Spank-Air

Las empresas son como los seres vivos: nacen, crecen, se reproducen y, bajo los efectos de una crisis tremebunda como la que soportamos, mueren. Convendrán ustedes conmigo en que el hecho de que una empresa se vaya al carajo hoy en día no es una gran noticia. Es, por el contrario, demasiado habitual: ahí están los miles de autónomos que enterraron sus ilusiones (y sobre todo dineros propios y prestados) en un negocio que finalmente no funcionó y del que han tenido que echar el cierre.

Sin embargo, que una compañía aérea se vaya al carajo ya no es tan normal. En un sector tan hiperregulado como el de la navegación aérea, en que a las empresas se les exigen unas garantías muy específicas para poder empezar a operar, el hecho causa no poco de sorpresa. Ya no digamos el hecho de que tiene su parte de servicio público, por aquello de que mueve muchos pasajeros y que cuando un avión se cae, no queda ni el apuntador. En el caso que nos ocupa, la honorabilidad y fiabilidad de la empresa quedaron además muy dañadas por el accidente del vuelo JK 5022, de infausta memoria.

En el caso que nos ocupa, Spanair sorteó bastante bien los primeros años de la crisis. Ubicada en Mallorca, uno de nuestros destinos turísticos más importantes, pudo capear el temporal con fortuna. Sin embargo, empezaron a ocurrir cosas raras. La trayectoria económica de la compañía dejó de ser una línea recta y empezaron los zigzagueos. Generosamente, la Generalitat catalana (o sea, nosaltres) acudió al rescate, por aquello de la solidaridad entre hermanos.

Pero pasaron más cosas raras: la sede de la compañía se trasladó a Barcelona. Y ahí fue el principio del fin, entre otras cosas porque Barcelona, por mucho que la bossa soni, no es ni de bon tros destino tan turístico como Palma de Mallorca. Montilla, que había echado ejecutoria de catalanismo acompañado del Dalai Carod, necesitaba un signo externo de tal ejecutoria para que los nacionalistas de casa bona le aceptaran (nunca le aceptaron del todo y hasta el final le consideraron un intruso). Todavía me lo puedo imaginar diciendo «Nosartre hen de fer paí» ante una multitud de sus juventudes, bien regada de dinero público porque queda feo un mitin sólo con los cuatro entusiastas que ya por entonces le quedaban. Y vaya si no lo hicieron païr.

Dit i fet. Spanair pasó a ser el proyecto apenas disimulado de Aerolínies Nacionals Catalanes del monstre de tres caps (aka Tripartit), en el que con más generosidad se enterraron millones. Hasta la revista de cabina se editaba en català, sin almenys. No como esos cabrones de Air Berlin que se negaban a la megafonía en catalán. Y de un día para otro, nos enteramos de que la empresa se va al carajo, que con ella pierden su trabajo 2.000 personas y que entre 80.000 y 100.000 pasajeros se quedan en tierra. El Príncep Encantador, transmutado ahora en Rei Artur, tiene que abandonar el proyecto. Ya no puede seguir ignorando los projectes nacionals en sus recortes. Ha soliviantado y mucho a sus votantes (hoy tal vez exvotantes) con los recortes en temas tan básicos como Sanidad y Educación y ha de tomar serias medidas.

Lo peor de todo es que esos 80.000 pasajeros compraron el pasaje sin saber que la compañía se había ido ya a hacer puñetas. No pocos tienen problemas para recuperar el dinero. Y los que compraron billetes de ida y vuelta, además, se han quedado tirados en sus países de destino hasta que la Embajada española (¿dónde coño estaban los ambaixadorets?) hizo las correspondientes gestiones allí donde fue necesario. Pero sobre todo, que del dinerazo que enterró la Generalitat (nuevamente nosaltres) en esa compañía ruinosa (que lo sabían desde antes de acogerla en su seno), nunca más se ha sabido. Alguien tendría que buscarlo. Preferentemente, un juez.

Como dice el religioso verso, guieu-nos cap al cel. Pero no con Spanair (D.E.P.) y mucho menos con Montilla o Mas a los mandos.