Maldito(s) bastardo(s)

Tranquilícense ustedes: este post no se refiere a cierta película dirigida por Quentin Tarantino. Aunque quizá aquello de lo que voy a hablar sí debería pasar únicamente en las películas y no en la realidad. Así que, sin más dilación, vamos a ello.

La noticia es que a Hermann Tertsch alguien le ha dado una paliza. Según ha contado Intereconomía, a Hermann Tertsch le han propinado una patada en la espalda que le ha roto una costilla, le ha dañado un pulmón y posiblemente le habrá añadido unos cuantos puñetazos de guarnición, que han requerido hospitalización. El pronóstico de Hermann Tertsch es ahora mismo «reservado», así que no nos queda sino rezar –los religiosos– o desearle –los no religiosos– una pronta recuperación y una estadía lo más breve posible en el hospital.

En este país es fácil meterse en problemas si: a) hurga uno donde no debe (por ejemplo, en los asuntos del Rey y de su familia) o b) se distingue en denunciar las cacicadas y desmontar los embustes de la izquierda y/o nacionalismos desgobernantes. Normalmente esos asuntos suelen terminar sin ruido: por ejemplo, si un plumilla mete las narices en los asuntos del Rey o de su familia, atendiendo a la gravedad del asunto, dicho plumilla puede darse por contento si acaba en la sección de necrológicas de un oscuro diario de provincias, por decir lo menos.

El segundo caso es significativamente distinto, sobre todo porque distintas son las consecuencias de un tal comportamiento. Pensemos por un momento en Federico Jiménez Losantos, al que un desalmado y descerebrado disparó en una pierna porque se atrevió a cuestionar el modelo catalán de inmersión lingüística puesto en práctica nada más llegar Pujol al poder. En el mismo grupo colocaré a Antonio Herrero, que falleció en extrañas circunstancias en 1998. Parece ser que practicando uno de sus deportes favoritos, el submarinismo, la botella de oxígeno  de su equipo falló misteriosamente; no obstante, yo pienso que era un hombre que se distinguió por su beligerancia (verbal, por supuesto) contra las patrañas de la izquierda, los olvidos de la derecha y la corrupción de ambas orillas, lo cual le granjeó la ojeriza del Poder (de cualquier tipo). Y ahí fue que alguien decidió que había que callarle porque estaba haciendo mucho daño a la causa.

Han pasado los años y parecía que, a pesar de lo revuelto que está el patio, los periodistas únicamente debían temer su inclusión en el supuesto a). Así, por ejemplo, tenemos en Cataluña el caso del redactor Josep Clemente, que por levantar un poco la tapa de ese wáter aquí conocido como oasi català tuvo que exiliarse nada menos que a Murcia. No sé si mediaron amenazas físicas; pero ya es bastante que en tu propia casa alguien te niegue el pan y la sal porque le has descubierto haciendo guarrerías y encima negándolo.

Pues hoy se confirma que los periodistas que luchan por dignificar la denostada profesión, que no son lameculos, ni correveidiles ni bufones del Poder, pueden ser acallados con algo más que un simple despido o acoso administrativo. Un maldito bastardo (o malditos bastardos, me da lo mismo) han decidido bien por sí mismos, bien por orden superior, que había que acallar a Hermann Tertsch. Y lo menos que se puede decir es que al menos temporalmente sí lo han conseguido.

No se puede acusar a nadie (sobre todo cuando no se tienen pruebas); pero no nos cuesta imaginar que la nómina de enemigos de Hermann Tertsch en la izquierda es lo suficientemente larga como para que un descerebrado o desalmado (o ambas cosas) propinase o ordenase propinar una paliza a Hermann Tertsch.

Y será casual o no, pero Hermann Tertsch tenía muy dicho que iba a denunciar a Gran Wyoming, que más bien debería llamarse Enano Oregón. De verdad: me gustaría que alguien me explicara dónde está la «grandeza» de un señor que, a través de un vil montaje, tilda de asesino a un periodista cuyo pecado mortal es salir en la tele no siendo progre. Y no solamente no ser progre, sino no callarse y ser muy crítico con el ¿gobierno? de ZP.

Y será también casual o no, pero Hermann Tertsch se había distinguido –y mucho– en afear a los representantes sindicales de Telemadrid las huelgas políticas que organizaron no solamente contra su programa, sino también contra el de Curry Valenzuela, la cual, al parecer hablaba demasiado alto y demasiado claro para el gusto del camarada Gómez y sus obreros especializados.

Parece, pues, que Hermann Tertsch tenía muchos números para que le ocurriese la desgracia que le ha ocurrido. Hermann Tertsch no se ha contentado con hablar de temas espinosos en tono menor y comedido, sino todo lo contrario: llamando a las cosas por su nombre. Por eso, para alguien la verdad que contaba Hermann Tertsch era intolerable y había que acallarle. Por eso, algún maldito bastardo le ha roto una costilla y agujereado un pulmón.

Repetimos nuestros deseos de que Hermann Tertsch se recupere pronto de la paliza y siga al pie del cañón. Y desear también –o mejor aún: exigir– que sobre ese maldito bastardo caiga todo el peso de la ley.

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