¡Garoña que garoña! (I)

Créanme ustedes si les digo que no acabo de entender la política energética de este Gobierno que nos toca padecer. Según entiendo, para casi todo dependemos del exterior en materia energética: petróleo árabe y gas argelino, que es lo que hoy por hoy hace funcionar al mundo. Que esas dos fuentes de energía tengan denominación de origen de Alá tiene su aquél, desde luego: al parecer los árabes nunca han dejado de mirar a España como su paraíso perdido.

¿Y qué nos queda? Pues… el sol de España, que hasta hace cuatro días nos ayudó a equilibrar nuestra desequilibrada balanza comercial. Porque lo de las llamadas energías renovables, sin ser un camelo, es lo cierto que no cubren las necesidades –mucho menos las expectativas– de aquellos quienes se llenaron la boca diciendo que los parques eólicos eran «la energía del futuro». ¿Y cómo andamos de energía eléctrica? Teniendo en cuenta que Sebastián –por encargo de las eléctricas, desde luego– nos sube la luz y además nos regala bombillas para que estemos contentos, me da que la cosa no va muy bien.

Como decía el anuncio, «¿Manchas? ¡Una solución, quiero!». ¿Y qué solución tenemos? Pues una que nos dé energía eléctrica barata, limpia y duradera. ¿Eso existe? Sí, claro que sí. Se produce en las centrales nucleares. Después de los bombazos de Hiroshima y Nagasaki, el hombre fue capaz de encontrar un uso a la fisión nuclear que no fuese el de partirle la cara al vecino. Y a pesar de que ha habido algún que otro desastre nuclear (que lo fueron, además, por fallo humano y no técnico), la energía nuclear es barata, limpia y puede producir energía eléctrica durante mucho tiempo.

Atrás quedan los tiempos en que la gente salía a la calle a gritar lo de «¿Nuclear? ¡No, gracias!». Nadie explicaba punto por punto qué ventajas e inconvenientes tenía esa energía. Cualquier intento de exposición racional era apagado por la omnipresente propaganda, que en cada región tenía su subtexto, además. Los más sólo veíamos las imágenes de Chernobyl (cuyas consecuencias, por desgracia, aún duran) y decíamos que no queríamos aquello cerca de casa.

Sin embargo, el jolgorio antinuclear se diluyó cuando quedó claro que los sucesivos gobiernos ¿democráticos? no cerraron las centrales nucleares. Y sobre todo los gobiernos socialistas, cuyo partido se había alineado antes de 1982 con los antinucleares. También se diluyó en las poblaciones donde se instalaron dichas centrales, en las que muchos entraron a trabajar y se crearon muchos puestos de trabajo directos e indirectos. Gentes que en otro tiempo llevaron la pancarta, la guardaron y la cambiaron por el mono de trabajo, los zapatos de doble suela y los controles del quicky.

Y nada parecía turbar la pax atomica, hasta que ahora a nuestro ínclito presidente (y para algun@s, Führer bienamado) ZP se le ocurre que hay que cerrar la central de Santa María de Garoña, en Burgos.