Tamagotchis

Vuelvo hoy a asomarme por mi blog y dejarles lo que consideraremos una breve nota. ¿A cuenta de? Pues de algo que ocurrió ayer en Twitter e hizo que muchos recalibráramos a cierto conocido personaje, que pasa por ser periodista y aparece con cierta frecuencia en alguna cadena de televisión. Sigue leyendo

Palabras dolidas y sinceras

(tomado y editado del muro de Facebook de Ángel Rico Escribano).

A S.A.R el Príncipe de Asturias, de Gerona y de Viana, Duque de Montblanc, Conde de Cervera y Señor de Balaguer

Señor:

Las palabras de un Príncipe son del máximo interés para los ciudadanos que, por ser tal, le deben pleitesía. De ahí que Vuestras palabras, Señor, en el discurso de entrega de los Premios “Príncipe de Asturias” me hayan causado zozobra. Por ello, con el debido respeto, desde mi condición de ciudadano y haciendo uso de la Libertad de Expresión, me dirijo a Vuestra Alteza. Sigue leyendo

Deuda basura

Vía Anghara me entero de que Rajoy ha pedido a ZP que «defienda nuestra solvencia económica en Europa». No sé ustedes, pero yo me estoy echando a temblar, porque cada vez que ZP ha abierto la boca en un foro público se ha derivado un perjuicio para la nación. No soy experto en economía, pero a mí la palabra default equivale a «rescate», como le ha ocurrido a Grecia. Lo que significa dos cosas:

  1. Que estamos jodidos.
  2. Que hay instituciones que a pesar de las advertencias, subidas de prima, y demás han seguido gastando a manos llenas lo que no tienen y en asuntos que poco o nada interesan a los ciudadanos de a pie.

Vean ustedes lo terrible de la situación. ZP nos ha puesto en situación de ser rescatados por Alemania, con lo cual nos convertiríamos en un Bundesprotektorät (si es que no lo somos ya, de hecho). Luego, ZP, que no ha tenido autoridad moral para parar los pies a las autonomías y ayuntamientos (la Ley de Estabilidad Presupuestaria fue de las primeras que derogó ZP nada más llegar), es quien debe defender que tenemos capacidad por nosotros mismos para salir del hoyo. A Mariano, después del 22-M, le tiemblan las barbas imaginándose lo que va a encontrar en las cajas de los correspondientes Ministerios. Vamos, que ni las telarañas, dada la táctica habitual de retiradas socialistas (también ocurrió así en el 96), la de la tierra quemada.

Tampoco sorprende lo que comenta en el citado post: que la deuda de Castilla-La Mancha es «deuda basura», deuda tóxica, de la que no se puede sacar rendimiento. El dato interesante es que Moody’s dice que la culpa no es de quien sólo lleva cuatro meses en el poder, sino de los anteriores gestores, que llevaban 30 años unos con otros. Veremos lo que tarda la pesoe en acusarlos a través de sus terminales mediáticas y de los cybertrolls de “fachasultracatólicoscagacruces” y otras lindezas a las que nos tienen acostumbrados.

De cualquier modo, yo no habría pedido ya nada al finiquitado ZP. Lo único que puede suceder es que si él abre la boca en el foro europeo es que nos jodan hundan más, si cabe (¿es posible?). Con el tiempo nos enteraremos (o confirmaremos las sospechas acerca de ello, en su caso) de quiénes son los verdaderos amos de ZP.

Pelillos a la mar

Nueva receta donostiarra: pavo al Currin. Como somos giputxis los hacemos de 5 en 5, ¡joder, pues!


Ayer asistimos entre atónitos y resignados al aquelarre-esperpento (lo que hubiera disfrutado Dº Ramón María del Valle-Inclán con la mise en scène) de San Sebastián. Se han usado más eufemismos en la misma que pomada en un cuerpo con quemaduras de primer grado. Que si “conferencia de paz”, que si “conflicto vasco-español”… En fin, la delicia de cualquier estilista de la lengua. Sigue leyendo

Para pensar

Visto aquí.

«Si vienen 50 millones de subsaharianos a Europa, este continente se convertiría sencillamente en una prolongación mas de África. Mirad este mapa sobre las diferencias de CI entre las distintas poblaciones: Link ¿qué ocurriría si esa población subsahariana fuese trasplantada aquí? La élite oligárquica no es ajena a estas cuestiones, por eso insisten en desintegrar a las poblaciones europeas sustituyéndolas por foráneas.

Hay unas directrices muy concretas en las que la UE solicita a las organizaciones pro-inmigracionistas de cada país que tengan cierta preferencia con los inmigrantes subsaharianos, a los cuáles podemos ver cada vez en mayor número por las calles de nuestras ciudades (por cierto, los que se ponen vendiendo kleenex en los semáforos y los que van en bici, cobran TODOS 900 euros de las arcas municipales: existen pruebas documentadas sobre este punto)

El problema ya no es solo una cuestión demográfica, es que el aspecto racial es también de inevitable consideración. Todos hemos pasado por la misma programación y hemos sentido el mismo reparo (grima, desagrado, miedo) a tratar ciertos temas. Sientes que el solo hecho de tratar ciertas cuestiones ya te coloca ‘en una posición desagradable’, pero no es más que el efecto de la programación recibida para marear la perdiz. Porque importa y mucho, y además de muchas formas distintas, varias de ellas muy sutiles.

Las diferencias antropológicas importan biológicamente. Y según pasa el tiempo y se acumulan nuevos estudios sabemos que importa mucho más de lo que pensábamos hace apenas unas décadas o de lo que queríamos reconocer. En los últimos tiempos puedo decir que me he “machacado” con lecturas científicas sobre el asunto, provenientes de ambas trincheras del debate, y no me quedan muchas dudas al respecto. La antropología marxista está prácticamente aniquilada, a pesar de que aún domine muchos departamentos, sobre todo el mediático. Y la sociobiología se impone más y más a pesar de su persecución.

Cada estudio epidemiológico, cada antropometría, cada nueva investigación sobre el cociente intelectual, cada investigación genética, le ponen un nuevo clavo en la tapa al ataúd de Boas, Montagu, Mead y los suyos. Cuando sabemos, por ejemplo, que las diferencias raciales entre distintas poblaciones humanas son mayores a las existentes entre perros o gatos, seguir sosteniendo que éstas ‘no existen’ o ‘no importan’ a base de falacias lógicas es pura superstición igualitarista.

Importa sociológicamente porque importa psicológicamente. El cerebro humano está preparado para reconocer las diferencias raciales y subraciales desde los seis meses de edad. El aspecto propio, el de los demás y las reacciones que estos provocan son esenciales en la formación de la identidad propia y en la socialización a lo largo de la vida. El aspecto físico delata hasta cierto punto ante uno mismo y ante los demás los propios orígenes. Eso influencia de forma inevitable la relación que cada cual establece con aquellos que le rodean, pero no sólo eso, sino también con quienes le han precedido. Cuando un español contempla los cuadros del Siglo de Oro reconoce de forma inmediata (y hoy sabemos que eso es una capacidad innata) que aquellos a los que contempla son de una estirpe genética muy cercana. Si un africano se mira al espejo tiene necesariamente que negociar alguna clase de arreglo con ese pasado que no es suyo. Ésa es la razón por la que en EEUU se recurre a engrandecer las figuras de aquellos africanos libertos que participaron anecdóticamente en la llamada Revolución Americana: para intentar que los jóvenes negros sientan aquellos sucesos como algo propio, como algo en lo que participaron esos antepasados que les han legado nada menos que su aspecto.

Por todo lo anterior importa además política y culturalmente: porque cuando se sustituye demográficamente a la población autóctona de un territorio, de etnicidad propia, por poblaciones foráneas, todos los procesos de mestizaje tienden a convertir en irreversible esa sustitución y a negar toda posibilidad de éxito a cualquier movimiento identitario nativo que se oponga al proceso. Sin indígenas no hay reconquista posible. La promoción del mestizaje tiene por objetivo diluir la identidad previa y sustituirla por una nueva, mientras que esos “nuevos” individuos lucharán por defender el statu quo dado, que los ha puesto ahí y que es la base de su propia identidad personal con la que estarían poblando ese territorio. Por esa razón es por la que el mestizaje (promovido o forzoso) ha sido tradicionalmente el arma de destrucción masiva preferida en todas las guerras intertribales, interétnicas o de colonización. Hoy mismo podemos ver su utilización por toda África (verbigracia en Sudán): diluyendo el sentido de una identidad diferenciada en los oriundos, disminuye su número reduciendo su tasa reproductora y simultáneamente aumenta los apoyos de los nuevos pobladores.

Sobre todas estas cuestiones se podría escribir perfectamente una pequeña enciclopedia, así que no es cuestión de alargarse innecesariamente en un comentario. Pero si me gustaría añadir algo: según datos de la propia ONU (nada sospechosa de ser precisamente muy sensible ante los problemas de los europeos) resulta que para 2050 los caucásicos europeos o europoides (vulgo ‘blancos’) van a ser menos del 9% de la población mundial y con una pirámide de edades prácticamente invertida. Es decir: que estarán en vías de extinción, literalmente. Siendo esto así afirmar que nuestra actitud ante la inmigración extraeuropea masiva debe ser ‘neutra’ suena a chiste malo o a broma cruel. En este contexto histórico, la implosión demográfica y la invasión migratoria es el principal acelerador de nuestra destrucción. Es un mal objetivo. Un gran mal. Un suicidio colectivo. Y hay que denunciarlo como tal por mucho reparo que eso nos dé (a mí el primero). Porque lo contrario equivale a afirmar que la extinción de la población europea es irrelevante: un racismo con el que no se atreven ni los Nuevos Panteras Negras.»

Expectativas

Más allá de ciertos ruidos superficiales, como las absurdas, ofensivas, extemporáneas y reversibles declaraciones del lama baturro o el caso judicial que parece estar hoy en candelero (el llamado Fall Weiss), lo que está más bien de mar de fondo son expectativas. Faltan menos de dos meses para que los ciudadanos celebremos la fiesta de la democracia (tan desvirtuada que hasta Sonny Corleone presentaba mejor aspecto) y todo parece girar alrededor de ellas. Sigue leyendo

Malleus Corrutorum

Era su figura airosa (bueno, tal vez no tan airosa, sino un tanto rolliza) un amasijo vociferante de anatemas contra la corrupción. ¿La suya? No, claro que no. De la de los demás, porque ya saben ustedes que para el socialismo todo lo malo es para los demás y además, de todo lo malo tiene la culpa el PP, como se enseña en las escuelas de hoy en día (y si no, la tienen el concordato, Aznar, la derechona, Franco y hasta Felipe II, que naturalmente era un redomado facha imperialista). Sigue leyendo

Steve Jobs (1955-2011)

Nos lo ha arrebatado un cáncer de páncreas. Pero necesitamos gente como él: suficientemente visionaria como para avanzar y con el suficiente talento práctico como para convertir sus visiones en realidad.

Tampoco está de más recordar su famoso discurso en la Universidad de Stanford, que debería forma parte del credo de la Universidad española, hoy carcomida por la mediocridad, el politiqueo, el desánimo y la nula voluntad de superación en no pocos casos…

Descanse en paz y que Dios lo haya acogido en su seno.

Falsos paradigmas del postfranquismo

Por su interés, reproducimos este artículo de D. Emilio Lamo de Espinosa, aparecido hoy 2 de octubre en ABC (citado aquí):

La asimetría de nuestra cultura política llega a ser dramática: mis alumnos en la Universidad no olvidan el Holocausto y Hitler, pero ignoran por completo el Gulag y Stalin.

Sospecho que nos encontramos en un punto de inflexión de la cultura democrática española marcada por la doble hegemonía nacionalista y de izquierdas, que se impone desde la muerte del general Franco. Una hegemonía inevitable. Franco era un apestado político y la democracia encontró parte de su identidad en el antifranquismo, cortando con el pasado. Inevitable e incluso bueno, aunque sin exagerar; no vamos a rechazar el principio de Arquímedes porque los ministros franquistas de obras públicas lo hacían suyo. Pero la consecuencia de ese antifranquismo casi «constituyente» es que todo aquello que tuvo contacto o relación positiva con el anterior régimen aparecía lastrado por esa hipoteca, y viceversa, por supuesto, lo que tuvo (o pudo tener, u hoy se dice que tuvo, aunque sea falso) relación negativa ha gozado de un plus de legitimidad frecuentemente inmerecido. Hay así una suerte de asimetría básica que angeliza a unos y demoniza a otros, y que se manifiesta en los dos ejes en que se articula la vida política española: el eje izquierda-derecha y el nacionalista-constitucionalista.

Veamos el primero. Como sabemos, la autoubicación ideológica de los españoles está claramente sesgada a la izquierda, dato que no por conocido es evidente, ni mucho menos. Por ejemplo, España resulta ser el tercer país más a la izquierda de 19 países europeos estudiados recientemente, más que los social-democráticos países nórdicos e incluso que conocidos izquierdistas como Francia. Incluso América Latina está a nuestra derecha.

Bueno, si los españoles quieren ser de izquierdas, pues que lo sean, faltaría más. Pero son datos tan estables, tan inmutables, que cabe sospechar que no estamos ante una variable, sino ante un parámetro casi inmune a la experiencia. Los españoles «son» de izquierdas antes de decidir a quién votan o de valorar políticas o programas. Es más, son de izquierdas incluso cuando votan a la derecha (que es lo que va a ocurrir: ¿quiere usted votar a la derecha con su voto en contra?). Ello ha otorgado una suerte de hegemonía a la izquierda, que se siente moralmente superior hasta el punto de creer que la democracia es suya y la derecha («fascista», por supuesto) debe ser vigilada detrás de un «cordón sanitario». Cosa curiosa, pues en España no hay casi extrema derecha y sí bastante extrema izquierda. Veamos lo que escribe nada menos que un padre de la Constitución: «No hicimos los socialistas ni la Transición ni la Constitución con el Rey, con Adolfo Suárez y su UCD, con los nacionalistas más integradores, para facilitar el acceso al Gobierno a los antiguos franquistas, a los sectores más conservadores y reaccionarios de la sociedad». Es decir: o gano yo o rompo la baraja. Bueno, nada nuevo: ya ocurrió en 1934.

Y así aparecen teñidos de franquismo no ya la bandera, el castellano o la patria, incluso los toros y la mantilla, los curas, los pantanos y la política hidráulica, a veces incluso la contabilidad y el mismo principio de realidad. Por poner algunos ejemplos, la igualdad ante la ley y la centralización administrativa, que fue siempre jacobina y de izquierdas, hoy es franquista, mientras que la descentralización y la desigualdad jurídica (incluso bordeando el privilegio medieval), escondidas tras el discurso fuerista de la «diversidad», resultan ser, ¡vaya sorpresa!, progresistas y de izquierdas. La derecha era nacionalista, y la izquierda (hay que recordarlo, se nos ha olvidado), antinacionalista e internacionalista (se hablaba de «internacionalismo proletario»), pero hoy los términos parecen cambiados y resulta que lo progresista es el nacionalismo (de unos, claro, no el de los otros) e incluso el localismo. Y qué decir de las dictaduras de izquierdas (Castro, Chávez, incluso Ahmadineyad y por supuesto Gadafi) tratadas con simpatía o al menos con realismo político, o de los golpes de Estado que si son de derecha (como en Honduras) dan lugar a reacciones fulgurantes y llamadas a consulta de embajadores, pero si son de (supuesta) izquierda (en Irán, con asesinatos de jóvenes estudiantes) son meros «asuntos internos» (Moratinos dixit). La asimetría de nuestra cultura política llega a ser dramática: mis alumnos en la Universidad no olvidan el Holocausto y Hitler, pero ignoran por completo el Gulag y Stalin.

Asimetría que se extiende todavía más sobre el otro eje de la política española, donde el nacionalismo goza de una hegemonía muy superior a su apoyo real. La exhibición de banderas nacionalistas es un acto de libertad que se contempla con emoción, pero la de banderas españolas es irritante; sus himnos se escuchan con respeto, el de España con rechifla; promover el nacionalismo catalán desde su autogobierno utilizando la educación o los medios de comunicación, cuando no la más burda propaganda (es decir, conquistar la hegemonía), es «hacer país»; pero una similar articulación de España desde el Estado español sería una exhibición de «franquismo»; promover el uso de sus lenguas es bueno y natural, incluso si se hace a costa de otras lenguas habladas por la mayoría de la población, y, por supuesto, nadie se ha atrevido siquiera a proponer un referéndum sobre la inmersión lingüística (probablemente lo perderían). La asimetría es tal que hace años que el problema no es el lugar de Cataluña o el País Vasco en España, bien resuelto, sino el lugar de España, y en general de lo español, en esas Comunidades. Y frente a una ciudadanía que se siente española y catalana al tiempo y vive esa doble identidad con total naturalidad, los nacionalistas tratan por todos los medios de cercenar una a costa de la otra.

Ten cuidado con tus enemigos, pues acabarás pareciéndote a ellos. Y así, nada más parecido al viejo nacionalismo españolista que estos nuevos nacionalismos (y nada más franquista, por cierto, que la violencia de ETA misma): si aquel se empeñó en construir una Nación homogénea desde el Estado, si tachaba al «enemigo» de antipatriota (la «anti-España»), si imponía una lengua a costa de la otra, ¿no hacen ahora lo mismo? Nada más «viejo régimen» que ese editorial unánime de los periódicos catalanes, apoyado/impulsado por el gobierno que los financia, reiterado por todas las asociaciones, grupos, comités, colegios, universidades, ONG, bandas de música y grupos de montañeros, hasta silenciar por completo a quienes piensan de otro modo.

Ese es el sentido de leyes como la de la llamada «memoria histórica». Pues no se trataba de solucionar un problema que sigue vivo (los enterramientos clandestinos), no; se trata de reavivar el antifranquismo, contra el que se vive mejor. Y una vez más, para terminar pareciéndose al enemigo reproduciendo sus mismos errores sobre la guerra: unos eran «buenos» y otros «malos»; un lado atentó contra la legalidad, el otro salvó la legalidad que quedaba; un lado hizo una revuelta violenta, el otro trataba de mantener el orden; unos buscaban la paz, los otros la guerra. De nuevo el mismo discurso, los mismos argumentos, aunque invertidos en un espejo. Y cuando creíamos que la Transición se había hecho contra la guerra (es decir, contra el franquismo y contra el antifranquismo), hete aquí que se trata de reavivarla, no de apaciguarla. Antifranquistas de poca memoria que pueden decir con serenidad, por ejemplo, que el «orden público» está por encima de las leyes y la Policía no está para crear conflictos, algo así como «la calle es mía», pero en fino. Efectivamente, el franquismo nunca se ha ido del todo y lo encontramos en los lugares más insospechados. Puede que la verdadera segunda Transición sea ésta: pasar desde una democracia antifranquista que ve el mundo por el espejo del retrovisor a una democracia a secas que mira de frente al futuro. Y vaya si hace falta mirar el futuro.

Pero el derrumbe del Partido Socialista Obrero Español está siendo dramático. Desde luego, porque coincide con una grave crisis económica que no ha sabido gestionar y que profundiza la desconfianza política, pero sobre todo porque las piruetas ideológicas del PSOE, que no es ya ni español, ni obrero ni socialista, sino solo (y sobre todo) partido, han sido caladas por el electorado. Ganó poder a costa de los principios y ahora se va a quedar sin principios y sin poder. Sospecho que no estamos ante un simple cambio de mayoría de gobierno; estamos ante un fin de ciclo.