Reforma …stitucional

Vean ustedes cómo este Gobierno en funcionísimas sigue tratando de diluir el cabreo por la situación económica que ellos mismos van a legar a Rajoy: primero, los indignaos de Sol, niños mimados de Rubalcaba y su arma secreta para hacer la vida a cuadritos a Rajoy. Seguramente, más allá del 20-N tendremos ocasión de hablar de ellos si el gobierno que salga de las elecciones es llamado «fascista» por reprimir las manifestaciones de vandalismo, marca de la casa entre los indignaos.

Luego fue la visita del Papa, sazonada con mentiras mil (nunca desmentidas por los mentirosos, por cierto, sino diluidas en un puerco y vergonzante silencio). Menos mal que el Papa sabe latín (y unos cuantos idiomas además del suyo) y no entró al trapo (lo siento por los antitaurinos, que habrán respingado al leer este modismo tan nuestro) ni quiso hacerse la foto con nuestro Mr. Bean (lo único que le importa a ZP, como ya ustedes saben). Claro que él se vengó: mandó a Bono, ese católico de conveniencias, a despedirle, aprovechando el protocolo o pasándoselo por el arco de triunfo, vayan ustedes a saber.

Y ahora estamos en lo que estamos. Que parece ser que en Bruselas (en rigor, Berlín y algo menos París), están hasta las narices de que aquí se siga tirando el dinero y han mandado una carta a ZP exigiéndole que «limite constitucionalmente el gasto». ¿Qué ha hecho ZP? De entrada, negar la mayor: él no ha recibido ninguna carta de Bruselas, eso son «mentiras de la derecha». No obstante, en el PP estarán informados y se la habrán restregado, así que ahora no tiene más narices que «reformar la Constitución». Y hacerlo con el jefe de la oposición (¡horror!), que es el único que le garantiza por sí solo los 3/5 necesarios en el Congreso.

Hay varias cuestiones que se suscitan al socaire de esta exigencia bruselense:

a) ¿Dónde hay que incluir esta cláusula de límite o techo constitucional de gasto?

b) ¿Hay que reformar algo para que quepa esa cláusula en nuestro texto constitucional?

c) ¿Sería necesario reformar algo más en nuestra llamada Carta Magna?

La respuesta a la primera pregunta parece clara: en el Título VII de la Constitución («Economía y Hacienda»). Aunque en realidad no importa dónde la pongan, si van a hacer como con el resto de la Constitución, a saber: pasársela por el forro del arco de triunfo cuando les convenga. De hecho, lo que ofende a la inteligencia es la necesidad de establecer un límite al gasto por Constitución. Eso significa que hasta ese momento, no se ha exigido a los gestores de nuestra economía la diligencia de un bonus pater familias, expresión que traduzco: que no hayan cuidado de los dineros de todos como si fueran los propios. Claro que con los precedentes de Carmencita Calvo («Er dinero público no é de nadien») no se podía esperar otra cosa.

La respuesta a la segunda pregunta es más difícil y comprenderán ustedes que se la deje a los expertos hacendistas. No obstante, déjenme que les diga que si nuestra casta política se hubiera conducido con la prudencia de un ama de casa promedio, que sabe que sus recursos son escasos y que, como decimos en Cataluña, no es pot estirar el braç més que la mànega, tal vez otro gallo nos cantara hoy en día.

Y la respuesta a la tercera pregunta es un clamoroso ¡sí! De hecho, de existir una reforma constitucional digna de tal nombre, habría que reformar el Título VIII de arriba abajo. Hay quienes piden incluso una nueva Constitución, o sea, la apertura de un proceso constituyente como el que se abrió en 1977. No sé si llega a tal punto nuestra coyuntura, pero sí estarán de acuerdo conmigo en que al menos una cosa sí que debe de ser reformada: el funcionamiento interno de los partidos. Ya que son los únicos que de verdad parecen tener «derechos políticos» (como dicen pomposamente las leyes), sería conveniente una higiene profunda, para evitar que entraran en ellos la cantidad de trepas, mediocres y lameculos que han entrado en estos últimos años. Y sería bueno para la nación que:

a) Los dirigentes de los partidos recordaran que esto todavía es España y que existe un interés general español, por más que haya quienes se sientan moralmente excluidos; y

b) que los políticos electos recordaran que no se deben a quienes les han puesto en los «puestos de salir», sino a aquellos a quienes por ley representan, a saber, los ciudadanos residentes en su circunscripción electoral.

No sé si un sistema de listas abiertas sería la panacea para la crisis política e institucional (y no sólo eso) que padece la nación. En los despachos de los jefes de los partidos a todos los niveles debería existir un cartel que dijese algo como esto: «Prohibidas las recomendaciones. Sólo perjudican al recomendado». Quizá sería un principio para evitar que determinados sujetos, individuos, especímenes, entren en política para enriquecerse a costa del eurario público.

Sin embargo, yo sólo soy un servidor de ustedes. Y aunque no son pocos los que piensan como un servidor, no nos van a hacer ni caso. La «tiranía del consenso» exige que éste ignore cualquier otra propuesta que no provenga de la endogamia política. Pero también les digo algo: la tensión crecerá en los aledaños de la burbuja política, y sería mejor que se desinflara en vez de explotar. Y vamos camino de esto último.

PD.- En este vídeo podrán encontrar a ZP… Les dejo que adivinen.

Descensus ad inferos

Podría haberlo titulado Reise nach Nibelheim, para que los lacios (que no «laicos», porque laicos en realidad somos todos los que no somos sacerdotes ni hemos profesado en religión) y otras especies anticatólicas no se cabrearan, pero hoy hace un calor brutal y no me apetece andarme con muchos rodeos.

Viene a cuento la entrada de hoy de la idea de algunos de que «la Iglesia no puede ocupar la calle». Salen los consabidos propagandistas de ya saben ustedes dónde diciendo que como «la calle es de todos, nadie puede quedársela». Argumento que ya oímos cuando el PP-auténtico se manifestaba sin complejos por la calle y era seguido por muchas personas portando banderas españolas constitucionales (remarco esto último por si a algún perroflauta se le ocurre llamarme franquista) y terminando siempre con el himno nacional oficial (ídem). Vean ustedes que confundir el uso con la apropiación es un argumento muy propio de los perroflautas (de paso, sin que a ellos les parezca mal apropiarse de la Historia común para reescribirla a modo).

Retomo el tema. Según estos perroflautas, decíamos, «la Iglesia no puede ocupar la calle». Pero lo que están diciendo es «Hay que restar visibilidad a la Iglesia». Y en la línea, argumentan que «la fe es un asunto privado y hay que dejarlo en casa», para justificar en un momento posterior el cierre o «demolición» (los más radicales) de los templos católicos. Poco importa que se trate de Patrimonio Histórico Español y, que dentro de ese conjunto, algunos templos (Sagrada Familia) sean Patrimonio de la Humanidad. Dignos herederos del camarada Mik Bronstein:

«Un comisario ruso, Mik Bronstein, quería volar el templo del Tibidabo y la Sagrada Familia, de Gaudí. A su entender eran el símbolo del alma de los catalanes, contra el cual había que luchar».

(José Mª Gironella, Los hombres lloran solos)

En ese sentido han ido leyes como la de Centros de Culto de la Generalitat (patrocinada por el masón Dalai Carod) y quieren ir otros proyectos de ley como el de la nueva «Ley Orgánica de Libertad Religiosa» (patrocinada por el también masón Caamaño), la cual, según el consagrado eufemismo socialista, protege la libertad religiosa cercenándola. Esperemos que se obre el milagro y ese proyecto de ley no se apruebe. En caso contrario, pasaríamos a una segunda fase.

Fase en la que, además de desaparecer la religión católica de un espacio que pertenece a todos (a ésta también), posiblemente se pondrían trabas a quienes no se avergonzaran de ser católicos a pesar de las limitaciones. Trabas, limitaciones, dificultades… como ya ocurre en los países árabes, en donde además, según en qué partes (partibus infidelium, desde luego), a uno le matan por no profesar la religión oficial (o por irse de ella).

Deslizándonos por esa pendiente volveremos a las dantescas imágenes de la última persecución religiosa ocurrida durante la guerra incivil, que «entregó a la muerte el hermano al hermano, y el padre al hijo: y se levantaron los hijos contra los padres, y los mataron» (parafraseando a Mc 13,12). Que ya se ven en países como Egipto o Pakistán, o incluso la India.

Todo esto se está fraguando muy lentamente. De los porqués ya hemos hablado en una entrada anterior. Si no hacemos nada, llegará el tiempo. Y entonces, como dice Albus Dumbledore, pronto tendremos que escoger entre lo fácil y lo correcto. Y quedarán los que verdaderamente sienten su fe. Los otros, los que rechazan la exigencia moral que conlleva ser católico y prefieren el hedonismo, o que antes eran católicos porque eso ayudaba a progresar, habrán desaparecido.

Aquí me tienen: yo también soy católico


 (original aquí)

En enero de 2009, tras varias agresiones antisemitas en Barcelona, publiqué aquí una entrada titulada “Que vengan a por mí: yo también soy judío”. Entonces dije que soy cristiano católico, pero si lo que buscan los antisemitas es un judío al que atacar, entonces yo me siento como un judío más. Ahora quienes han sido víctimas del odio y del fanatismo son los jóvenes católicos que han ido a Madrid a la Jornada Mundial de la Juventud. El lugar de los antisemitas lo ocupan ahora los cristianófobos que disfrazan sus prejuicios con falsas apelaciones a la laicidad. Si hace dos años el motivo para ser agredido era lucir una kipá o una Estrella de David, ahora lo es portar un crucifijo o una camiseta de la JMJ.

Existe, eso sí, una coincidencia entre las citadas agresiones a los judíos y la violencia desatada contra los católicos por una minoría radical estos días en Madrid. Entonces un dirigente socialista negó los ataques, y otro dirigente socialista llegó a abroncar al Embajador de Israel por denunciar la violencia antisemita. Parece que cierta izquierda siente una especial cercanía hacia quienes agreden a los que mantenemos vivas las raíces judeo-cristianas de la cultura occidental, porque ahora otros dirigentes socialistas han llegado a la infamia de acusar a los católicos agredidos de provocar a sus agresores (usando así el viejo y detestable argumento de la mujer violada que provoca al violador). Frente a esa perversa tendencia del partido en el poder a dar cancha a los mensajeros del odio, la actitud de los jóvenes cristianos ha sido admirable. A las infamias y agresiones han respondido con entereza y templanza, sin dejarse envenenar por el odio y la ira de los cristianófobos.

Frente a esos fanáticos violentos e igual que hace dos años me pronuncié en defensa de nuestros hermanos judíos, hoy sólo tengo que manifestarme como lo que realmente soy. Frente a los que van buscando gente con crucifijos a la que agredir sólo me cabe decir que aquí estoy: yo también soy católico. Yo lo soy, pero no hace falta serlo para expresar un sentimiento de solidaridad con los jóvenes peregrinos -algunos de ellos menores de edad- que han sido acosados y atacados por los intolerantes. Ante esa persecución, que no esperen de mí la otra mejilla: a los violentos hay que plantarles cara y hacerles frente entre todos, amparando a sus víctimas. No podemos permitir que una minoría de extremistas se haga dueña de la calle ni que secuestre nuestras libertades a su antojo.

Comentario nuestro. Como dijo Quevedo hace ya muchos años, donde no hay justicia es peligroso tener razón. Por lo que a nosotros respecta y mientras no se demuestre lo contrario, estos energúmenos que atacaron a los peregrinos no están preparados para vivir en democracia. Pero no sólo ellos tienen la culpa. La tienen sus padres, que no han vigilado (y en más de un caso, alentado). La tienen esos partidos de izquierda que, para dominar el futuro, corrompen moralmente a la juventud y la echan literalmente en brazos del caos. Lo que nos va a costar enderezar el rumbo, pues la perversión de una nación comienza por la perversión moral de la juventud…

Exclusiones morales

A veces el fanatismo aldeano de algunos de mis paisanos proporciona situaciones ridículas. Quiero mencionarles, a cuento de ello, el caso de cierto alcalde de un pueblo de Cataluña, que se ha declarado «moralmente excluido» de la Constitución.

Para entender el suceso hay que explicar que este senyor es independentista, como lo son ahora los de CiU, que ya se han quitado la careta de la independencia a plazos y han apretado el acelerador. Dice o da a entender que no quiere saber nada de España. No le importa un comino que los refotèndums independentistas, además de haber sido hasta ahora un fiasco en participación y resultados, ni siquiera se han celebrado con las mínimas garantías legales exigbles.

Sin embargo, yo no me preocuparía mucho por este «indepen». No hay más que preguntarle –a él y a otros indocumentados como él– si, además de ser «moralmente excluidos de la Constitución», quieren ser «presupuestariamente excluidos», dado que el dinero que reciben para gestionar sus asuntos proviene «de una nación en la que no creen». Que si quieren «independencia», que Madrid cerrará el grifo. Luego, claro, vendrán los moderados como Duran y Lleida, y dirán: «Cómo os ponéis por tan poca cosa, por una tontería de nada». Pero como en Madrid, al parecer, no hay nadie capaz de dar un puñetazo en la mesa, los que no comulgamos con la liturgia nacionalista ni queremos «hacernos los simpáticos» con el nacionalismo nos quedamos en una posición harto incómoda, tanto más cuando no nos defiende nadie. Y créanme ustedes que, a pesar de que la expectativa política de Rajoy es la de poder gobernar sin ellos, nosotros seguiremos igual. Es una apuesta. El tiempo dirá si tenemos razón.

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Delenda est Ecclesia!

Éste parece ser le dernier cri en materia de creencias religiosas en Europa. Por supuesto, los que lo profieren ni tienen la misma estatura moral ni la cultura de Catón el Viejo cuando, allá por el año 150 a.C., en el Senado romano insistía machaconamente en su Delenda est Carthago. Sin embargo no cejan en su matraca, convencidos de que «una mentira, repetida mil veces (y por procedimientos goebbelsianos) puede ser verdad».

Sí hay verdadero odio a la Iglesia Católica. No está muy claro aún por qué, puesto que quienes lo propagan no se molestan en dar explicación alguna y los demás tenemos que esforzarnos en intuir por qué (esa pregunta que a los bomberos de Fahrenheit 451 les asustaba tanto) hacen lo que hacen y dicen lo que dicen. En este post intentaremos reflexionar en voz alta acerca del particular.

El porqué

De entrada, pues, ¿por qué ese odio a la Iglesia Católica? Hay un razón fundamental, a mi entender. La Iglesia Católica es, para empezar, un grano en el culo de todos aquellos que piensan que «no existe la verdad absoluta» y que «los principios no son máximas que puedan usarse en todo tiempo y lugar», ni mucho menos deben condicionar la presunta «libertad» de la persona. Es decir, de los «relativistas» y demás adictos al «depende». La Iglesia Católica proclama la existencia de principios como respeto a la vida, tanto en su inicio como hasta su final. Proclama la protección a la familia como célula fundamental de la sociedad. Proclama la dignidad de la persona por encima de todas las cosas.

Sin embargo, quienes atacan a la Iglesia saben muy bien por qué lo hacen. Sin principios, sin raíces (familia) y sin autoestima (conciencia de ser libre, verdadero y autónomo), una persona no es muy diferente a un simio que acaba de bajar del árbol. Es decir, perfectamente manipulable y esclavizable. Un pelele, vamos. Llama la atención que los anticlericales acusen a la Iglesia de «haber manipulado durante siglos», cuando ellos, en el fondo de su corazón desean hacer eso mismo (pero sin crucifijos, naturalmente), cuando ellos desean esclavizar moralmente al hombre, algo que ya estaba presente en las peores pesadillas de Orwell y Huxley. El lamentable quítate tú pa ponerme yo de toda la vida.

Por ello, la Iglesia se yergue todavía como un muro frente a tales bastardas pretensiones. No es de extrañar que esas pretensiones, además, se tiñan de color rojo. La izquierda se la tiene jurada a la Iglesia Católica prácticamente desde su aparición. Posteriormente, con el protagonismo de la Iglesia en Hungría (en la persona del cardenal Mindszenty, que denunció los abusos del totalitarismo comunista). Y finalmente y de forma no menos importante, en Polonia, a través de Juan Pablo II, cuya enérgica actuación en combinación con Margaret Thatcher, Ronald Reagan, Mijail Gorbachov y Otto de Habsburgo (entre los del más alto nivel), consiguió que cayese el muro berlinés de la vergüenza y el posterior derrumbe del Imperio soviético por colapso. Eso no se lo han perdonado nunca los comunistas a la Iglesia. Por eso cuando le preguntan a un cantamañanas de la izquierda, invariablemente la respuesta es ésta: «Yo no tengo nada que celebrar el 9 de noviembre».

Demostrado el fracaso del comunismo (que, no olvidemos, es una variante o rama del árbol socialista) como sistema político y económico, y huérfanos de patria terrenal (la URSS) e ideológica (Marx-Lenin), la izquierda se echó en brazos de cuanta otra ideología le permitiera disfrazar sus verdaderas intenciones: la paz, el medio ambiente, la mujer, la defensa de los derechos de los homosexuales (que le pregunten a Fidel Castro si cuando era él quien mandaba respetaba mucho esos derechos)… etc. En España, además (desconozco lo que ocurre en otros países), el socialismo desnortado se ha echado en brazos de la masonería, por ser ésta una «creencia» con la que tienen un punto muy especial en común: el odio a la Iglesia Católica.

El cómo

Los ataques a la Iglesia han asumido variadas formas en el tiempo. Sin voluntad de ordenación cronológica, veamos unos cuantos:

a) Se ha intentado el ataque a través del borrado. Es decir: la negación de la influencia eclesial en cantidad y calidad en el proceso de formación de Europa. Esto ocurrió en la tristemente famosa no-Constitución Europea, para cuya redacción se comisionó al masón de grado 33 Valéry Giscard d’Estaing, viejo conocido de los Gobiernos españoles por el cariño que siempre profesó a los etarras. Conociendo este dato, nada tiene de extraño que ese texto ignorase tal influencia. Mucho más chirría la omisión cuando en un período de la Historia existió un Sacro Imperio Romano Germánico, del que fue máximo representante Carlomagno, ¡un francés! Pero eso no pareció importarle mucho al Hno.: Giscard.

b) Como ese ataque no funcionó (es del género tonto negar esa influencia y el peso de la tradición católica en Europa), intentaron otras vías. Una de las que más juego parece estar dando es la de la pedofilia sacerdotal. Al final, es verdad que hubo sacerdotes afectados y que hasta la llegada de Juan Pablo II no se empezó a afrontar el problema. La Iglesia ha pedido profusas disculpas y ha ido entregado a los responsables a la justicia civil; pero para los laicones-con-grelos no es bastante. Ha afectado el problema a un 1% de sacerdotes; pero de acuerdo con las reglas goebbelsianas, ellos magnifican el asunto de tal manera que parece que toda la Iglesia está podrida, en medio de lo que se podría llamar una Operación Tujachevski 2.0. Sobre este particular hemos hablado aquí y a ello nos remitimos.

c) El estado actual de la cuestión nos remite a una doble campaña: desde arriba y desde abajo.

  1. Desde arriba: el favorecimiento legal (y sobre todo económico) de una religión como el Islam, que considera a Al-Andalus (que no es solamente Andalucía, sino toda España) como «paraíso perdido a reconquistar». Creen quienes así lo hacen que podrán usar a los moros contra los cristianos. Lo cual es un peligrosísimo error, porque los musulmanes tienen sus propios objetivos. De cualquier modo, piensen ustedes en este detalle: en Cataluña, durante la etapa tripartita, el número de musulmanes censados ha aumentado hasta colocarse entre 300.000 y 400.000. Sonaría extraño, si no fuera porque en el Tripartit mangoneaba un hermano: nada menos que José Luis Pérez Díez, aka Carod Rovira. Por supuesto, no sólo él; pero él fue el más importante de todos ellos.
  2. Desde abajo. Personas «del pueblo», debidamente aleccionadas, hacen el trabajo sucio que hacían antes los anticatólicos de posición respetable. Personas (al menos las que yo he podido tratar) que muestran mucho odio y ningún respeto a lo que huela a religión, particularmente a religión católica. Unos pocos años de deseducación laicista han bastado para que aparezca esta especie de criaturas de Saruman, cuya agresividad verbal e incluso física sobrepasa lo tolerable en lo que se pudiera llamar convivencia pacífica en sociedad. El mayor argumento que presentan –en España– es «lo que nos cuesta la Iglesia a los españoles». Argumento fácilmente desmontable, porque la mentira tiene las patas muy cortas. Para ello les remito a ustedes a este artículo, para que como muestra tengan un botón.

Finalmente, y para no hacerles más largo el cuento, les remito a este artículo de Juan Manuel de Prada, que tal vez a algunos les suene muy «esotérico», pero que da cuenta de que «algo se está moviendo en el fondo del mar» y de que si no estamos preparados, el maremoto se nos llevará por delante:

http://es.scribd.com/doc/62241746/Y-AHORA-QUE

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Autonosuyas

Se oyen muchas voces pidiendo (exigiendo) una reforma constitucional o incluso, una nueva Constitución. Porque sepan ustedes que los españoles somos así: cuando algo no nos gusta o «no funciona», optamos por la solución radical: «¡Hay que cambiarlo! ¡Al diablo con todo! ¡Hay que reformar el sistema de arriba abajo!». Poco importa que quien lo dice no sepa en realidad de qué habla cuando menciona «el sistema». O que cuando ustedes le pregunten, no sepa por qué hay que reformarlo «todo». O incluso, si se trata de una «reforma parcial», por qué hay que reformar «eso» y no otra cosa.

No obstante es probable que, si la furia de su interlocutor se dirige contra el llamado Estado de las Autonomías, tenga buena parte de razón. A los españolitos de a pie nos vendieron eso del Estado autonómico como una especie de tertium genus, un estado intermedio entre el unitario (modelo francés) y el federal (modelo alemán). Sin embargo, después de 30 años y viendo cómo se han desarrollado las cosas, resulta que la denominación «Estado autonómico» fue un camelo dirigido al bunker político-militar franquista y a la todavía llamada «derecha cavernaria», para que éstos no pusieran pegas a la descentralización política. Por otro lado, hubo otro engaño, esta vez de los nacionalistas: hicieron creer a Madrid que por el momento quedaban contentos, mientras en su fuero interno consideraron el «Estado autonómico» como un hito más del camino hacia la independencia, a separarse de la odiosa España que les dio de comer desde que nacieron y contra la que hasta ahora han vivido más que bien.

La parte más explosiva de la Constitución, que hoy viene a ser el reflejo de los Pactos de la Transición resumidos en el consexo, es precisamente este Título VIII. Reza pomposamente en su frontispicio «De la organización territorial del Estado», si bien debería rezar «De la invertebración de la Nación española». Ésa fue la parte del consexo en la que se decidió que las élites regionales tuvieran su chiringuito, libres ya de la odiosa tutela estatal. Y así, lo que hubiera debido ser una obra de concordia y solidaridad entre españoles se convirtió en el germen de la división y el odio entre ellos, multiplicando por diecisiete la codicia de los que ya desde antes rapiñaron el Estado y de las nuevas incorporaciones. El resultado salta a la vista hasta para un niño de teta: este Estado de las autonomías está resultando carísimo.

Y aquí llega la última parte. No les sé decir si entre las propuestas de los indignaos está la de «adelgazar el Estado autonómico». Por lo que se va viendo, parece que no: que, a diferencia de los cabreados, los indignaos piden más «caenas» y más «dame pan y llámame súbdito». Los demás, callados y aguantando mecha para que aquí no se arme la de San Quintín. Aunque no dudo que llegará un día en que habrá que defenderse de esta casta política y de todos sus niveles.

Parodias

Confirmado: la campaña electoral será no sólo larga, sino también a cara de doberman y todo lo sucia y repugnante que aguanten los estómagos de los españoles. Y cuando digo «sucia» y «repugnante» sabrán ustedes que me refiero específicamente al PSOE: ese partido que ni es E, ni es O y que no está en otra cosa desde hace años. Lo estuvo en 1996 (perdían el poder), lo estuvo en las de 2007 catalanas (no perdían el poder, pero temían no poder reeditar el monstruo de tres cabezas llamado Tripartit) y en las de 2009 europeas apelaron al mismo resorte (estaba la cosa difícil y perdieron de todos modos). Parece que ahora vuelven por sus fueros (si es que se fueron alguna vez).

¿Razón? Precisamente la falta de razones les conduce directamente a ese discurso visceral y nada racional (todo perdido por ese lado) o emocional (ya no convencen con escenas suaves y hasta sentimentales). Sólo les queda el recurso a la brocha gorda. La «agresividad» siempre les ha reportado pingües beneficios y por ello no salen de esa estrategia zafia. También, porque saben que el nivel medio cultural ha descendido mucho (si lo sabrán ellos, que han provocado dicho descenso desde la LODE de 1985, esa ley nefasta de la cual penden las demás desgracias educativas de este país).

Frente a esta avalancha de mala intención y, sobre todo, de mala leche, ¿qué es lo que piensa hacer el PP? Al parecer, poca cosa. Estarán pensando en Génova que no hay que hacer nada:

  1. porque la situación es la que es (política, económica y social) y que «sólo tienen que abrir la boca para que les caiga la fruta.
  2. porque ya les va bien que «el enemigo esté dividido» (hoy ya no es así, aparentemente) y que los capitostes se apuñalen entre ellos.
  3. porque creen que «si se mueven», creen que van a recibir el doble de lo que ellos den y que la gente «percibirá» que han dejado de estar en el centro, que es lo que al parecer le importa a Arriola
    Rajoy.

Sin embargo, lo extraño es que el PP no tendría por qué esforzarse mucho en sudar la camiseta. Le bastaría con la verdad. Con mostrar los 5 millones de parados, el desbarajuste autonómico (hablaremos de él en otra próxima entrada), la inexistencia de una política económica industrial y energética, que nos ha puesto de rodillas. Son tantas cosas que están reventadas que el PP puede escoger el campo que quiera. Extraño. Tendremos que ponernos en la piel de Mourinho y preguntar(nos): «¿Por qué?».

A todo esto, quisiera traer a colación un hecho reciente. Una de las cadenas amigas del Gobierno ha decidido hacerle la ola levantando una liebre que, además, ha resultado ser falsa. El elemento parodiado fue el spot publicitario de la pesoe para las europeas de 2009, lleno de odio hacia la derechona:

Y aquí la parodia (que, naturalmente, no ha gustado nada a los parodiados porque, al parecer, sólo la pesoe tiene el derecho de señalar a aquellos de los que se burla):

Intereconomía ha hecho (una vez más) el trabajo sucio que no quieren hacer los marianistas. Sin dudarlo. Pero lo más llamativo del asunto resultó ser no tanto el anuncio en sí mismo sino la cobertura que le dieron en Telahinco. Y el más que notable hecho de que allá estuviese la señora Ceaucescu, aka Celia Villalobos, departiendo amigablemente con la Rata Albina (Sopena) y la Albondiguilla (Iglesias) escupiendo sobre la cadena («Me repugna Intereconomía») y sobre el millón largo de telespectadores que no se pierden sus programas de debate, ya sean Dando Caña o El gato, entre otros. Y quiero añadir Alguien tenía que decirlo, conducido por Ramón Pi, que lo escuché de casualidad en un horario inmisericorde cual es el domingo a las 9 de la mañana y me gustó mucho también. En cualquier caso, llegarán ustedes a la misma conclusión que yo: que a los socialistas de todos los partidos no les gusta tomar la misma medicina que aplican a los demás.