Este PP se va a la mierda (II)

En el post anterior habíamos dejado pendientes algunas cuestiones merecedoras de alguna atención por separado.

La primera –y un asunto nada menor– fue cómo Aznar, uno de los mejores presidentes de la (demo)cracia moderna española, consiguió refundar el PP sobre una base ideológica firme, que en términos pedantes se podría llamar «discurso ganador». Consiguió también –algo lógico por otra parte– preparar a Fraga un merecido descanso en Galicia, un mérito nada pequeño teniendo en cuenta lo mucho que mandaba Fraga entonces en AP. Consiguió convencerlo de que el partido iría mejor si le dejaba las manos libres, como en efecto así fue.

Eliminada la olla de grillos en que se había convertido AP (sonoro el portazo de Miguel Herrero, hoy «amigo del pueblo vasco») y refundado el partido como PP, unidos todos bajo un objetivo común (la consecución del poder con la idea de arreglar el desaguisado socialista), el partido inició lentamente la senda que le llevaría al poder en 1996.

Fue la senda de un discurso discutible o no, pero por lo menos coherente para todo el territorio nacional. Y una vez conseguido el poder, Aznar cometió el primer error de bulto: pasar página. Aznar quiso «pasar página» porque los ánimos estaban muy caldeados y era conveniente «enfriar» el asunto. Lo que a nuestro juicio hubiese debido de hacer es limpiar la Administración de topos socialistas. No tanto por colocar a los propios –que también–, sino por evitar fugas informativas. Eso sólo ocurrió en un caso: la Oficina de Presupuestos del Estado, asignada al competente José Barea. En el momento de cerrarla, dicha oficina parecía un queso de Gruyère y los socialistas se revolcaban de risa cada vez que José Barea hacía declaraciones, disponiendo como disponían de sus informaciones con antelación.

Pero para no contar una historia que muchos saben y otros no quieren leer, resumiremos diciendo que el primer éxito de la maquinaria propagandística zetapera fue el Prestige (tanto que todavía lo sacan a pasear, a pesar de que hay ya una sentencia que dice que todo estuvo correcto y bien hecho). El Gobierno del PP salió más o menos indemne de aquello, aunque el PZ consiguió lo que quería: sembrar la duda sobre la eficacia y eficiencia del Gobierno de Aznar.

El siguiente traspié (y consiguiente segundo éxito de la maquinaria zetapera de agit-prop) fue Irak. Desde el punto de vista parlamentario, fue todo correcto: se votó y se aprobó la resolución en Cortes. Sin embargo, el PP volvió a perder la batalla mediática: Aznar no consideró necesario explicar qué hacíamos en Irak los españoles. ¿Por qué apoyamos a Bush en su iniciativa bélica? No es que recuerde mucho de aquello, pero sí recuerdo un detalle: Francia y Alemania mantenían una «relación privilegiada» con Saddam Hussein, que les reportaba pingües beneficios. Ése era un buen motivo para oponerse a la invasión, como efectivamente ocurrió en los primeros momentos.

¿Pero y nosotros? ¿Pagábamos la deuda con EE.UU. por su intervención en el conflicto de Perejil? A no ser que alguien me aporte otros motivos fundados, no se me ocurre otra razón, puesto que en Irak no se nos había perdido nada. Sin embargo, el PZ utilizó –y muy bien– las medias verdades y los silencios del Gobierno para desgastarle. Hubiese sido más coherente explicar al pueblo por qué íbamos donde íbamos; pero pesó más la raison d’Êtat y el hecho de que desde que estamos en (demo)cracia, nuestros gobernantes nos tratan como si fuésemos niños de teta que no sabemos lo que nos conviene. Y de hecho, a día de hoy, Aznar no ha explicado absolutamente nada.

Y el tercer traspié, ¡ay!, ése si fue sonado. El 11-M fue una obra maestra de agit-prop, de traición de determinados cargos clave del Estado, ejecutada con la precisión de un mecanismo de relojería. Hay teorías mil sobre el quién, si bien todo el mundo está de acuerdo en el por qué: logró el propósito de provocar un cambio de Gobierno. En cuanto a la primera cuestión, hay quienes apuntan a Francia: a Chirac no le gustaba el protagonismo que estaba cobrando España en el seno de la UE y mucho menos su influencia y actuación en cuestiones relacionadas con África y con nuestra ex colonia Guinea Ecuatorial. Otros, en cambio, apuntan a los USA y el desembarco de empresas españolas en Iberoamérica (intento de quebrar la «la doctrina Monroe»: malo).

Si no fuera porque se llevó por delante 192 vidas e hirió a 1.500 personas, tal vez hubiese sido «un atentado más». Pero al margen de otras cuestiones jurídicas, puso en evidencia la poca presencia de ánimo del Gobierno. Aznar hubiese debido suspender sin más el proceso electoral y permitir a la justicia actuar. Pero se reafirmó en la fecha del 14 de marzo, que fue sin duda la de sus Idus. Y Rajoy, que ya se veía presidente y mero continuador de la política aznarista, aterrizó sonoramente en la oposición. Y a partir de la primera legislatura zetapera, España comenzó a desandar el camino hecho hasta entonces y volver a ser potencia de segundo orden.