Red de mentiras

Con cariño, para mi amiga Isabel

Ver la televisión no siempre es un ejercicio edificante. Vean ustedes, queridos lectores, la cantidad de malas noticias con que nos bombardean: secuestros, asesinatos, robos, corrupción. Veamos lo que nos dice Ray Bradbury al respecto (Mr. Bradbury resultó profeta en este aspecto):

Si no quieres que un hombre se sienta políticamente desgraciado, no le enseñes dos aspectos de una misma cuestión para preocuparle; enséñale sólo uno, o, mejor aún, no le des ninguno. Haz que olvide que existe una cosa llamada guerra. Si el Gobierno es poco eficiente, excesivamente intelectual o aficionado a aumentar los impuestos, mejor es que sea todo eso que no que la gente se preocupe por ello.

Tranquilidad, Montag. Dale a la gente concursos que puedan ganar recordando la letra de las canciones más populares, o los nombres de las capitales de Estado, o cuánto maíz produjo lowa el año pasado. Atibórralos de datos no combustibles, lánzales encima tantos «hechos» que se sientan abrumados, pero totalmente al día en cuanto a información. Entonces, tendrán la sensación de que piensan, tendrán la impresión de que se mueven sin moverse. Y serán felices, porque los hechos de esta naturaleza no cambian. No les des ninguna materia delicada como Filosofía o Sociología para que empiecen a atar cabos […].

Ray Bradbury, Crónicas marcianas (¡1953!)

Que me aspen si no es eso lo que hacen la mayoría de los informativos (no los conozco a todos). Formulada esta diatriba en contra de los desinformativos (que no nos hablan de lo que nos importa y nos hablan de lo que no nos importa), anotemos que de vez en cuando hay alguna noticia curiosa. Tal es el caso de una empresa digital cuyo objeto social consiste en «contrarrestar con noticias positivas» las posibles difamaciones, rumores o injurias y calumnias, ciertas o no, que circulen en la Red contra aquellas personas que soliciten sus servicios.

Cierto es que su elevado precio (4.000 leuros del ala por hacerse con esos servicios) limitan drásticamente la posible clientela a altos ejecutivos, profesionales liberales de altos vuelos y políticos de todos los tamaños y pelajes, que suelen ser víctimas habituales de este tipo de comportamientos. La pregunta que me surge es: ¿tendrá alguna importancia que el «rumor» sea cierto? Es decir: pongamos el caso de una persona a quien su pareja le ha dado la patada y le ha cambiado por otro (o por otra, que hoy en día también podría darse). El despechado podría colgar fotos de su ex (o montajes de ella) y decir a todo el mundo: «Mirad, ésta es la guarra de mi ex». En este caso queda bastante claro el comportamiento y todos podemos ver que es, cuando menos, moralmente reprobable (además de delictivo).

Pero demos una vuelta más de tuerca. ¿Aceptará esta empresa el dinero de un señor que, habiendo sido descubierto como lo que no es, se ve todos los días en la Red acusado («calumniado», desde su punto de vista) y expuestas sus trapacerías a la pública contemplación? Me imagino que dicha empresa, antes de emprender las correspondientes acciones defensivas, realizará una investigación exhaustiva para no encontrarse con que está defendiendo a un bergante. Podría ser el caso de este señor. Cabrá preguntarse si la empresa citada accedería a defenderle poniendo suficiente dinero en la mesa, con independencia de que las imputaciones fuesen verdaderas o falsas (dadas las agarraderas que tiene este señor).

Los abogados de oficio no siempre tienen la escapatoria de defender a alguien de quien saben que es culpable. La ley les obliga y eso suele provocarles un conflicto moral, a veces importante. Pero la empresa privada ya es otra cosa. La única barrera en estos casos es el estándar ético de esa empresa. Veremos cómo se desarrolla el asunto.