Operación bikini

Ya conocen ustedes lo que significa esa expresión, sobre todo las señoras o señoritas. Hay que conseguir entrar en el bikini en el que se entraba el año pasado con más o menos comodidad. Se hacen dietas, se hace ejercicio… todo para poder lucir un dos piezas y una figura con forma de botella de Coca-cola. Para los señores es prácticamente lo mismo, aunque ciertamente, algunos lo llevamos con muchísima más calma o —para ser sinceros— resignación. Hoy en día tanta risa, conmiseración o pena causa un señor pasado de kilos como una señora en pleno desarrollo ventral (la obesidad es unisex, gracias a Dios), ya sea por la adicción a la rubia (cerveza) o al moreno (chocolate). Los paseos marítimos —entre ellos el de mi ciudad— se llenan de ciudadanos que quieren conseguir, cuando menos, que la curva de la felicidad sea un poco menos curva. Cosas de la primavera, que la sangre altera.

Este largo exordio viene a cuento de la operación bikini que al parecer está llevando a cabo el PP. No sabemos quién ha diseñado el bikini de este año al PP, pero a lo que parece es sumamente estrecho. «¡Hay que caber!», truena el jefe. Y la directiva empieza a cavilar la dieta. Hay que adelgazar. Por el momento, se han deshecho de los principios. ¿Quieren una prueba? La EpC, contra la que siempre tronó el PP, es ahora favorecida en Valencia. ¿Otra? Núñez Feijóo está tonteando con los nacionalistas. Y en Cataluña, al parecer, ninguno de los candidatos descarta pactar con los nacionalistas por aquello de que «ya nos hemos metido en la cama juntos, cariño, ¿no te acuerdas?».

Y aquí viene cuando la matan: hay que eliminar los michelines. Para caber en el nuevo bikini hay que hacer un esfuerzo y quitarse los michelines cueste lo que cueste. Por eso se han aligerado por la verdú Zaplana primero y Acebes después. Y ahora llega la eliminación (autoeliminación, cabría decir) de otro importante michelín: María San Gil. ¿Su pecado? «No haberse enterado de que el PP ha cambiado». Y sabedores de su nobleza, sus enemigos dentro del partido no se han enfrentado a ella a cara descubierta, como ella lo ha hecho siempre contra el nacionalismo. Han intentado pegarle la puñalá trapera. Y ella, harta, se ha ido. Y Rajoy, que parece que va de esfinge indiferente, la ha dejado marchar.

Mientras tanto, los funcionarios de partido que han tomado al asalto la cúpula van demostrando que en el nuevo PP lo que sobran son los principios. Vamos, que da lo mismo gritar «Viva España» que «Viva el moro Muza». Y por supuesto, la gente que los defiende. Se miran en ZP —valiente espejo— y dicen: «Los principios no sirven para llegar a la Moncloa». Y diligentemente los han mandado a tomar por el culo. Y a las personas también, claro. ¿Qué importa que cuando un tal Lassalle fuera aún un pipiolo que iba a tomar apuntes a la Universidad, María San Gil ya expusiera su vida —no su moqueta— por los principios en que creía y cree?

Ya lo dijo no hace mucho Juan Luis Cebrián: «Ha llegado la hora de reconstruir a la derecha». Dicho y hecho. A ver si el diseñador del bikini va a ser él…