Y otra de turbantes

Gracias a mi amiga Nora me hago eco de las declaraciones de un clérigo musulmán (Mohamed al Munajid), que alerta sobre la libertad de expresión. Según él, «la libertad de expresión es muy peligrosa porque puede llevar a la libertad de pensamiento». Pero veamos al completo el extracto de dichas declaraciones que ha realizado Jihad Watch (traducimos libremente):

«El problema es que se quiere abrir un debate sobre si el islam es verdadero o no, o si el cristianismo o judaísmo son falsos o no. En otras palabras, quieren extender el debate a cualquier tema. Ahora quieren abrir el debate para todos los temas. Eso es todo. Se empieza por la libertad de pensamiento, se sigue por la libertad de expresión y se acaba en la libertad de creencia. Así, pues, ¿dónde está la conspiración? Ellos dicen: “Vamos a dejar que la gente opine libremente del islam”. Bien, ¿qué es lo que quieren? Ellos dicen: “Pienso, luego quiero expresar mis pensamientos. Quiero hablar y decir, por ejemplo, que el islam tiene lagunas, o que el cristianismo es la verdad absoluta y eterna”. Entonces hablarán sobre la libertad de creencias y dirán que cada cual puede creer en lo que quiera… Si quieres ser un apóstata, adelante. ¿Te atrae el budismo? Genial. Deja el islam y hazte budista. En esto consiste la libertad de creencias. Quieren libertad para todo. Lo que ellos quieren es peligrosísimo

El jeque, después de haberse despachado a gusto sobre la tolerancia islámica, sigue:

«La libertad de pensamiento, dentro de ciertos límites, es algo positivo. El islam exige reflexión, interpretación y el uso de la cabeza. Pero la libertad de herejía, que permite a cualquiera criticar lo que quiera en el Islam al decir, por ejemplo, que no le gusta el castigo por apostasía, o por beber alcohol, o por lapidar adúlteras, es una barbaridad. Se pregunta: ¿Por qué a un ladrón se le tiene que cortar la mano? Algunos dicen que “eso es una exageración”. Y una #@@##&&!!. Si suprimes el castigo, verás cómo aumentan los robos. Por otro lado, la gente siente segura su propiedad gracias a este castigo».

Como apostilla Nora, según las palabras del jeque la lapidación de la adúltera es un buen castigo, porque mantiene a buen seguro la propiedad del marido.

Pero otra cuestión que a mí se me plantea es que esto ya suena a conocido. ¿Dónde hemos visto eso antes? Ah, sí… en los países comunistas. Sólo que en esos países no es Alá el dios, sino el Partido. El Partido controla tu vida (como en Arabia lo hace el Corán). Quizá no te corten una mano por robar, pero… atrévete a protestar por algo que el Partido no haga bien. Atrévete, si tienes narices. Consecuencias: muerte, deportación, exilio… La única manera de mantener a todo el mundo en el Paraíso es lavarles el cerebro y cerrar todas las demás vías de información.

Una última cuestión. Hace ya algunos años la Iglesia Católica —a mi parecer, equivocadamente— mantuvo que no se debían usar condones en las relaciones íntimas. La polvareda que levantó esa afirmación fue fenomenal. Todo el mundo se echó encima del Papa y los chistes y las chirigotas varias florecieron por doquier. Se hablaba de «los carcas de la Iglesia» y se sacó a pasear toda la parafernalia anticlerical de siempre. Y no pasó nada más.

Cambiemos el supuesto y pongamos que esa afirmación la hubiese realizado un mullah o un ayatollah. Supongo que se pueden correr apuestas; pero creo yo que, al igual que muchos de ustedes, no habría chirigota alguna. En Holanda, seguro que no. Ni en Dinamarca. Y en España, no digamos. Y de haber habido alguna, al pecador se le hubiese acusado de racista, de xenófobo, de fascista, de poco respetuoso con la religión… y algo más: cualquier «buen musulmán» tendría el perdón de Alá, el grande, el misericordioso, por enviarlo sin billete de vuelta al otro barrio

Lo cual me sugiere otra pregunta: ¿qué oscuros negocios tendrán esos gobernantes con los islamistas para que éstos consigan cerrarles la boca? Porque al final, por mucho que se hable de política o religión, se acaba hablando de dinero.

Supongo también que habrá quien diga que las palabras de este hombre sólo le pertenecen a él. Pero da la casualidad de que allí donde pensar por cuenta propia puede suponer la muerte, lo que dice un señor de éstos puede valer por lo que piensan y no se atreven a decir miles o millones de personas.