Ich bin auch ein Airberliner

Recojo el testigo que ha puesto en circulación mi amigo Daniel y de paso comento la actuación del pallasso (dicho sea con todo respeto para los payasos, que éste da más pena que los payasos de Micolor) de Joan Puig. A los catalanes «normales» nos produce sonrojo ver cómo un senyor que se dice «nacionalista» se pone a hacer el ridículo provocando, además, el ridículo de aquello que dice defender.

El senyor Joan Puig, al parecer, no ha castigado su cuerpo con penitencias. En las fotos se le ve que está de buen año (ahhhh, qué bien se vive de la política). Por lo que tengo leído, no le quieren ni en Palamós, su propio pueblo; y pese a ello, no se resigna a dejar de cobrar una gabela de cuando estuvo de concejal allí.

Pues nada. Parece que como hay congreso en su partido, quiere hacer méritos para que le enchufen en alguna Direcció General o Subsecretaria, donde seguirá mamando de la ubre pública sin hacer nada (los que no valen para otra cosa, como él, sueñan con eso). Ya hace un par de años o así nos obsequió con un intrépido allanamiento de la morada de PedroJota en Mallorca. Eso sí, llevando el carnet de diputado en la boca, cual seguro de vida o escudo protector: «Mira que soy diputado y no me puedes juzgar ni detener». Valiente, muy valiente.

Y ahora el senyor Joan Puig, tan cruzado él, la ha emprendido con Air Berlin. Claro. ¿Cómo se atreven estos Krauts a no hablar en Mallorca la excelsa lengua catalana? ¿Por qué se empeñan en seguir hablando su lengua cuadrada alemana? Y, sobre todo, ¿por qué encima exigen que se hable en castellano (¡horror!)? Claro que el senyor Joan Puig se ha pasado diez pueblos en su cruzada, ofendiendo a Herr Joachim Hunold en lo más íntimo en que se puede ofender a un alemán: acusarle de nazi. Naturalmente, esto le va a costar al senyor Joan Puig medidas legales que podrían ir desde una rectificación obligada hasta un procesamiento por injurias.

Pero lo más lamentable de todo es que esta situación que padecemos muchos haya tenido que ser denunciada por un extranjero. No he oído aún a nadie de la oposición balear manifestarse en contra de las payasadas del senyor Joan Puig. Tampoco hemos de olvidar, si la memoria no me falla, que el problema lingüístico de Baleares ya empezó en la época Matas («de aquellos polvos…»). ERC se está expandiendo, como el PNV hizo en Navarra, y los esquerros baleáricos no difieren en mucho de sus hermanos catalanes. Y así van las cosas en Baleares (como aquí, vamos). Que se puede ser nazi aun perteneciendo a la izquierda rabiosa.

Los idiomas están para entenderse, no para señalar con ellos cual si de un número en el antebrazo se tratara o imponerlos como una seña de «identidad nacional». Por eso, Herr Hunold, aunque prácticamente no viajo en avión, a todos los efectos me declaro airberliner (así sea nada más que por solidaridad).

 

Pobre iluso

Siempre entendí que la política era el noble arte de gobernar. Y que gobernar era servir a aquellos sobre los cuales se manda, respetándolos y creando las condiciones necesarias para que puedan desarrollar libre y armónicamente su personalidad.

Sin embargo, miro la actualidad de nuestra nación, ¿y qué me encuentro? Que la supuesta nobleza de la función de gobernar brilla por su ausencia. El feroz relativismo que se ha imprimido a la vida de la nación ha provocado que cada cual trate de hacer de su capa un sayo. La negociación política se ha vuelto chalaneo de feria, cuando no chantaje o intimidación.

Los políticos se aferran a sus sillones con un empeño y energía dignos de mejor causa. Son políticos orondamente encantados de haberse conocido. Protegidos —mientras no discrepen, y ya les guardarán Dios y todos los santos del calendario si discrepan de la línea oficial— por su partido, no les importa aprobar leyes inicuas, porque ellos no las van a soportar. Y cuando por fin los desatornillan, su pregunta no es: «¿En qué puedo servir más al pueblo?», sino «¿Qué hay de lo mío?». Y ese mío acaba siendo un puesto directivo en una empresa pública, de consejero de Estado o de eurodiputado, carísimo cementerio de elefantes. Es el principio del coche oficial: el que sube a uno ya no se vuelve a bajar de él.

Que el Gobierno no nos respeta como ciudadanos —ni éste, ni los anteriores en mayor o menor medida— es un hecho. El Gobierno insulta a nuestra inteligencia cuando hoy, junio de 2008, se resiste como gato panza arriba a hablar de crisis y prefiere decir esa chorrada de «desaceleración intensa». Cuando las amas de casa ven que los precios suben sin freno y las hipotecas rompen todos los límites, resulta que la culpa la tiene Jean ClaudeTrichet, que no se entera, no el Gobierno por no haber llamado a las cosas por su nombre desde un principio y haber tomado las medidas pertinentes desde hace meses, como Alemania.

¿Y qué decir del «desarrollo libre y armónico de la personalidad»? Las constantes educativas van cayendo en picado. El desgaste del concepto de autoridad, propiciado desde las instancias gubernamentales —tan progresistas ellas, hijas del «prohibido prohibir»— ha devenido en «nadie tiene derecho a poner límites, siquiera razonables, a mi libertad y además, papá Estado está obligado a darme incondicionalmente y en todo momento lo que yo quiera». Se discute —o directamente se burla— la ¿autoridad? del profesor en las aulas. Se discute incluso la autoridad de los padres («ya no sabemos qué hacer con el niño»), hasta el punto de que hay padres que han delegado su derecho de custodia en la Administración.

Y ésta, por lo demás, hoy partida en diecisiete taifas nada menos, se preocupa únicamente de fidelizar a sus siervos, presentes y futuros. En algunas taifas se enseña a hablar con desprecio de la madre patria, que hoy, más que madre patria parece madre soltera. En algunas taifas el subgobierno se preocupa de tener cautivos ideológicamente a sus habitantes, para que no piensen lo que no deben y se borre la identidad de la odiada madre patria. Los apátridas son ciertamente más manipulables que los que tienen patria, raíces o pertenencia.

Hoy el Gobierno no quiere ciudadanos; quiere súbditos. Personas que no le rechisten cuando se equivoque o cometa alguna barbaridad. Algo así como los proles de 1984 (claro está que Orwell no está de moda precisamente cuando más debería leerse). Por eso se ha inventado la EpC: para detener el alud de información que proviene de Internet y consagrar la autocensura como un valor para que el súbdito no se entere de lo que no debe.

Sería verdaderamente horroroso que el mundo futuro fuese una mezcla de 1984 y Un mundo feliz, ¿no?

Pues eso: iluso de mí…