Exclusiones morales

A veces el fanatismo aldeano de algunos de mis paisanos proporciona situaciones ridículas. Quiero mencionarles, a cuento de ello, el caso de cierto alcalde de un pueblo de Cataluña, que se ha declarado «moralmente excluido» de la Constitución.

Para entender el suceso hay que explicar que este senyor es independentista, como lo son ahora los de CiU, que ya se han quitado la careta de la independencia a plazos y han apretado el acelerador. Dice o da a entender que no quiere saber nada de España. No le importa un comino que los refotèndums independentistas, además de haber sido hasta ahora un fiasco en participación y resultados, ni siquiera se han celebrado con las mínimas garantías legales exigbles.

Sin embargo, yo no me preocuparía mucho por este «indepen». No hay más que preguntarle –a él y a otros indocumentados como él– si, además de ser «moralmente excluidos de la Constitución», quieren ser «presupuestariamente excluidos», dado que el dinero que reciben para gestionar sus asuntos proviene «de una nación en la que no creen». Que si quieren «independencia», que Madrid cerrará el grifo. Luego, claro, vendrán los moderados como Duran y Lleida, y dirán: «Cómo os ponéis por tan poca cosa, por una tontería de nada». Pero como en Madrid, al parecer, no hay nadie capaz de dar un puñetazo en la mesa, los que no comulgamos con la liturgia nacionalista ni queremos «hacernos los simpáticos» con el nacionalismo nos quedamos en una posición harto incómoda, tanto más cuando no nos defiende nadie. Y créanme ustedes que, a pesar de que la expectativa política de Rajoy es la de poder gobernar sin ellos, nosotros seguiremos igual. Es una apuesta. El tiempo dirá si tenemos razón.

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