El balance (IV)

Vamos a lo que vamos, y sigue siguiendo la relación. Hoy la china le ha tocado a la (in)Sanidad española, otro de los pilares de cualquier país. No debería haber mucho que decir, puesto que la mayor parte de las competencias están transferidas a las taifas Comunidades Autónomas y cada Consejero, Conseller o Conselleiro hace de su capa un sayo, sin encomendarse a nadie y menos que a nadie a sus colegas.

Que ya se dijo lo de que si la Sanidad se dividía por diecisiete, los muertos valdrían distinto según dónde palmaran. Y en ello estamos; no es lo mismo palmar en Madrid que hacerlo en Canarias. Pero al menos en una cosa se siguen pareciendo todas: en las listas de espera. Vayan ustedes donde vayan, la Sanidad pública es lo que tiene: no importa lo que ustedes tengan, pues al fin y al cabo les tocará esperar. Y uno se pregunta: ¿esperar a qué? Pues… a que haya plaza en el hospital correspondiente, suponemos. En este sentido, alguna iniciativa individual como la del (todavía) doctor Montes ha incidido en ello, liberando camas vía sedación no demasiado regular. Pero no pasa nada: no le condenan en sede judicial y el Colegio de Médicos de la Villa y Corte, al parecer, tampoco ha tenido mucho interés en retirarle la licencia, pese a considerar que hubo mala praxis.

Pero es que el problema es otro, señoras y señores: ¿cómo tienen ustedes la desvergüenza de enfermar? En esta piel de toro que camina hacia el socialismo (eso sí, cada una por su carril y respetando los hechos diferenciales correspondientes) no tienen ustedes derecho a enfermar. Por eso el Estado es el que se preocupa de que ustedes no fumen o beban (pero no prohíbe el tabaco o el alcohol, que presumiblemente son una buena fuente de ingresos para las hoy maltrechas arcas públicas). Así, pues, si usted infringe la obligación de estar sano, la Sanidad pública le castigará con meses y meses de espera, de forma que lo que a lo mejor eran unos pequeños pólipos en el útero, señora, se habrán convertido en una especie de alien cuando el matasanos decida abrirla en canal para determinar si sus dolores eran o no eran para tanto.

Y no solamente eso. Desconozco cuál sea la razón, pero hoy en día es fácil que a usted, que tiene un ataque de tos cualquiera (esperemos que no producido por la fantasmagórica y muy rentable gripe A), un facultativo no español le atienda y no le entienda, de forma que en vez de recetarle un jarabito o unas pastillitas (aunque tenga que ir a buscarlas a la farmacia del Patxi), le recetará un emético o peor, un laxante. Desde luego que usted no volverá a toser en mucho tiempo… Con un agravante: que el mismo médico que le receta pastillas para que usted no le dé el coñazo, le extenderá la alfombra roja si va usted como cliente de pago (poderoso caballero…). Además, como nuestra Sanidad tiene vocación universal, lo que vale para los pacientes (pastillas pa tós) vale para los facultativos (hala, tós a recetar y al carajo si la receta está en swahili).

Los distintos titulares que se han sucedido en esa área ministerial tampoco han sido para echar cohetes. Tal vez la única que haya tenido un paso más o menos notable haya sido Ana Pastor, tras el zafarrancho provocado por Celia Juanita Banana Villalobos a cuenta de lo de las vacas locas (ya sé que eso queda un poco lejano, pero no está de más recordarlo). Peligrosa ella y más aún su señor marido, Pedrito Arriola (¡hostiaspedrín!).

Sus sucesores del puño y de la rosa no se han quedado atrás. Contamos tres, de los cuales sólo Bernat Soria tiene estudios de medicina. Esto es ciertamente una mengua, porque en Cataluña siempre ha habido un médico al frente de la Administración sanitaria (lo cual no siempre garantiza que las cosas vayan mejor; pero al menos el político no es rehén de los estratos superiores de su organigrama y sabe que lo que vale para una vaca no vale para un ser humano). El problema resultó ser en su momento que Soria es más investigador que político, y una vez que le pillaron hinchando el currículum, decidió hacer mutis por el foro, a ver si podía engrandecer su currículum de verdad. Para la historia progrecañí quedará también su campaña rapera contra el embarazo no deseado (¿desde cuándo el sexo es un rollo?).

De la Märschallin Salgado hablaremos en su momento, como vice que es de Hacienda. Siendo ingeniera industrial y economista –por lo tanto lo suyo era Fomento o Hacienda, mayormente–, le han encomendado otros ministerios bastante alejados de esa formación. De su paso por el sufrido Ministerio de Sanidad recordaremos sus ganas de prohibir la fumata blanca –que no el tabaco– separando lo que el hierbajo-picadura había unido, por obra y gracia de la llamada ley antitabaco. Con esa ley se operó la discriminación por pulmones: los del pulmón negro a un lado y los del pulmón rosado al otro. Y entre santa y santo, pared –o mampara– de cal y canto, y sacabao. También su polémica con las instancias eclesiásticas a cuenta del uso del condón, puesto que desde el Ministerio se ha dado siempre por perdida la «batalla de la castidad» (es más cómodo dar un condón que formar en el uso adecuado del cuerpo). La idea del Ministerio, al parecer, es la siguiente: ¿Que tienes ganas? Folla. Con condón, eso sí, pero sin problemas. La continencia no es un valor; la satisfacción inmediata de los instintos sí lo es. ¿Que te quedas preñada? No pasa nada; incluso si tienes entre 16 y 18 años, que es cuando ya empieza a hervir la sangre, puedes abortar interrumpir voluntariamente el embarazo y te quitas de encima el problema.

De la actual ministra, la Trini, lo mejor que se puede decir es que para ZP lo mismo vale pa un fregao que pa un barrío. Y que es la actual cara bonita del Ejecutivo. Del ámbito de la cooperación internacional (socialista) salta sin despeinarse a Sanidad y Políticas Sociales (parcelita arrancada a Trabajo; lo de Consumo parece que ya no vende). De momento, su hecho más resonante ha sido la gestión de la gripe A en los cuarteles, en la cual quedó palmariamente demostrada su falta de sintonía con la menestra Chacón –cuando menos, descoordinación–. Por lo demás, aumenta su valor cuanta mayor es su discreción y deja que sea el jefe quien nos dé la vara. Por eso no se la oye decir ni mú. Pero en todo caso, se entienden también los tics progres de Gallardoncito (¡pasa contigo, primoooooooo!).