Falsos mitos vascos 2

Falso mito vasco número 2.- El Euskera (lengua vasca) es la prueba de la existencia de una nación diferente.

Los nacionalistas vascos declaran orgullosamente: «Tenemos una lengua distinta. Luego somos una nación». Esta es una afirmación que no resiste apenas tres segundos de análisis. Si equiparamos «lenguaje» a «nación», resulta que Suiza no existiría, dado que en ella se hablan cuatro lenguas, todas ellas oficiales. Francia, modelo de estado unitario y centralizado, tampoco existiría, puesto que aparte del francés, se hablan lenguas como el bretón, italiano, vasco, alsaciano o diversas variantes del francés (la «langue d’oc» y la «langue d’oil»)

Por otra parte, si lenguaje es igual a nación, un inglés, un estadounidense, un jamaicano o un nigeriano (¡o incluso yo!) compartirían la misma nacionalidad. Y lo mismo se diga del español: el español, el mexicano, el uruguayo o el guatemalteco serían compatriotas. En cambio, un señor de Madrid no sería compatriota de un gallego, o un andaluz de un vasco, por hablar una segunda lengua distinta.

Siguiendo con la reductio ad absurdum, flamencos y valones ya no serían belgas (de hecho, ya se han visto los primeros garrotazos por esta cuestión), sino quizás, franceses y alemanes. Por otro lado, los austríacos serían alemanes por hablar la misma lengua (curiosa coincidencia entre Sabino Arana y Hitler). Y siguiendo ese mismo principio, habría que iniciar la segregación de la Val d’Aran del territorio catalán, porque en esa comarca no se habla catalán, sino aranés, que tiene reconocida la condición de lengua.

Incluso, dentro del País Vasco habría que dividirlo en tantas partes como dialectos tiene el euskera. Las variaciones entre dichos dialectos eran tales en un momento determinado que los lingüistas nacionalistas (empezando por el propio Sabino Arana) tuvieron que crear de la nada una variedad standard, que desconocía por completo la variedad y riqueza de los dialectos vascos.

Añadamos que existen zonas donde el euskera no se había hablado nunca, como buena parte de Álava o las Encartaciones de Vizcaya. Si «lengua» es igual a «nación», ¿se puede considerar que estos territorios son «menos vascos» que el resto?

El laberinto andaluz (y II)

Siguiendo con el post anterior, retomamos nuestro análisis del «prototipo del señorito» y su utilización política. Debido a ese pasado anarquista —que no fue muy glorioso: recordemos lo de Casas Viejas, donde ahora la Junta quiere construir un casino u hotel para echar tierra sobre la memoria histórica que no interesa—, la ideología izquierdista ha gozado siempre de gran predicamento en Andalucía. El largo paréntesis franquista, que llenó de suecas victoriosas las playas de Torremolinos y Benalmádena, y de niños pijos las de Marbella, está presto a ser olvidado.

Por eso, en período electoral, Manolito Chaves sabe ya lo que tiene que hacer: colgar en su perchero los trajes cortados a medida y los zapatos Gucci, y calzarse las abarcas, ponerse los pantalones de faena y la chaqueta de pana. Así, vestido de esta guisa, se presenta él a los mítines gritando hasta desgañitarse: «¡Zomo de lo vueztro!». ¿Qué huelen un poco a naftalina? No importa: el candidato se coloca lo suficientemente lejos del electorado y ya no huele. ¿Ves que fácil? Y los súbditos asienten satisfechos: «Éze é de lo nueztro».

Es decir, Chaves se presenta a sí mismo como el «gran campeón de la lucha contra los señoritos», el que «favorece al pueblo» y otras zarandajas electorales varias. Y el PSOE andaluz ha hecho un «buen trabajo» estos años, colgando al PP el sambenito y la coraza de sapos de ser «partido de los señoritos». Porque saben que el odio al señorito en Andalucía es capaz de movilizar sentimientos y pulsiones emocionales muy profundos. Sólo así se explican los ladridos de Alfonso Guerra en el 96, alertando de que «venía la derechona». Burdos y mentirosos, pero muy efectivos en Andalucía.

Sólo así se explica que el PP haya conseguido crecer «algo» en todos estos años (recordemos que se refundó entre 1989-90) y significativamente más en las ciudades que en el campo. El votante andaluz, incluso el desencantado, aún hoy identifica al PP con la derechona de Guerra y vota PSOE por el «miedo» de que vuelvan los señoritos de antes. O tal vez no quiere votar PSOE, pero a la derechona del PP no la votará jamás y se queda en casa o se va al campo, azí me den una pedrá zi voto a lo zeñorito der PP. Por todo lo cual, horadar ese muro de miedo, ignorancia y al mismo tiempo comodidad intelectual es verdaderamente difícil, por no hablar de horadar el muro casi infranqueable del ostracismo de los medios de comunicación, controlados por la taifa de Manolito. No se sabe qué esfuerzos están haciendo Javier Arenas o Teófila Martínez, pero seguro que habrán de sudar la camiseta.

Es decir, básicamente donde hay menos cultura es donde saca el PSOE sus votos. Por supuesto: la corrupción que ha supuesto el PER ha atado muchas voluntades al PSOE, bien por convencimiento, bien por vergüenza. En cuanto al presunto crecimiento en las ciudades, están empezando a solucionarlo: el férreo control político de las Universidades andaluzas hace imposible que la verdad circule cuando ésta es perjudicial para el PSOE. Conocemos ya algún caso de mobbing producido en la Universidad andaluza a causa de enemistades que poco tienen que ver con el conocimiento del que debiera sentirse orgullosa una Universidad. De forma muy parecida se ha actuado en Cataluña, si bien el control de calidad correspondió en este caso a los nacionalistas.

Y lo mismo se diga de los medios de comunicación. Se silencia a los tertulianos díscolos y se pretende empapelar a quienes denuncian las prácticas caciquiles de la Junta de Chaves y Zarrías. Andalucía imparable, desde luego. Pero hacia la tiranía lisa y llana.

No cabe duda alguna de que hoy Andalucía es el cortijo particular del PSOE. Y un inmenso pesebre donde comen multitud de estómagos agradecidos. Y Manuel Chaves es hoy el amo indiscutible del cortijo. Andalucía tiene que despertar de ese letargo triste en que vive desde que Chaves se instaló cómodamente en la poltrona de la Junta (e instaló cómodamente también a toda su familia). Curiosamente, ese letargo triste transido de desinterés es el que aqueja también a Cataluña, ya existente desde Pujol, pero acentuado sobremanera desde que virreina el P(S)C en estos lares.

De ahí que la educación sea tan «importante» en Andalucía. Para fabricar siervos, súbditos o borregos, no ciudadanos. Y cuando las cifras oficiales certifican esta verdad de forma irrebatible, se suceden las llamaditas de los inspectores a los profesores de instituto o colegio, para que hagan patria andaluza y aprueben masivamente a sus alumnos, incluso a aquellos que no lo merecen. «No me importa cómo lo hagas, pero tú apruébalos». La presión subsiguiente coloca al profesor en el brete moral de tener que elegir entre sus principios como educador y su puesto de trabajo, por no hablar de la simpatía o antipatía del inspector de turno, al que a su vez han presionado desde la Consejería para que «salgan los números».

En fin. Hablando de verdades irrebatibles, Chaves es hoy un señorito más. Un señor feudal que tiene montones de siervos a su alrededor y que procura mantener en la idiocia a quienes le votan, para que no se den cuenta de que es un señorito. Para que ningún andaluz se percate de que la única forma de acabar con los señoritos es ofrecer una educación de calidad al pueblo. Es dejar que la iniciativa privada haga su trabajo, en vez de ahogarla para que sirva a sus intereses privados y de su partido. Yo, particularmente, doy eso por perdido con Chaves. Tal vez el día que le sustituya alguien del PP con ideas distintas la cosa puede cambiar.

Y nada me gustaría más, créanme, que ver a una Andalucía al cien por cien en el campo, en la industria, en los servicios. Una Andalucía radiante, despejada la niebla pestilente de la corrupción, el abuso, el desaliento y el miedo a crecer. Una Andalucía orgullosa de ofrecer al mundo lo que es y no arrodillada y agradecida ante sus caciques. Una Andalucía que pueda mirar al futuro sin temor y que forme parte de un futuro que deseamos también radiante para toda España (así le duela a Mohamed VI, que ha puesto sus miras ya sobre Andalucía… o sobre Al-Andalus, que como los informados saben, no es lo mismo).