«Flexibilidad laboral»

Pero a ver. A mí que me expliquen qué significa eso de «reforma laboral». Sobre el tema de la moderación salarial ya hablamos, y la cosa está fatal. Ya ni siquiera cabe acudir al tópico de que «a los españoles nos gusta ver la media botella vacía» o, peor aún, «a los españoles nos gusta podernos quejar».

Decíamos, pues, que la cosa está fatal. Vamos, que ni siquiera siguiendo el consejo del gran Antonio Molina nos libramos de la crisis:

Cocinero, cocinero enciende bien la candela
y prepara con esmero un arroz con habichuelas.
Cocinero, cocinero aprovecha la ocasión
que el futuro es muy oscuro,
que el futuro es muy oscuro,
ayyyyyyy, trabajando en el carbón.

Trabajando y sin trabajar en el carbón, el futuro ahora mismo es de color negro lignito. Y de nuevo los sesudos especialistas, ésos que se sientan allá en sus torres de marfil manejando sus datos y estadísticas –¿qué sería de ellos sin sus estadísticas?–, han encontrado la solución. Hablan a troche y moche de «reforma laboral». Los telediarios repiten la fórmula, aunque no explican demasiado bien de qué se trata, como eso que ZP nos va a explicar mañana de la «economía sostenible».

Yo no soy economista y por lo tanto, no puedo hablar con demasiada autoridad sobre el tema. Pero sí tengo dos ojos y trato de mantenerlos tan abiertos como sea posible. Y estos ojos míos ven cada cosa… Mis ojos ven que cada día se alargan las colas del INEM (o su equivalente autonómico). Ese INEM que a día de hoy sólo sirve para cobrar la prestación por desempleo (valdría más llamarlo «limosna») que el gobierno de Su Graciosa Inanidad ZP regala a algunos españoles (cabe que alguien haya encontrado trabajo a través de ese organismo, pero me gustaría que me presentaran a esa persona: me la llevaría a un congreso de antropólogos y lo presentaría como un raro ejemplar de homo laborans).

Mis ojos ven también que los comedores de Cáritas van aumentando su demanda, pese a que los progres de salón (de los de a 20.000 leuros de sueldo mensual, claro) no paran de criticar a la Iglesia como institución y sin matices. Ayer eran pobres «sin techo»; hoy, además, son padres o madres de familia obligados a vivir con un sueldo de mierda, que para poder comer han de acudir a estos comedores, mucho más «socialistas» que el Gobierno, que tanto presume de rojo.

Entonces, ¿de qué hablamos cuando hablamos de «reforma laboral» o de «flexibilidad laboral»? Hablamos básicamente de recortar gastos empresariales. ¿Y cuál es el primer gasto que se recorta? Lo han adivinado ustedes: el social. En cada empresa se buscará una razón distinta; pero según los sesudos expertos, resulta que desprendiéndose del lastre de la fuerza laboral, el panorama general de las empresas mejora. En un banco, por ejemplo, le dirán que están «buscando una nueva imagen, más joven» y que por eso usted, que lleva 25 años en la empresa, tiene antigüedad consolidada y además ha de mantener una familia, «no da el perfil que buscamos ahora». Y le ofrecerán una alternativa: prejubilación ahora por las buenas o jubilación en su momento y por las malas. Y a usted no le queda más remedio que tomarlo por las buenas. ¿Para qué? Para que su sitio lo ocupe un pipiolo de 25 años recién salido de la Universidad, al que pagarán notablemente menos que a usted y explotarán notablemente más que a usted. Usted tiene a su familia detrás y no puede permitir que lo exploten; pero el joven arde en deseos de quedarse y de agradar para que le renueven el contrato, de forma que tragará con casi todo. Eso, suponiendo que aguante los seis meses que firmó de contrato (no como el de usted, que fue fijo e indefinido) y no se queme antes de tiempo.

El despido es hoy ya, de hecho, más fácil. En vez de mandarle a usted un burrofax (que se decía en tiempos), le mandarán un e-mail que cumplirá todas las condiciones legales, eso sí. Incluso es posible que su puesto de trabajo se oferte antes de darle gentilmente la patada. Si su situación en la empresa es difícil, busque su puesto en las bolsas de trabajo electrónicas más frecuentadas: es posible que lo encuentre.

Es decir: menos salario por el mismo trabajo, aumento ostensible de la presión en el medio de trabajo (todos se vigilan unos a otros, a ver quién es el que va a caer), abusos por parte de quienes ostentan una posición de autoridad… Es campo abonado para ello. Y luego: bajas por depresión (causadas por mobbing), síndromes del quemado (burn-out)… Y en esta situación, que es sólo una parcela de la crisis que padecemos, ¿dónde están los sindicatos, tralará? No están, ni se les espera. Al Gobierno se le llena la boca con las limos… esteeeeeeeeeee… subsidios que da (las perras gordas son para Jaume Roures, por supuesto). Corbacho chalanea con las cifras del paro; pero si aceptamos que parado es simplemente «quien no trabaja», la cifra sobrepasa los 5 millones de parados. Y no hay una revolución en la calle. Sorprendente, ¿no? No solamente depende de quién gobierne (a «los otros» ya les hubiesen montado 20 huelgas generales), sino de que haya más fúrbo y más programas parideros tipo Noria. No parece interesarle otra cosa al respetable. Me pregunto cuánto más nos tenemos que hundir en la mierda para que el pueblo reaccione…