boom Chiquito no era infrecuente ver a una reata de personas cojeando y diciendo al mismo tiempo: «no puedor, no puedor» o «te ví a cortá el fistro d’abajo», o referirse al dolor estomacal como «pupita en el diodenorl»).

Y es verdad que en Andalucía sobra gracejo e ingenio para el chascarrillo fino; pero digamos que yo lo entiendo como una especie de reacción. ¿Reacción a qué? Pues a la contrafigura del gracioso: el señorito. El señorito, para quien no sea español, es el hijo del amo. Se suele usar en sentido muy despectivo, para señalar que la persona habrá heredado la sangre del señor, pero no su señorío ni otras virtudes que pudieran adornar la personalidad del progenitor.

El señorito es, por lo general, un adolescente o adulto que vive la vida como si no tuviese obligación alguna porque es el padre quien paga sus caprichos. Esto no tendría nada de particular si no añadimos que el señorito, al igual que su señor padre, se cree con derecho a todo sin merecerlo. Nos referimos, ciertamente, a algunas costumbres bárbaras que hasta hace cuatro días han perdurado en Andalucía, cuales son el derecho de pernada y algunas otras que sólo pueden calificarse de caciquiles (tan caciquiles como lo puedan haber sido en Galicia, que tiene también una larga historia en el tema caciquil).

La sola existencia del señorito ha justificado históricamente que durante la República prendiese fuertemente la llama del anarquismo en Andalucía. Es de lógica histórica que después de tanto aguantar abusos de los señoritos, el pueblo tuviese un momento de cólera y en tierras andaluzas (como de hecho en toda España, pero allí con un tinte más dramático) se cometiesen barbaridades en nombre de la anarquía y la «libertad» y no era de esperar que «se comportasen razonablemente».

Igualmente, la sola existencia del señorito ha justificado el masivo éxodo rural a las ciudades industrializadas durante el franquismo. La imposibilidad de hacerse un porvenir en su propia tierra y la promesa de un futuro mejor en tierras madrileñas o catalanas empujó a muchos andaluces animosos y hartos de los señoritos a marcharse casi con lo puesto lejos de su tierra. Muchos de ellos son hoy tratados como «inmigrantes de mierda» por algunos nacionalistas descerebrados; y sus hijos tienen que hacerse perdonar su origen «extranjero» intentando ser más nacionalistas que quienes los insultan. Pero todos ellos saben que estos «emigrantes» son la causa de la riqueza de Cataluña (y en particular, de la oligarquía catalana que hoy vota a CiU) hasta bien entrados los 70, aunque nadie se atreva a decirlo por vergüenza y por no cabrear a nadie.