La policía del odio va a por ti

Via Nora (gracias, cari)

El original, aquí (se aceptan sugerencias de traducción).


Parece que algunas clases de odio son «aceptables».

Veamos lo que ocurre en la querida Francia de John Kerry.Imaginemos que un columnista de un periódico regional (Sud Journal) escribe un artículo sobre la mezquita de al lado. El tipo, desde luego, no respeta a los musulmanes ni al Islam: no le gusta su antisemitismo, no le gustan los berridos de los almuecines llamando a la oración y menos aún le gusta el odio de los musulmanes por todo lo francés. El artículo es un tanto vulgar, por decir lo menos. Esta traducción al inglés no es perfecta, pero sí suficiente para captar la idea.

Resultado: tres meses de cárcel por incitación a la violencia racial.

Algunos dirán: «Bueno, pero eso es en Al-Francia. Seguramente Obama, el Único y Verdadero Salvador, no seguirá su ejemplo».

Pues vale. ¿Cómo está la cosa en Canadá?

Su «Comisión de Derechos Humanos» ha procesado (perseguido) durante más de 30 años a aquellos que ha percibido como enemigos de la VERDAD.

CUALQUIERA puede formular una acusación de incitación al odio contra sí. No tiene que preocuparse de su defensa, puesto que la Comisión le proporciona abogados gratis. Por el contrario, el «acusado» debe pagarse su propia defensa. En más de 30 años de existencia, ¡¡¡la Comisión jamás ha desestimado una acusación por «infundada»!!!

Si el acusado es una persona y es declarado culpable, se le puede obligar a disculparse y a pagar una multa. Si el acusado es una empresa, se la puede forzar a hacer aquello que de ninguna manera quiere hacer o a cerrar el negocio. Lo cual significa, por ejemplo, que aquellos editores que no quieran publicar historias de amor homosexual pueden ser obligados a cerrar (de hecho, han sido obligados a cerrar).

Echad un vistazo a lo que hacen nuestros vecinos y saber así qué podemos esperar aquí.

¡Olvidad la doctrina de la «equidad»!

Las leyes anti-odio se la llevarán por delante y mucho, mucho más.

No ficción

[]

—Aquí o allí, es fatal que ocurra. ¿Clarisse McClellan? Tenemos ficha de toda su familia. Les hemos vigilado cuidadosamente. La herencia y ambiente hogareño puede deshacer mucho de lo que se inculca en el colegio. Por eso hemos ido bajando, año tras año, la edad de ingresar en el parvulario, hasta que, ahora, casi arrancamos a los pequeños de la cuna. Tuvimos varias falsas alarmas con los McClellan, cuando vivían en Chicago. Nunca les encontramos un libro. El tío tiene un historial confuso, es antisocial. ¿La muchacha? Es una bomba de relojería. La familia había estado influyendo en su subconsciente, estoy seguro, por lo que pude ver en su historial escolar. Ella no quería saber cómo se hacía algo, sino por qué. Esto puede resultar embarazoso. Se pregunta el porqué de una serie de cosas y se termina sintiéndose muy desdichado. Lo mejor que podía pasarle a la pobre chica era morirse.

—Sí, morirse.

—Afortunadamente, los casos extremos como ella no aparecen a menudo. Sabemos cómo eliminarlos en embrión. No se puede construir una casa sin clavos en la madera. Si no quieres que un hombre se sienta políticamente desgraciado, no le enseñes dos aspectos de una misma cuestión, para preocuparle; enséñale sólo uno. O, mejor aún, no le des ninguno. Haz que olvide que existe una cosa llamada guerra. Si el Gobierno es poco eficiente, excesivamente intelectual o aficionado a aumentar los impuestos, mejor es que sea todo eso que no que la gente se preocupe por ello. Tranquilidad, Montag. Dale a la gente concursos que puedan ganar recordando la letra de las canciones más populares, o los nombres de las capitales de Estado, o cuánto maíz produjo Iowa el año pasado. Atibórralo de datos no combustibles, lánzales encima tantos «hechos» que se sientan abrumados, pero totalmente al día en cuanto a información. Entonces, tendrán la sensación de que piensan, tendrán la impresión de que se mueven sin moverse. Y serán felices, porque los hechos de esta naturaleza no cambian. No les des ninguna materia delicada como Filosofía o la Sociología para que empiecen a atar cabos. Por ese camino, se encuentra la melancolía. Cualquier hombre que pueda desmontar un mural de televisión y volver a armarlo luego, y, en la actualidad, la mayoría de los hombres pueden hacerlo, es más feliz que cualquier otro que trate de medir, calibrar y sopesar el Universo, que no puede ser medido ni sopesado sin que un hombre se sienta bestial y solitario. Lo sé, lo he intentado. ¡Al diablo con ello! Así, pues, adelante con los clubs y las fiestas, los acróbatas y los prestidigitadores, los coches a reacción, las bicicletas helicópteros, el sexo y las drogas, más de todo lo que esté relacionado con los reflejos automáticos. Si el drama es malo, si la película no dice nada, si la comedia carece de sentido, dame una inyección de teramina. Me parecerá que reacciono con la obra, cuando sólo se trata de una reacción táctil a las vibraciones. Pero no me importa. Prefiero un entretenimiento completo.

Beatty se puso en pie.

—He de marcharme. El sermón ha terminado. Espero haber aclarado conceptos. Lo que importa que recuerdes, Montag, es que tú, yo, y los demás somos los Guardianes de la Felicidad. Nos enfrentamos con la pequeña marea de quienes desean que todos se sientan desdichados con teorías y pensamientos contradictorios. Tenemos nuestros dedos en el dique. Hay que aguantar firme. No permitir que el torrente de melancolía y la funesta Filosofía ahoguen nuestro mundo. Dependemos de ti. No creo que te des cuenta de lo importante que eres para nuestro mundo feliz, tal como está ahora organizado.

[…]

(Fahrenheit 451, Ray Bradbury)