El silencio de los peperos

Tomo prestado el título del post homónimo de mi amiga Candela, porque me parece muy expresivo del clima político que se respira en estos días post-navideños. El hecho es que muchos vamos rumiando nuestro descontento ante las primeras decisiones de Mariano, sorprendentes algunas y cabreantes algunas otras. La queja de quienes viven del Partido (en mayúsculas) es algo así como «Joooo… es que no le habéis dado los 100 días de cortesía, o sea».

Por otro lado, una cuestión que sigue siendo importante es «cuánto sabía el PP» de lo que le esperaba al llegar a Moncloa. Ellos dicen que «se esperaban un desastre, pero no tan grande como el que han encontrado». La pesoe, para añadir más leña al fuego, dice que ellos «informaron bien» (¡ja!). ¿Conclusión? Se trata de un teatrillo pactado entre unos y otros para que no nos enteremos de la real dimensión de la debacle. Sobre todo porque conocerla daría alas a quienes pensamos que hay que reformar el sistema político de arriba abajo y, sobre todo, seguir el ejemplo islandés, a saber: la aplicación analógica a los políticos (a falta de una regulación específica, que ellos por motivos obvios no se van a molestar en parir) de los capítulos del Código Penal relativos a la delincuencia económica de cuello blanco.

Seguro que si ustedes han dado de alta un perfil en alguna red social han sufrido de una forma u otra el bombardeo de los peperos adictos. Que si la situación era inaguantable (que lo era y lo sigue siendo), que si el ministro tal, que si el ministro cual… Todos los días había motivo para quejarse del gobierno de ZP. Al final, lo que funcionó fue el viejo argumento de Orwell en Rebelión en la granja: «¿O es que queréis que vuelva el señor Jones?», que traducido a términos nacionales era: «¿O es que quieres tener 4 años más de ZP?». Era, sin duda, el voto del miedo.

Y muchos votamos. Primero, porque el bombardeo en las redes sociales ha sido de tal calibre que prácticamente el que no votaba «no cumplía con un deber patriótico». Segundo porque, ingenuos de nosotros, pensábamos que el hecho de depositar una papeleta en una urna «nos daba derecho a exigir cuentas al partido que hubiésemos votado». Que no nos íbamos a encontrar con la prepotencia socialista frente a «la voz de la calle». «Lo importante es echar a ZP», repetían incansablemente los tamagotchis de Mariano. Finalmente, optamos por la teoría del «mal menor», porque decíamos: «El único partido que puede sustituir al PSOE es el PP. Y el PP no puede ser peor que el PSOE». Nos olvidamos de que el mal menor, por mucho que sea menor, también es un mal. No es menos notable que a quienes intentábamos usar un poco la cabeza y preguntábamos qué era lo que traía Mariano en las alforjas nos dijeran «que no teníamos derecho a sembrar la duda» o a «desanimar» a los votantes (malo cuando alguien quiere que votes sin usar la cabeza, sino las vísceras: señal de que tiene poco programa que ofrecer). Vamos, una especie de traidores a la causa pepera. Muy propio del sectario dar por sentado que quien no está con tu enemigo está contigo.

Y así, con la estrategia arriolina de a poquitos, el PP consiguió mayoría absolutita (186 diputados, que hubieran podido ser más si el PP le hubiera echado huevos; pero eso no va con ellos, al parecer). Una modosa y justita mayoría, para no enfadar (mucho) a la izquierda, la única (auto)legitimada para gobernar el país. De haber sacado la mayoría que era posible sacar, el PP se hubiese acercado bastante más a los 200 diputados y RbCb, poniéndose al frente de la izquierda toda, hubiera tocado a rebato para quemar la calle. Más o menos como en Francia cuando ganó Sarkozy. Pero claro: ése no era un escenario deseado por el PP.

Así pues, Rajoy obtiene mayoría absoluta malgré lui. Es decir: la libertad (sin hipotecas nacionalistas ni de ningún otro tipo) de sacar adelante los instrumentos normativos que nos saquen de la Championlí del paro, de la recesión y del desastre social, político, moral y espiritual en que ha quedado España tras los 8 años de Atila ZP. Hay mucha tela por cortar. Sin embargo, toda la energía usada anteriormente para criticar a ZP parece que ha desaparecido. Todo lo que hace Mariano «está muy bien» y los que le criticamos, aún habiéndole votado, es que «no tenemos piedad con él porque no le damos los famosos 100 días, o sea, joooo». Poco importa que se trate del incumplimiento de promesas electorales (subida de impuestos, una medida muy socialista, cómo no), de las condecoraciones al peor gobierno de nuestra democracia o determinados nombramientos en determinados puestos importantes: Gallardón, el niño bonito de la izquierda madrileña, en Justicia), Lassalle en Cultura (el «liberal simpático»… con la izquierda. No en vano está casado con una miembra), o la mayor de las sorpresas (hasta ahora): la mamporrera de Cristina Garmendia, Carmen Vela, como Secretaria de Estado de Ciencia e Investigación, pese a su vistoso currículum zejatero y su insuficiente currículum académico y científico. Menos mal que Cosidó ha puesto un punto de sensatez en los nombramientos…

Es decir: que apenas llevan 2 semanas en el gobierno y han conseguido que los tamagotchis tengan que defender lo indefendible. Sin mencionar el hecho de que allí donde son administradores de grupos de la red social laminan cualquier intento de razonamiento contrario a su ideología. Es decir: aplicando la filosofía del «talante» y del «diálogo» tan querida por sus (presuntos) enemigos…

Por último y para poner una nota de humor musical, la pregunta de moda en estos días es «¿dónde está Rajoy?». En honor a la verdad, esta canción se la cantaban a Miguel Sebastián cuando era candidato a alcalde en los Madriles. Pero hay que reconocer que Mariano empieza a ajustarse admirablemente a la letra de la canción…