Ocio asesino

Probablemente piensen ustedes que soy un carcamal o un retro. No me importa, pues estamos en un país (presuntamente) libre y cada hijo de vecino puede pensar lo que mejor le convenga. No hay sino lamentar la muerte (u homicidio, hasta que la justicia se pronuncie) del joven Álvaro Ussía.

Además de expresar mis condolencias a la familia y a los amigos del joven, quisiera reflexionar en voz alta sobre el acontecimiento. En primer lugar: ¿cómo es posible que un local que acumulaba cincuenta denuncias por otros motivos no hubiera sufrido la correspondiente inspección y se hubiera procedido a su cierre cuando menos cautelar? Hemos sabido que, por no tener, no tenía siquiera los papeles en regla.

Esto empieza a oler mal. Da la impresión de que el propietario tenía buenos agarres en el Ayuntamiento de Madrid y que, a cambio de generar la parte correspondiente de beneficios, alguien que debía controlar, inspeccionar o fiscalizar la actividad de dicho local miraría convenientemente hacia otra parte. No se trata de señalar a formaciones políticas determinadas, pues en toda España han muerto ya 20 jóvenes en circunstancias similares, con independencia de quién estuviera en el Ayuntamiento.

En tal caso, ya tenemos claro que estamos frente a un negocio. Un negocio que da mucho dinero, y no sólo a sus propietarios, sino también a la Administración.

La segunda cuestión se refiere a la seguridad. De ella da idea que los porteros de discoteca sean comúnmente conocidos como gorilas. Naturalmente, no todos son así. Los habrá que harán correctamente su trabajo, sabiendo hasta dónde pueden llegar y qué deben y no deben hacer. Sin embargo, el hecho de que existan jóvenes violentos o con ganas de bronca parece justificar la contratación de porteros con pocos miramientos y escrúpulos a la hora de hacer su «trabajo». El vacío legal, que por lo que vamos viendo no es inocente, ayuda a que en no pocos casos, el portero sea un castillo de músculos sin mucho cerebro.

Finalmente, hay una tercera reflexión que, al menos públicamente, aún no se la he oído a nadie. Teniendo en cuenta que en estos lugares puede peligrar la integridad física de las personas (no solamente por los porteros, sino porque en no pocos de ellos se venden pastillas con o sin conocimiento o consentimiento del dueño), ¿no es posible redirigir a los jóvenes hacia otro tipo de ocio? Por ejemplo, ¿acaso no es más saludable, por ejemplo, practicar un deporte de forma federada –atletismo, fútbol, baloncesto– que emborracharse todos los fines de semana? O cualquier otra actividad que ayude a ejercitar el cuerpo y la mente (y no me refiero a las videoconsolas, «que mejoran la coordinación entre el ojo y la mano»). Creo que es posible. Pero a quienes debería interesar no les interesa. Y me parece que me estoy oliendo por qué.