El negro, la rubia, su marido y el de las patatas

Estos son tiempos de paciencia. Paciencia para soportar los ataques inanes del PAPP. ¿Cómo? ¿No saben ustedes qué partido es ése? Pues eso se lo explico yo en un periquete: son las siglas del Partido Anti-PP, antes conocido como P(SOE). Partido sin programa conocido, o cuando menos, cuyo programa se asienta en atizar a todo lo que se mueve (en contra, claro). Partido en el que sus dirigentes parecen andar presa de un ataque de nervios porque no son capaces de despejar ese «empate técnico» que anuncian las encuestas y podría suponer la emergencia, tarde o temprano, de un voto de castigo anti-Z.

Pero no les quería yo hablar hoy de la política patria, que bastante enlodada está ya. Más bien echaré un vistazo al otro acontecimiento mundial, que suele robar minutos en las páginas de Internacional para beneficio de las de Nacional (hablando más de lo que ocurre fuera los informativos se libran de la peligrosa carga que es dar detalles sobre lo que ocurre en casa). Naturalmente, nos estamos refiriendo al proceso electoral en los USA. Es más o menos obligado hablar de él, ya que hoy es el llamado supermartes, el día en que se definen —por fin— las candidaturas.

El proceso electoral español apenas resiste la comparación con el estadounidense. Para empezar, nos encontramos con un sistema de listas abiertas, en vez de las listas cerradas europeas continentales. Cualquier militante de un partido, ya sea demócrata o republicano, se puede presentar a las listas y someterse al veredicto de las bases del partido. ¿Cualquiera? Bueno, cualquiera no. Es necesario tener mucho, mucho dinero para pagarse una campaña electoral del bolsillo de uno.

En España, en cambio, no ocurre así. Como recordaba no hace mucho Aleix Vidal-Quadras (una de las cabezas mejor amuebladas de la democracia española en la actualidad) en una tertulia de Radio Intereconomía, «en España uno no se presenta: le presentan». No dijo más, porque la discreción es norma en los cargos políticos de altos vuelos y hay que leerles entre líneas; pero ya es muy significativo el detalle. Por otro lado, ventaja es, para el candidato español, que la campaña se la pague el Partido.

Otra diferencia fundamental y derivada de cada sistema es que el candidato John Doe se debe a los electores de su circunscripción. Por eso, en las películas o series estadounidenses —algún dato tenían que recoger de la realidad—, un señor cualquiera puede amenazar con «escribir a su senador» y observar cómo el funcionario amenazado se va por las patas abajo. Extremo que en España es simplemente impensable, porque aquí la lealtad del parlamentario Juan Español, ya sea nacional o autonómico (Joan Català, Joan Valencià, Jon Euskaldarra, Xoan Galego y últimamente, Xuan Asturianu y Huan Andalú) es para con el partido. Y una prueba muy lamentable de esta verdad la tuvimos en Cataluña, cuando Francisco Caja se personó en el Parlament para defender una iniciativa legislativa que cumplía con todos los requisitos legales. De 135 parlamentarios, abandonaron su escaño un centenar cuando él empezó a hablar, además de los que se vieron súbitamente aquejados de una «gripe» que les impidió asistir. Quedó muy clara la «lealtad» de sus señorías.

El candidato John Doe debe superar infinidad de caucus, reuniones informales, visitas, escenas con niño, con abuela, con lágrimas, con café y otras «novatadas» varias, que le ponen en el brete de demostrar sus «reflejos» (las efectivas lágrimas de Billary, por ejemplo, fueron las que prácticamente salvaron su carrera como candidata demócrata y que aún no se sabe si fueron auténticas o falsas). El candidato Juan Español únicamente debe sentir sobre sí el dedazo del jefe. Debe someterse a todas las otras pruebas de público; pero tanto él como sus primos autonómicos, superada la prueba del jefe, ya son candidatos en sentido estricto y el Partido pone a su disposición los medios necesarios para que la carrera del candidato salga adelante.

Verdad es que el P(SOE) intentó las primarias. En el 97, ¿se acuerdan? Después de la dulce derrota que pronosticó Felipe (a quien después se le quedó una cara más fea que la del Fary comiendo limón al ver que sería Aznar y no él quien se sentaría en Moncloa). Salieron dos candidatos: Josep Borrell y Joaquín Almunia. La campaña se hizo muy al american style. Se dejó que las bases votaran, como ocurre en los USA. Salió Borrell. Perfecto. Borrell quedaba declarado candidato urbi et orbe a las próximas elecciones del 2000. Sin embargo, Borrell pinchó en varios debates importantes con Aznar (entre ellos el hoy conocido como debate del estado de la canción) y fue defenestrado y mandado a Europa a una velocidad que ni él mismo se la creía. ¿Qué pasó? Pues que si Borrell era el candidato de la plebe, Almunia lo era del establishment y éste finalmente fue el que «ganó» las primarias, aunque se convirtió al mismo tiempo (y probablemente sin saberlo) en candidato de transición hasta la llegada del bienamado Z.

Volviendo a la realidad, entre los demócratas parece ser Hillary Clinton la vencedora, aunque Obama (que ha intercalado una «c» en su nombre para que suene menos musulmán y más pure American flavor) «sigue vivo». En el bando demócrata no están muy claras las cosas, pero podrían quedar así: Hillary de presidenta y Obama de vicepresidente. Al revés podría ser más peligroso, porque la inexperiencia de Obama es todo un factor en su contra y en cambio Hillary cuenta al menos con la experiencia de su marido, por más que al marido le faltara un quitamanchas en un momento decisivo.

Del lado de los republicanos, por otro lado, parece ser que quien claramente ha ganado es McCain, el de las patatas. Que no se distingue precisamente por su habla pausada y continente. Más bien por lo contrario: incontinencia verbal y verbo inflamado (mira que llamar a Kim Jong Il «pelele con zapatos de plataforma»… Aunque sea verdad. No sé cómo llamaría él a nuestro Z; pero me alegro de no estar en el pellejo de Z para saberlo).

De todos modos, volviendo a echar un vistazo desde la política nacional, cabe resumir esto en pocas palabras: si gana Z nuestras elecciones tribales del 9-M, no importa quién salga vencedor en las elecciones USA. Salga quien salga, estaremos jodidos. Queda una esperanza: que Z haga llegar su apoyo incondicional a… ¿lo adivinan ustedes? Hillary, naturalmente.

(y yo echaré de menos a Condoleezza Rice… ¡qué pedazo de mujer, oiga!)