Gaza (y III)

Para estos «pacifistas» los muertos tienen diferente valor según del lado del que provengan. Pero hay una explicación más, a mi entender. Se trata de la orfandad ideológica en que la caída de la URSS en 1989 dejó a la izquierda. La única consigna que les queda es la de la doctrina Zhdanov, que data… de 1947. Condenar a Israel es una forma de atacar a Estados Unidos, que es lo único que les queda después de haber intentado el ecologismo, el pacifismo a secas y la multiculturalidad. No les importa si con ello defienden a una banda terrorista (a fin de cuentas, ZP llamó a los malnacidos de la ETA «hombres de paz»). Tampoco les importa, al parecer, que esa defensa de Hamás les acerque a la argumentación nazi (los jeques árabes y los nazis ya establecieron buenas relaciones en el pasado, fundadas en su común odio a los judíos).

¿Y a quién beneficia todo este jaleo? Es una respuesta complicada. Sería más fácil decir a quién no beneficia, que a mi entender son el pueblo israelí y los palestinos no terroristas. Sin embargo, aquí los progres se manifiestan «contra Israel», sin más matices. Podemos intentar, no obstante, una lista de beneficiarios:

  1. Los progres, porque les permite decir que «tienen conciencia humanitaria».

  2. El Gobierno español, que quiere mantener a todo trance su Alianza de Felaciones, la cual, sin la inestimable participación de Ahmadineyad no vale un real. Ah, y porque así los españolitos no hablamos de la CRISIS. Que hablar puede llevar a atar cabos y entonces…

  3. Los países árabes, porque así expresan su odio a los israelitas sin tener que dar la cara.

  4. … (se admiten sugerencias).

Para el caso de que algún día cayese Israel, veo a toda la caterva de titiriteros (empezando por Juan Diego y terminando por Carmen Machi) haciéndose musulmanes para salvar el pellejo. Que a lo mejor no se han enterado aún, pero los islamistas no distinguen entre ateos, agnósticos, o cristianos. Todos son infieles. Y todos, mientras no acaten el mandato de Alá, merecen la muerte.

Gaza (II)

Oímos hablar mucho a los países árabes de la «amenaza israelí». Dudo mucho que sea una amenaza a nivel militar, sino que lo es más bien a nivel político y de ejemplo. Como decíamos antes, Israel es una democracia al modo occidental, en la que los israelíes, hombres y mujeres, tienen básicamente los mismos derechos y su nivel de vida se corresponde aproximadamente con el trabajo que desarrollan.

En cambio, los estados islámicos no pasan de ser una teocracia (modo de gobierno medieval y ya superado por Occidente), que apenas encubre un terrorífico feudalismo. Feudalismo en el que sólo unos pocos viven muy bien, mientras el resto del pueblo es condenado «por Alá» a la miseria y al silencio. La única posibilidad que tienen de «redimirse» es la de dejarse matar por Alá (y mejor, claro, si se llevan por delante a unos cuantos judíos).

La verdadera amenaza israelí, pues, está en que como democracia y sistema político eficiente amenaza el statu quo musulmán, ineficiente económicamente y desigual políticamente. El establishment musulmán tiene miedo de que sus súbditos sientan la tentación democrática, porque sus privilegios basados en la religión se esfumarían. Es el mismo proceso que ocurrió en Occidente: la democracia acabó con las monarquías a divini iuris; proceso al que el orbe musulmán no ha llegado. Y al que no llegará mientras haya mullahs y jeques que crean que es mejor que uno (uno de ellos, claro) piense por todos los demás.

Contra esa «amenaza» luchan los terroristas de Hamás y sus valedores iraníes.

¿Y cuál es la posición española? ZP ha «exigido» a Israel el «alto el fuego» (sólo falta que invite también a los israelíes a la Alianza de Felaciones). La izquierda caviar, como hemos dicho, se manifiesta en contra de la «salvajada israelí». Sin embargo, unos y otros olvidan que los 8.000 misiles Qasam lanzados por los terroristas de Hamás en los 8 años anteriores han causado una buena cantidad muertes inocentes, tan inocentes como las de palestinos no terroristas en Gaza.

Pero los progres niegan el derecho a defenderse de quienes consideran sus enemigos. Igual que niegan el derecho que tuvo media España a defenderse en 1936 de una República deslegitimada. Al igual que los católicos, según los progres, los israelíes tienen que dejarse matar. ¿Pero por qué esta inquina progre contra Israel? La respuesta la da, muy claramente, Inocencio Arias, en un excelente artículo (El Mundo, 19 de marzo de 2008):

«Bueno, el pacifismo español es encomiable, pero totalmente selectivo. Millones de personas se echan a la calle si el atropello puede ser atribuido a EEUU. Pocos se mueven, permanecemos totalmente indiferentes, ante otras tragedias internacionales con un número espantoso de muertos si no se ve la mano directa de Washington. ¿Cuánta gente se ha echado a la calle para protestar por el actual drama de Darfur? Aquí no hay manifestaciones. ¿Cuánta protestó cuando trascendió que en Ruanda habían sido asesinadas 800.000 personas en 100 días? Muy pacifistas, sí, pero a la carta

Gaza (I)

Hacía mucho que no veíamos manifestarse a los titiriteros. Hacía mucho que, calladitos ellos, disfrutaban de sus subvenciones tras habérselas ganado con el sudor de su… garganta, chillando contra lo que el ¿Gobierno? les había dicho que tenían que chillar. Son un buen ejemplo de… este… ciudadanía. «¡Ciudadano! El Gobierno te necesita. ¡Acude a la manifa!». Por otro lado, parece evidente que la manifa es el remedio saludable del progre, ya sea para que el caviar no le cree exceso de tejido adiposo o para poder adherirse a los placeres de la buena mesa.

¿Y contra qué se manifiestan los progres, sus lacayos, sus tontos útiles y otras gentes engañadas en sus buenos sentimientos? Contra Israel. «Es que los israelitas son unos bestias», dirá uno. «Es que han matado a niños inocentes», apostillará otro. Argumentos repetidos una y otra vez. Y todos a coro: «¡Pobres palestinos!».

Permítanme, antes de sacar el pañuelo y echarme a llorar, razonar un poco. Ante todo, hay que recordar una cosa: que Israel, con todos los fallos que pueda tener, es una democracia más o menos asentada. Tienen su sistema representativo y, mientras no se demuestre lo contrario, sus elecciones no son un requisito meramente formal, como ya ocurre en España. Cierto es que allí son un poco más rígidos, pero son rigideces derivadas del permanente estado de alerta en que viven.

En cambio, ¿qué tenemos del otro lado? No tenemos a «Palestina», como quieren hacernos creer los progres, que últimamente se les oye muy pro-árabes. Del otro lado tenemos a Hamás, que como mucho llega a banda terrorista asesina. Claro que Hamás no es solamente Hamás. Parece ser que tras esa banda terrorista se halla la alargada sombra de Irán, cuyo máximo dirigente, Ahmadineyad, aparte de ahorcar homosexuales y azotar a católicos conforme a la Shari-a, o enriquecer uranio (eso creo que no entra en la Shari-a, pero desde luego, lo hacen), declaró que «había que borrar a Israel del mapa».

Establecidos, pues, los dos términos de la confrontación, sigamos. Entiendo –y corríjame alguien si me equivoco– que hay muchos palestinos que no comulgan con las ideas de Hamás y que solamente quieren paz para ellos y sus familias. Quieren paz para poder ganarse tranquila y honradamente el pan con el sudor de su frente, trabajando en aquello que Dios, Yahvé o Alá les haya a entender. Quieren paz para legar a sus hijos un porvenir en el que no haya bombas ni misiles.

Dejemos de lado que la de ANP fue, ya en los tiempos de Arafat, una administración corruta e ineta. Si todo el dinero que se agenció Arafat hubiese servido para reconstruir Palestina, Gaza y Cisjordania no tendrían nada que envidiar a Israel en cuanto a prosperidad. Dada la situación actual, está claro que ese dineral no sirvió para eso. De hecho, Arafat distrajo una bonita cantidad del dinero para mandarla a Suiza (la calderilla de 900 millones de dólares). Y Europa se dejó robar beatíficamente, creyendo que hacía una obra de misericordia.

Del lado de Israel hay muchas personas que también quieren lo mismo que muchos palestinos, en absoluto representados por Hamás o Al-Fatah. Quieren trabajar honradamente y ganarse el pan con el sudor de su frente. Y también quieren legar a sus hijos un futuro libre de misiles Qasam. Sin embargo, ante las agresiones, los israelíes ejercen su derecho a defenderse, sobre el que volveremos en el siguiente post.