«Dejad que los niños se acerquen a mí»


Con la mayor repugnancia doy mi opinión sobre un tema que no hubiese querido tener que tocar. Sin embargo, la realidad es la que es, y sabiendo como ustedes saben que me he definido siempre como católico, es lógico que no escurra el bulto.

Lo primero de todo, vaya toda mi repugnancia hacia esos hechos, que ofenden todas las leyes divinas y humanas. Me resultan incomprensibles teniendo en cuenta que quien los ha perpetrado ha hecho tres votos (juramentos): de pobreza, de obediencia y, sobre todo, de castidad, entendida como prohibición de acceso carnal a personas de ambos sexos.

Pero hay otra cosa que me extraña (me indigna, en realidad) más aún. Y es que existan obispos y cardenales que tapen, compren silencios y permitan que estos hechos se produzcan en seminarios y colegios. No me entra en la cabeza cómo ha habido y hay obispos (no todos son iguales, por supuesto) que han incurrido en lo que penalmente se puede llamar «encubrimiento de delito».

Desde luego, la solución inmediata es la de expulsar al sacerdote infractor y a la autoridad eclesiástica encubridora y entregarlos al brazo secular, para que sea la justicia ordinaria quien se pronuncie e imponga la pena que legalmente corresponda. Semejantes personas no deben manchar ni un minuto más el nombre de todos los mártires que han dado su vida por su fe, ni el de otros hermanos que llevan a cabo en territorios lejanos un muy meritorio trabajo en condiciones durísimas. En eso la Iglesia no debería tener contemplación alguna.

En segundo lugar, una solución a largo plazo. Vean ustedes lo que dice el canon 241.1 del Código de Derecho Canónico:

Canon 241.

1. El Obispo diocesano sólo debe admitir en el seminario mayor a aquellos que, atendiendo a sus dotes humanas y morales, espirituales e intelectuales, a su salud física y a su equilibrio psíquico, y a su recta intención, sean considerados capaces de dedicarse a los sagrados ministerios de manera perpetua.

Cuesta de creer que siendo tan explícito el canon, no se vigilaran estos detalles en los lugares donde han ocurrido estos hechos. Tengamos en cuenta que un mal sacerdote es un arma cargada no solamente contra la Iglesia, de quien es imagen ante la sociedad, sino también contra la sociedad misma, por el daño que hacen a esos jóvenes.

Véanlo ustedes con este ejemplo. Si uno de ustedes decide un día que quiere aprender a disparar un arma, no podrá simplemente a la tienda y comprarla. Tendrán ustedes que superar un examen psicológico, que diga que ustedes están lo suficientemente bien de la azotea como para poseer un arma y que no se les ocurra un mal día subirse a la terraza de un local y empezar a disparar contra los transeúntes.

Lo mismo ocurre si ustedes quieren formar parte de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Además de la preparación física y el estudio de un temario respetable, serán ustedes vigilados continuamente al efecto de mantener en buen estado su equilibrio psicológico. No pasará las pruebas o no continuará en el cuerpo aquella persona que sea detectada como psicológicamente inestable (por ejemplo, que pudiera responder con un disparo a una mentada de madre).

Se explica así en el vigente Plan de Carrera Sacerdotal de la Archidiócesis de Madrid (NN. 159-161, pp. 39-40), por si ustedes quieren echar un vistazo y comprobar, de paso, que no en todas las diócesis se actúa igual.

De otro lado, también hay que considerar otro detalle. Es curioso que cuando los USA declararon la guerra a Irak, todas las confesiones radicadas en ese país aprobaron dicha declaración. Bien, todas no. La Iglesia Católica se opuso (algo que, también curiosamente, los progres han borrado de su mente). ¿Recuerdan ustedes el escándalo de la diócesis de Boston? Parece ser que no media mucha distancia temporal entre el escándalo y la negativa de la Iglesia católica a bendecir dicha invasión. Hay quien sostiene que existe una relación; pero nosotros nos abstendremos de opinar sobre ello. Lo peor, en todo caso, es que existiesen esos trapos sucios que sacaron.

Por lo tanto, júzguese a estas personas conforme a las leyes humanas y retíreseles todo beneficio o ministerio sacerdotal, y por supuesto, todo contacto con muchachos jóvenes. Ya bastante mal quieren algunos a la Iglesia Católica, como para justificar encima su inquina.

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7 comentarios en “«Dejad que los niños se acerquen a mí»

  1. Ayer hablaron sobre este tema en el Gato al Agua, y Mario Conde hizo una exposición magistral sobre este tema, que en mi humilde opinión ha sido la mejor que he escuchado.
    Saludos

    • La tengo grabada, amigo Julio, pero no la he podido ver aún. Supongo que será brillante, puesto que en ese sentido Don Mario no defrauda 🙂
      Saludos.

  2. Una entrada muy valiente, Aguador.

    Lo lógico es que los católicos sean los primeros a quienes les preocupen estos sucesos. Imponer el silencio, tapar las vergüenzas, etc., son salidas fáciles, cobardes e indignas. Se corre el riesgo de que quienes tú y yo sabemos, os metan (ya sabes que yo soy un descreído) a todos los católicos injustamente en el mismo saco.

  3. Ya lo han hecho, amigo Daniel. Naturalmente, han usado a una plumilla de segunda o tercera fila, como es Maruja Torres, que ha soltado la chorrada ésa de “le tengo muchas ganas al Papa”. Sólo alguien que confunde coeficiente intelectual y mala leche podría decir algo así. Se conoce que los primeros espadas de “El País” no se han atrevido con semejante tema.

    • Maruja Torres… Esa que se levantaba cada día “con ganas de fusliar a unos cuantos” y que llama “hijos de puta” a los que no votan a quienes ella cree que se ha de votar, que llama a los israelíes “los nazis de hoy”… En fin, con esas credenciales está claro la opinión de esa señora tan tolerante y demócrata no me vale ni para la papelera.

      • La afusiladora era Almudena Grandes, que se levantaba todas las mañanas con ganas de “fusilar a dos o tres voces de la derecha” (viva la libertad de expresión, el respeto y el talante). Pero vaya: allá que se van la una con la otra, que dijo esto

  4. Pingback: Delenda est Ecclesia! « El cántaro del Aguador

Gotas que me vais dejando...

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