Democracia real

Se habla mucho de estos días de «democracia real». Tanto, que todo lo demás parece haber desaparecido de la información. Ya no se habla de la cacicada de Bildu ni de la sinvergoncería de los de la sala de Pascual. Ahora el grito parece ser «¡exigimos democracia!». Al margen de lo que ya hemos comentado en el post anterior, quisiera compartir con ustedes un pensamiento que hace días que me ronda.

La democracia no es un sistema político, sino un modo de ejercer el poder. Dicho en términos gramaticales, sería más un adjetivo que un sustantivo. En nuestra Constitución (todavía) vigente así queda establecido, cuando se nos dice que «España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho» (art. 1.1). O cuando se nos dice que «su estructura interna y funcionamiento (el de los partidos políticos) deberán ser democráticos» (art. 6). Por eso, el art. 1.3 de la Constitución nos aclara que la forma del Estado (sistema político) será la monarquía parlamentaria.

Siguiendo el hilo, pues, resulta que el modo democrático de ejercer el poder significa que es el pueblo el que tiene el poder. Pero no el pueblo como masa, como pretendía Hitler (un socialista, dicho sea de paso); ni tampoco el pueblo cuya representatividad ha sido suplantada por el Partido (como en el orbe comunista), sino el pueblo considerado como unión de personas individuales, que sin perder su individualidad, forman algo más grande que cada uno de ellos.

Descendiendo un poco más, diríamos que existe un Parlamento (Cortes, en España), que reúne a los representantes del pueblo, distribuidos en los diferentes partidos en tanto en cuanto representan el «pluralismo político» (existen varias «marcas» en el mercado político) y dada la imposibilidad de ejercer democráticamente el poder de forma directa.

Hasta aquí la teoría, que realmente suena muy bien. Los hechos, en cambio, nos demuestran que del dicho al hecho hay diez mil leguas de mal camino. Echen ustedes una mirada a cualquier área; si miran atentamente, verán que la forma democrática de ejercer el poder o dominio suele brillar por su ausencia. Es una cascada. La ausencia de la democracia es patente tanto en la estructura interna como en el funcionamiento de los partidos, para empezar (hemos hablado de ello en este blog aquí y aquí).

Pero no se detiene solamente en los partidos. Si admitimos la existencia de un cierto feedback o juego de espejos en que uno refleja lo que es el otro y a la inversa, admitiendo de paso que el sistema de partidos refleja las reglas de juego en la sociedad, encontraremos en ésta muy poca democracia en el ejercicio del poder por parte de aquellos que lo detentan. Se aplica sin discusión el famosísimo Decálogo del Jefe y quiten ustedes todas esas paparruchas de los «nuevos estilos de dirección».

Así, pues, si nosotros, en nuestro quehacer diario, no encontramos la «democracia», ni tampoco luchamos por ella, ¿podemos moralmente exigir a nuestros políticos que ejerzan «democráticamente» su poder? No, por cierto. Lo que los políticos hacen es buscar un ámbito de competencia cerrado donde nadie pueda interferir y donde ellos puedan expresar su omnímoda voluntad sin necesidad de interaccionar con nadie, pues toda interacción supondría un recorte de dicha voluntad.

Y aquí les expongo mi idea final: el carácter democrático o no de un sistema político no depende de que existan formalmente elecciones o no. Hitler fue elegido democráticamente; y en algunos países comunistas o tendencialmente comunistas, también hay elecciones y referéndums. El carácter democrático de un sistema político no depende de depositar una papeleta en una urna cada cierto tiempo. El carácter democrático de un sistema depende de dos puntos, a mi entender:

  1. De la posibilidad de entender de diversas maneras los asuntos públicos.
  2. De la capacidad del sistema de integrar armoniosamente las diferencias en orden al bienestar común.

Dicho de otro modo: ustedes no solamente tienen el derecho de votar (elegir) a un partido u otro porque representa sus ideas, sino que incluso después de votar, ustedes tienen el derecho que asiste a todo ciudadano de dirigirse a su gobernante (que lo es de todos y por tanto, es indiferente que le hayan votado ustedes o no) y de ser escuchados y tenidos en cuenta por él. Y de exigirle responsabilidad en caso de que no busque el bien común e incumpla las leyes. No queremos políticos como éstos. No queremos endogamia política. No queremos sistemas políticos cerrados, donde los ciudadanos únicamente tienen el derecho de voto y ni uno más.

Y un aviso: sepan ustedes (me incluyo en el paquete) que por mucho que nos avergüence a todos, si los políticos que están en el candelero son trepas, mediocres y lameculos (una, dos o las tres a la vez) es porque ése es el tipo predominante y admirado en la sociedad. Tal vez deberíamos empezar por no tolerar a ese tipo de personas, para que los partidos empezaran a ver que no les conviene y modificar sus criterios de selección.