Crisis

Dicen que España está pasando la peor crisis de los últimos 30 años. Por lo general, si ustedes hacen un recorrido por la prensa se encontrarán con los lugares comunes habituales: la burbuja inmobiliaria, Madoff, la codicia bancaria (de la cual últimamente tenemos una buena muestra con Botín apoyando a ZP sólo porque le conviene a él y no a los 5 millones de parados)…

Sin embargo, yo creo que las causas y orígenes están en un período bastante anterior. Quiero decir que esta crisis no se gestó de hace cuatro días, como podría decirse. La crisis empezó apenas terminado el franquismo, cuando se dijo que «todo lo que representaba el franquismo debía ser eliminado», al modo fernandino. La obra de Franco, estuviese bien o mal hecha, debía ser desmantelada para dar paso a los nuevos modos. Que los «nuevos modos» han sido un fracaso no necesita de mayor encarecimiento.

Pero sobre todo, donde se incidió especialmente es en lo que esta progresía de medio pelo, que hoy milita en los dos grandes partidos, dio en llamar nacionalcatolicismo. O por mejor decir: un cierto sentido de la moral pública, derivado de una fuerte conciencia como nación. Los «nuevos modos» educativos insistieron en romper esta especial vinculación de la persona con la nación (entre otras razones porque eso era fundamental para que algunos pudieran montar su chiringuito). A la par, inauguraban una ciudadanía sin límites morales, que aquí se entendía como católico y, como tal, «rancio», «pasado de moda», «cavernario», etc. Se estaba educando a una nueva ciudadanía para que pudiera ser «gobernada a través de sus vicios», en expresión de José María Carrascal.

Con estos mimbres, la crisis política no tardaría en llegar. Personas curtidas en los escalafones de los partidos (en rigor del PSOE porque, como muy gráficamente decía Alfonso Guerra, «no tenemos oposición») eran las que llegaban a algún puesto de responsabilidad pública y daban un pelotazo porque las habían educado sin escrúpulos de ningún tipo. No en vano quienes tengan una edad recordarán al exministro Solchaga decir que «España es el país donde uno se hace rico más rápidamente». O esta otra lindeza de un cierto ministro de Industria, un tal Luis Carlos Croissier: «la mejor política industrial es la que no existe».

Llena, por tanto, la política de aquellos años de trepas, mediocres, lameculos y otras hierbas, la crisis económica estuvo a la vuelta de la esquina. Fue anunciada por el resacón olímpico y el aviso más claro fue la introducción en 1993 (¡y de la mano de Pujol, nada menos!) de los contratos-basura, contra los que nadie protestó (sabido es que las manifas son organizadas por la izquierda, no contra ella). Despojada así la ciudadanía de su dignidad colectiva y adscrita ésta a la variante churra o merina de nuestra antaño rica cabaña ovina, sólo algunos periodistas levantaban la voz contra ese campo de Agramante en que se habían convertido España y la política.

Los gobiernos de Aznar trataron de invertir el signo de la marcha. En algunos casos no se hizo porque no se pudo o no hubo tiempo material. En otros, según la expresión consagrada, no hubo voluntad política de realizar el cambio necesario: por ejemplo, el de la ley del aborto socialista (si bien déjenme decir que ésa tal vez no hubiera sido una mala ley si se hubiese cumplido a rajatabla), de la LOREG (popularmente llamada «ley electoral») para reducir el peso de los nacionalismos, enemigos de España ahora sin careta…

Y con ZP… bueno, «ése que se ha ido pero sigue ahí»… hemos vuelto por donde solíamos y con más fuerza. Decidido a destrozar conce(p)tualmente a España y a los españoles para convertirnos en aldeanos estúpidamente orgullosos de nuestro lugarcito, que diría monsieur Brel, ZP ha impulsado un proyecto que ha supuesto aplicar a un trozo de carne una dosis masiva de ácido sulfúrico. Así nos estamos quedando: pobres como ratas, divididos entre pobres y ricos (toma «lucha de clases»… propiciada además desde la izquierda) y un abismo cada vez mayor entre unos y otros. Pero sobre todo, nos estamos quedando moralmente inermes ante lo que se nos viene encima: la invasión silenciosa de los musulmanes. Y ante ésos no cabrán medias tintas, ni dudas, ni nada de nada. ¿Tomas nota, Mariano, o necesitas un croquis más completo?