Presos

Supuestamente, estamos orgullosos de nuestra civilización. La técnica avanza que es una barbaridad. Incluso tenemos Internet, que es una especie de second life y posiblemente haya cambiado para siempre el modo de relacionarnos y bla, bla, bla…

Sin embargo, hoy les quiero llamar la atención sobre un detalle de la first life, de la que vivimos con nuestro cuerpo físico. Me refiero a nuestra casa, o ese espacio físico que llamamos «hogar». No importa que sea un piso, una casa grande o una solución habitacional de las de la Trujillita. Llegamos dentro y tenemos la necesidad de encerrarnos. Si es una casa, con mayor razón. Barrotes, cerrojos, pestillos, llaves de siete vueltas, aperturas electrónicas, alarmas conectadas con la comisaría de policía más cercana… qué sé yo. Es una especie de necesidad.

Nadie conoce a nadie. Nadie confía en nadie. Nadie se mete en la vida de nadie, ni siquiera por hacer un bien. Sí, es verdad: luego en las noticias –sección de sucesos– oímos comentarios como «No sabíamos mucho de él (ella) y jamás nos imaginamos que le abriría la cabeza de un sartenazo». O como éste otro: «Discutían a veces, pero nunca dieron realmente que hablar». Y lo dicen personas completamente extrañadas del hecho luctuoso o criminal.

Llegamos de nuestro trabajo, en el que hay mucha tensión (hoy, además, con la presión añadida de si nuestra fábrica, empresa o centro dependiente de alguna Administración aguantará o tendrá que cerrar por falta de clientes o de dinero). Llegamos, digo, y nos encerramos en una especie de «celda», con todas las comodidades, eso sí. Como si fuésemos presos en régimen abierto.

Quizá por eso y después de darle muchas vueltas, apareció en mi memoria este fragmento de Así habló Zaratustra:


¿Qué significan esas casas? ¡En verdad, ningún alma grande las ha colocado ahí como símbolo de sí misma!
¿Las sacó acaso un niño idiota de su caja de juguetes? ¡Ojalá otro niño vuelva a meterlas en su caja!
Y esas habitaciones y cuartos: ¿pueden salir y entrar ahí varones? Parécenme hechas para muñecas de seda; o para gatos golosos, que también permiten sin duda que se los golosinee a ellos.
Y Zaratustra se detuvo y reflexionó. Finalmente dijo turbado: «¡Todo se ha vuelto más pequeño!».

(Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra, Parte III, «De la virtud empequeñecedora»)