Décima personal (I)

Introducción

Hoy me apetece hablarles, para no abusar de la política, de un músico muy especial para mí: el tovarishch Dmitri Dmitrievich Shostakovich. Fue una especie de descubrimiento, facilitado por los buenos oficios de Radio 2 (hoy Radio Clásica). Es posible, incluso, que se tratara del macro-programa El mundo de la fonografía, dirigido por José Luis Pérez de Arteaga, más conocido por el gran público como el locutor de los vieneses Conciertos de Año Nuevo. Demos gracias a Dios de que el malhadado ERE de RTVE no le tocara ni un pelo de las barbas, como sí hizo (entre otros) con Clásicos populares, Fernando Argenta y Araceli González Campa, desgraciadamente.

Les seré sincero y les confesaré que no recuerdo muy bien por qué me acerqué a él. Posiblemente en aquel programa de radio escuchara alguna de sus sinfonías más famosas (la Quinta, la Séptima o la obra de la que les quiero hablar hoy: la Décima en mi menor, op. 93) y de ahí surgió el enganche. Posiblemente sea un caso de esos en que uno oye la música y sigue a ver hasta dónde le lleva porque no puede dejar de oírla (algo que seguramente le ocurrió a mi admirado compadre Noatodo con alguna interpretación de Don Otto, como dice él, o hace ya algún tiempo, de monsieur Philippe Jarousski, de quien se ha declarado incondicional). Naturalmente, por mucho que a mi compadre Noatodo no le termine de gustar, mi versión es un bootleg de Das Wunder con su orquesta, la Berliner. Y digo bootleg porque Shostakovich es verdaderamente una rareza para el maestro austríaco, más centrado en el Romanticismo. Pero para que no se enfade, citaremos la estupenda versión de Haitink, aunque en este caso con la Sinfónica de Londres).

Centrándonos en la cuestión, situémonos en el tiempo. Los primeros bocetos de la obra datan de 1946; pero la obra, tal como la conocemos, fue compuesta entre julio y octubre de 1953, apenas 7 meses después de la muerte de Stalin. Por eso la crítica es unánime en denominarla la sinfonía del deshielo.

Shostakovich llevaba 8 años sin componer una sinfonía: la Novena (1945), que los capitostes del Partido pretendieron majestuosa al efecto de celebrar «la victoria del Ejército Rojo en la Gran Guerra Patriótica», resultó ser una burla. Luego, la purga de Zhdánov (1948) le despojó de todos sus privilegios como compositor (se dieron cuenta: nada queda impune para el Partido). No era cosa de despertar nuevamente las iras del Partido, y en ese período se dedicó a la música de cámara y concertante, menos «peligrosa» y, sobre todo, menos pública.

Muerto Stalin, en cambio, parecía que se abría una nueva época, un nuevo tiempo, como dicen ahora los pedantes. Así lo entendió Shostakovich, que se puso manos a la obra y, siendo como era un compositor extremadamente veloz, terminó la obra en 4 meses. La estrenó el gran Yevgeny Mravinsky, amigo personal del compositor, en Leningrado (hoy San Petersburgo), el 17 de diciembre de 1953, fecha que extrañamente (o no) coincide con la fecha gregoriana del cumpleaños de Stalin.

Enigmático como siempre, cuando se le preguntó acerca de si la sinfonía tenía programa, dijo «Cada oyente tendrá que descubrirlo por sí mismo», que es casi como mantener el secreto, porque a cada oyente la música nos sugiere diferentes imágenes y conexiones.

La obra

A mi modesto entender, hay varias palabras que cuadran a esta obra, aunque en realidad podrían predicarse de buena parte de la producción del camarada: desesperación, miedo, ferocidad, melancolía… y también esa alegría banal tan cara al llamado «realismo socialista», aunque con bastantes reservas, por lo que luego diremos.

El elenco orquestal que convoca Shostakovich para esta obra es el habitual en él: una orquesta completa, bien surtida de percusión y en la que sólo faltan instrumentos como la celesta, el arpa o el órgano, que no casan muy bien con el carácter de la obra. Veamos con algún detalle la obra.

I. Moderato

El largo movimiento inicial se compone, a nuestro entender, de tres secciones bien diferenciadas. La primera, presidida por este tema, que es el motor de toda la sinfonía:

Después de la sección introductoria de las cuerdas, se inicia una nueva sección. Esta vez es el clarinete solista el que enuncia el tema de la sección. Un tema desolado, dentro del estilo del camarada Shostakovich. Uno no puede dejar de imaginarse la helada tundra y alguien caminando lentamente en medio de la nada:

Esta sección llega al clímax y cierra con un motivo enunciado por el clarinete. En la transición intervienen también fagot y contrafagot. Da paso a una nueva sección, en la cual la flauta enuncia el tercer tema del movimiento. Es una especie de vals renqueante, que recuerda un poco la expresión castiza de «bailar con la más fea».

La sección de desarrollo se basa en estos dos temas. En el momento culminante del desarrollo se oyen los dos temas: una variación del de la flauta (trompas) y del clarinete (cuerda). Nuevamente hallamos aquí la ferocidad y el carácter reconcentrado y deliberado de la música que estamos examinando.

El desarrollo termina de la misma forma que la sección basada en el tema del clarinete. Queda, finalmente, La reexposición es relativamente breve y su existencia justifica que algunos críticos consideren este movimiento como una sonata (dos temas, desarrollo, reexposición y coda, aunque Shostakovich no se ciñe aquí totalmente a ese modelo). En la coda, finalmente, aparecen dos flautines que nos remontan a los primeros compases del acompañamiento del tema clarinete, devolviéndonos a la desesperación, al susurro y al silencio.

Huelga cabo

Da vergüenza ajena tener que hablar de lo que ocurrió ayer. Los sindicatos de clase alta se pusieron estupendos y se fueron a la huelga. O huelguita cabo (ni general, ni coronel, ni teniente siquiera), más bien. Decretaron ellos, sin más, que todo el país debía pararse. El motivo «oficial» fue la reforma laboral del PP, aunque ya hace muchos días que sabemos que eso es una burda mentira. El verdadero motivo, como todo el mundo sabe a estas alturas, es el recorte de recursos públicos a los sindicatos: entre ellos, la pérdida del monopolio de los cursos de formación, suculenta bicoca que a los parados, que se sepa, nunca les ha servido para encontrar empleo, pero que ha llenado generosamente los bolsillos de los sindicatos. O la primacía de los convenios de empresa sobre los sectoriales.

De ahí que ayer la jornada fuera prácticamente normal. Quiere decirse que muy pocas personas, aparte de los liberados, que sólo trabajan cuando gobierna la (presunta) derecha, siguieron la huelga. En ese sentido es verdad que la huelga fue un éxito: un 85% de los liberados la siguió. Del resto, de los trabajadores de a pie, de los autónomos que cada día madrugan para abrir su local y ganarse el sustento, ninguno creyó oportuno subirse al carro sindical. Y añadimos más: si la reforma laboral, que posiblemente presente aspectos mejorables, no hubiera tocado esas prebendas sindicales, el Duque de Rolex y el Marqués de los Cruceros hubieran seguido durmiendo plácidamente.

Dicho esto, pasemos a considerar otro aspecto. ¿Cómo puede ser que los sindicatos de clase alta, a medida de los cuales está hecho el entramado legal y económico que los sustenta, convoquen una huelga general y el pueblo, ese desagradecido por «los cuarenta años de lucha sindical», hace caso omiso de la convocatoria? Eso no se puede consentir. Por consiguiente, hay que estimularlo a que acompañe a los sindicatos en la gloriosa defensa de los derechos de los trabajadores (y trabajadoras). ¿Y eso cómo se hace? Se usan los medios habituales: silicona en las cerraduras y candados, agresiones y coacciones a trabajadores (y trabajadoras) que no quieren seguir la huelga porque consideran más importante dar de comer a su familia… todo el catálogo, vamos. Que es natural, digo yo, cerrar la tienda cuando a la puerta se te colocan veinte (o más) energúmenos y energúmenas berreando «¡Huelga! ¡Huelga! ¡Huelga!». Ante la perspectiva de que a uno le rompan la luna, a nadie se le exige que sea un héroe y lo suyo es cerrar.

Finalmente y para entendernos: sindicalista es un señor que sólo se manifiesta cuando gobiernan los que le dicen que son «la derecha», que no respeta el derecho al trabajo de los demás y que se cree impune para coaccionar a quien le parezca para que le siga la corriente.

En otras partes no sé. Pero aquí en Tarragona, a eso de las 8 de la tarde aparecieron no ya los sindicalistas, sino los antisistema. La gracia estaba en las banderas que portaban: la pirata, que delataba bien a las claras sus intenciones e incluso, algún indocumentado del 15M, banderas de la extinta Unión Soviética. Seguro que el Padrecito les hubiera dejado manifestarse si hubiera tenido que aplicar unas medidas semejantes a éstas. Y seguro que el tontolaba que portaba esa bandera no tenía puñetera idea de lo que enarbolaba.

¿Necesitaban los sindicatos a los antisistema y demás gamberros de variado tamaño y pelaje? Sí, claro que sí. Por un precio módico, los alborotadores profesionales y ocasionales se juntan para quemar contenedores, romper cristales y correr tras la policía. Más aún sabiendo que la factura de los destrozos la pagarán los vecinos y no los sindicatos. Es la forma de que al día siguiente se hable de una jornada que sería perfectamente olvidable si no fuera por estos incidentes. Vean una pequeña muestra que tomó un servidor de ustedes, a una distancia razonablemente segura:

Por si queda alguna duda; SINDICATOS SÍ, PERO ASÍ NO.

Batacazo

Se la pegó Arenas por cuarta vez en Andalucía. Parece mentira, pero el frío relato de los hechos así lo demuestra. Por un lado, la participación descendió significativamente un 16% respecto de la última convocatoria, hecho que perjudicó precisamente al candidato popular. En segundo lugar, otro dato a considerar es que obtuvo casi 500.000 sufragios menos que en 2008, cosa aún más increíble teniendo en cuenta que la Comunidad andaluza está social y económicamente postrada, razón por la cual era más que deseable un cambio.

De lo anterior cabe deducir dos cosas: personas que en 2008 votaron PP han dejado de hacerlo en 2012. Parece posible que el impuestazo del jienense Cristóbal Montoro, mal explicado por éste y metido a los españolitos con calzador, por el fuero y por el huevo, no ha gustado nada a sus paisanos. Por otro lado, la reforma laboral de Fátima Báñez, bien jaleadas sus maldades por aquellos que, cuando nadie les ve, la aplican sin contemplaciones, tampoco ha entrado por el ojito derecho a los paisanos de la ministra. Son argumentos de Rubalcaba, así que cabe sospechar que arrima el ascua a su sardina si lo leemos en clave nacional.

Cabe preguntarse si Arenas era un buen candidato para Andalucía. Tiene ya 55 años, 20 de los cuales gastados en intentar ser el inquilino pepero del Palacio de San Telmo. Es la cuarta vez que le derrotan. ¿Era idóneo? Parece ser que le han encajado demasiado bien la etiqueta de señorito cortijero (cuando Chaves lo es tanto o más que él). Por otro lado y aunque en principio parecía buena idea, Arenas hizo mal en no aceptar el envite de la izquierda respecto al famoso debate, siquiera en TVE. Que sí, que aquello era una encerrona; pero Arenas tal vez debió ir, para dejar bien claro que acepta debates y no encerronas.

Al margen de esas causas sociológicas y políticas referidas exclusivamente a Andalucía, apunta Almudena Negro una causa más general: la dimisión de los principios.

Dicen desde la izquierda, que no está tan tranquila como aparenta, que el fracaso ha sido consecuencia de las reformas emprendidas por Mariano Rajoy. Sí y no. La debacle del PP comenzó en realidad mucho antes de las generales de 2012, en que sólo consiguió subir unos míseros 600.000 votos, pese a la que estaba cayendo. La cuarta derrota de Javier Arenas -que se vaya ya- comenzó a fraguarse cuando los votantes populares empezaron a otear la rendición ideológica de su formación política ante el consenso socialdemócrata entre la derecha y la izquierda.  El día en que José Antonio Ortega Lara abandonó la formación de centro-derecha. El día en que intuyeron que el PP, con sus diecisiete baroncitos, dejaba de ser un partido político para transformarse en una burocracia tan apegada al consenso y tan desapegado de la realidad como el PSOE, pero con menos garra.

Ha sido denigrante esa dimisión, cuyo último hito ha sido el ninguneo (me perdone D. Fernando Lázaro Carreter por el palabro) al que se ha sometido a las víctimas del terrorismo por seguir (¡!) la hoja de ruta marcada por ETA, uno de cuyos puntos posiblemente sea «que las víctimas no molesten», dicho así o con otras palabras. Sólo así se explican las expresiones del lumbrera Oyarzábal (que cualquier día se nos cambia a la grafía euskaldún y se nos llama Oiartzabal) llamando ultras a quienes no piensan como él en ese tema concreto. Sólo así se explica que la (presunta) Soraya buena no acuse recibo de la carta que le envió Rosa Alcaraz, cuando ha sido publicada por varios medios.

Posiblemente con todo eso comulgue el señor Arenas. Por algo es alguien tan cercano a Mariano Rajoy. Pero no su electorado (mucho menos el electorado natural del PP) y tampoco buena parte de su militancia, que no se cree el mensaje de buen rollito arriolista y ven que su jefe se va a peces con la izquierda un día sí e outro tamén. El elector, confuso, dice: «Para votar a una mala copia del socialismo, me quedo con el original». Otros en cambio, han dicho: «Me quedo en casa. Más aún cuando no queda nadie que defienda mis principios». Y unos por otros, la casa sin barrer. Quizá en el PP andaluz debiera calar este mensaje: que para cambiar Andalucía deben cambiar ellos antes, dejando de formar parte del paisaje. No estaría mal la idea de un Congreso extraordinario. Veremos por dónde respira la cosa.

El Régimen se cae a cachos (II)

Ayer les hablaba de lo mal que huele el (casi ex) régimen andaluz. Decíamos que cada vez hay más gente que pierde el miedo a hablar. No tanto por valentía, que sería muy loable; sino porque no quieren ser usados de chivos expiatorios (humano, pero menos loable) mientras que los verdaderos culpables se van de rositas porque hasta ellos no va a llegar la acción de la señorita de la venda, de la balanza y de la espada.

Sin embargo, según se van conociendo detalles del caso de los fondos de reptiles, más los andaluces (y ustedes y yo) nos horrorizamos. El antiguo director general de la Consejería de Trabajo de Andalucía dice ahora que todos conocían cómo funcionaba el asunto. Y en ese todos mete a Griñán y a Chaves (¡horror!). Es decir, el Padrino andaluz metido hasta las cejas en el cenagal de la corrupción. Si lo dijéramos ustedes o yo, la afirmación no tendría una gran trascendencia y el troll socialista de turno nos diría, con razón, que «no tenemos ni puñetera idea del asunto». Y sería verdad. Pero esto lo dice alguien que estaba metido en el ajo y que, según las informaciones aparecidas en prensa, está tan pringado como puedan estarlo Chaves o Griñán. Coincidirán conmigo en que eso es mucho más grave y trascendente.

Verán ustedes cómo arreciarán las peticiones de dimisión: «Señor Griñán, ¡debe usted dimitir!». Es un poco raro, a dos semanas de las elecciones andaluzas, aunque es posible que los populares echen mano de ese argumento. Pero el problema que puede tener Arenas, tanto ahora como desde el momento en que ponga el pie en el Palacio de San Telmo es de una índole muy distinta. Después de 32 años de régimen socialista, hay mucha gente que ha vivido del cuento. Y más de 30 años viviendo del cuento son muchos años. Si en algún momento anterior (siempre con las debidas excepciones) los andaluces estaban acostumbrados a bregar con el trabajo, hace ya tiempo que pudieron perder esa costumbre. Tal cual animales en cautividad, esperan hoy el aguinaldo que les cae del cielo (ya se llame PER o subsidio de desempleo) para ir llenando los días de chatos de vino y de juerga diversa, mientras en el campo son mayoritariamente los extranjeros (polacos, marroquíes, latinos) quienes recogen la fresa.

Pero el dinero se acabó. Ya no queda para las pequeñas corruptelas y sinecuras de las que muchos vivían sin trabajar (mucho). Y es Arenas (y su gobierno), caso que llegue a la Junta el que se va a comer el marrón de intentar de que buena parte de la sociedad andaluza cambie el chip y entienda que para comer hay que trabajar y que ya no rige el «dame pan y llámame tonto». Sólo por eso se explica que el PSOE-A obtenga en las encuestas todavía una horquilla entre 44-46 escaños. Por eso y porque el deficiente sistema educativo andaluz ha creado montones de esclavos mentales, futuros cautivos de ese maná celestial que caía de la Junta.

El Régimen se cae a cachos

Es un hecho constatable: después de más de 30 años (igualando casi a los 36 del franquismo), el régimen socialista andaluz se cae a cachos. Y no se cae porque su máximo exponente se muera de viejo y en la cama (grandísima oposición la que tuvo). Se cae porque sus máximos exponentes están siendo rastreados por los sabuesos judiciales, dirigidos éstos por S. Sª. M. Alaya. Que ya es casualidad que su nombre coincida en parte con el de un caso famoso y repleto de famosos que ocurriera también en la Andalucía de Chaves, y en que los únicos que no estaban pringaos en aquella ocasión fueron los del PP porque no les dejaron entrar a chupar.

Uno lee la prensa y se da cuenta de que en estos momentos cobra perfecto sentido la frase del fundador
Pablo (Paulino, en realidad) Iglesias: aquello de «estaremos con la legalidad cuando ésta nos permita conseguir nuestros fines y fuera de ella cuando no nos lo permita». No es cita literal, pero la idea es básicamente ésa. Se hace patente que el fin del PSOE-A no era otro que vivir del cuento (público) sin trabajar; fin al que se preordenaban todas las acciones. Y a fe que 30 años viviendo del cuento público sin dar golpe es mucho tiempo.

La cuestión es: ¿por qué ha durado tanto este régimen? La respuesta no es muy complicada. Basta acudir al símil del Lazarillo, el ciego y el racimo de uvas. Es decir: el PSOE-A permitió que determinados personajillos de su partido (pequeños y/o medianos, pero muchos) comieran las uvas de dos en dos (las pequeñas injusticias y sinecuras ante las que la Junta miraba invariablemente para otro lado) para poder así comer las uvas (el presupuesto andaluz) de tres en tres. Así, las pequeñas corruptelas y sinecuras tapaban bocas… mientras hubo dinero. Todos los que podían, decían: «Si los peces gordos lo hacen, ¿por qué yo no puedo?». No obstante, cuando se acabó el dinero, se acabó el silencio. La gente habla, y el mejor argumento que tienen aquellos a los que se les pilla de marrón es el grito de «¡Manipulación, manipulación!».

El resultado es que Andalucía está al borde del abismo, imparablemente. Por si faltara algo, el consejero de Economía de la Junta monta el numerito de «no vamos a aceptar los límites de déficit que nos imponga Montoro». Que no es más que una pantomima (a dos semanas de las elecciones andaluzas, from lost to the river, que dijo el otro), porque el que realmente se lo va a tener que comer va a ser el más que probablemente próximo Presidente de la Junta, Javier Arenas.

Respecto a cómo están las cosas ahora, uno se siente dividido. Dividido entre el cabreo mayúsculo y la admiración. Cabreo mayúsculo, por ver que los pirómanos que han provocado que España se incendie por los cuatro costados quieren aparecer ahora como los bomberos salvadores de la patria. Pero es que, además, uno no puede sino admirarse de la (durísima) cara con que los socialistas mienten y tratan de usar la demagogia a su favor. Lo tienen prácticamente todo perdido en Andalucía: los casos de los fondos de reptiles y de los EREs falsos les están estallando en la cara porque cada vez hay más personas que pierden el miedo a hablar. La cosa se pone fea, muy fea, para Griñán y Rubalcaba por debajo de Despeñaperros. Mucho más si tenemos en cuenta que arrecian los rumores sobre la destrucción de papeles en la Junta.

Oír a Rubalcaba en el mítin de ayer era comprobar cómo, palabra por palabra, esculpía un monumento a la demagogia más rastrera. Ya fuera porque cree que repetir esa sarta de medias verdades y mentiras completas puede llegar a calar en los votantes (lo cual demuestra su nulo respeto por la inteligencia de éstos), ya fuera porque cree que la parroquia que le escucha está con el mismo ánimo de los años triunfales, Rubalcaba descerrajaba sus críticas contra Cospedal, como si él fuera otro hombre «que nunca estuvo allí» (en el Gobierno). Como si no hubiera sido el que dijo que «él sabía lo que había que hacer para solucionar el problema del paro». Con esta clase de ayudas y si en las Batuecas la justicia y la decencia valiesen algo, Griñán y sus mariachis empezarían a decidir dónde quisieran pasar los próximos años de vacaciones forzosas: si en Alhaurín el Grande o en El Puerto II. Dudo que Arenas les toque un pelo, siguiendo con ello la consigna de su jefe.

Todo mentira(s)

Hace apenas tres meses que perdieron las elecciones –pues no las ganó Rajoy, sino que las perdió Rubalcaba– y tras decidirse en una larga noche de los cuchillos largos quién sería el jefe del cotarro socialista, en la que triunfó la experiencia de RbCb frente a la bisoñez de Carmen de España, la pesoe vuelve a estar en pie de guerra. Sin embargo, la pesoe no tiene prácticamente ningún campo donde guerrear con cierta elegancia. Toda España, desde el 22 de mayo, se ha vuelto de color azul a la espera de lo que ocurra en Andalucía, donde también hay altas probabilidades de que el granero socialista de toa la vía cambie igualmente de color. Además, los hechos persiguen a la actual directiva socialista como las Furias perseguían a Orestes tras matar éste a su madre, Clitemnestra: en las Cortes y en los Parlamentos autonómicos les cierran la boca una y otra vez, a pesar de que ellos intentan colar su demagogia.

El único sitio donde no les cierran la boca es… en la calle. En la puta calle, siguiendo los modos y maneras del sindicalista «golden» José Ricardo Martínez, la suciedad de cuyo lenguaje es directamente proporcional a su cinismo («a mí la declaración de la renta me la hacen los técnicos del Sindicato»). Ahora, a los dirigentes socialistas (y a sus palmeros) se les llena la boca con el derecho de manifestación y reunión, del art. 21 de la Constitución. Oyéndoles hablar, no parece sino que ese derecho lo inventaron ellos. Sin embargo, parece que pasan por alto el hecho de que las reuniones y manifestaciones han de ser pacíficas. ¿Qué culpa tiene el mobiliario urbano de que «los socialistas» decidan manifestarse? ¿O los comercios por donde pasa esa manifestación? Pero nanay. Semos socialistas y las leyes que tratan de impedirnos hacer lo que nos dé la gana nos las pasamos por el forro.

Pero hay un detalle inquietante más. En un país más o menos decente (me da que al 100% no hay ninguno), se permite el derecho de manifestación y reunión, con el límite del mantenimiento del orden público y el respeto a la propiedad privada. Y en el caso de que se intenten traspasar esos límites, las fuerzas y cuerpos de seguridad actúan para restablecerlo. Lo hacen porque están legalmente habilitados para ello (en España, por el art. 104 de la Constitución y la Ley Orgánica que lo desarrolla). Y lo hacen con contundencia si el restablecimiento de la seguridad y el orden público así lo demandan.

Sin embargo, España, mi país, debe de ser el único en que el restablecimiento de la seguridad y el orden en los espacios públicos, función normal de las fuerzas del orden, es considerado por parte significativa de la prensa como brutalidad policial. España, mi país, debe de ser el único en que una parte significativa de la prensa se dedica a jalear a los gamberros (pues no tienen otro nombre) simplemente porque le hacen la puñeta al Gobierno con unas reivindicaciones de mentirijillas.

España, mi país, debe de ser el único en que al cabecilla de la asonada (porque ni «manifestación», ni leches en vinagre) le invitan a visitar la Asamblea Legislativa de la Comunidad, cuando lo que se merece es dos sopapos bien dados por gamberro. Bien es verdad que a veces las Asambleas Legislativas parecen cervecerías llenas de marineros borrachos y con ganas de juerga; pero no creo que haya descendido tanto el nivel como para poner alfombra roja al proyecto de señorito rojo. demostrando el PSPV exceso de alarde y defecto absoluto de arte.

España, mi país, en fin, debe de ser el único en que las fuerzas del orden deben soportar toda clase de insultos y vejaciones por parte de unos niñatos descerebrados a los que sus irresponsables profesores han dado fiesta para que se «manifiesten contra la derecha». Desde este mi pequeño rincón, mi solidaridad con ellos y en especial con el policía al que un «manifestante» (que por no hacer no hacía ya ni la mili) mordió en un muslo. A los políticos de todos los colores, en estos casos, no les importa más que una cosa: «que no haya incidentes graves». Quiere decirse que no haya bajas entre los manifestantes; los policías heridos no importan, pues están para eso. Creerán los políticos que un policía (o miembro de las FCSE) es una farola en la que un perro (antisistema) puede levantar la pata y mearse impunemente. Pero es lógico: ellos no se ponen nunca en el lugar del policía que está intentando contener la jauría y que tiene que soportar toda clase de expresiones soeces y agresiones.

¿El resumen? Tanto en Valencia como en Barcelona, unas asonadas que ante todo han servido para dar visibilidad a la extrema izquierda. Porque a determinada altura de la película ya no importaba que se hubiera descubierto el engaño, a saber, que en el IES Lluís Vives no faltaba la calefacción. Los grupos antisistema se habían posesionado de la (falsa) reivindicación y ya no hacía falta ninguna otra excusa para crear follón.

Por otra parte, el éxito de la acción está asegurado si se tiene un altavoz y se utiliza bien. Internet jugó un papel fundamental en la difusión de fotografías trucadas en las que, como en el famoso chiste de la vaca «nada es lo que parece». Seguro que más allá de las Batuecas, quienes vieran esas fotos (periodistas incluso, avezados ya en el tratamiento de la información). Como decíamos antes, bien jaleadas las fotos de los radicales antisistema de (no lo olvidemos) la extrema izquierda por cierta prensa con presencia internacional, ayudan a dar la imagen de un país revuelto, sacudido por la inestabilidad social. Como todos sabemos de qué prensa se trata, haremos memoria: ¿con qué cara (de cemento armado) se atrevían, hace algo más de un año, a señalar a Aznar y venir a decir que «por patriotismo debía callarse, para no perjudicar la imagen del país»?

Ya lo dijo Carlos Semprún: «Si la izquierda dijera la verdad, dejaría de existir». Y Rubalcaba debería mirar con qué rebaño se mezcla. Puede salir corneado, como le acaba de ocurrir en Madrid: Invictus es perfectamente inofensivo contra Esperanza Aguirre… pero al nuevo secretario general de la pesoe le ha dado un buen repaso. Eso sí: miente, que algo queda. En eso la pesoe nunca ha defraudado.

Rabiosos

Hay que ver, hay que ver… La izquierda que ha perdido las elecciones hace tres meses ha decidido quemar la calle al mejor estilo revolucionario. Nietos de Largo Caballero o Indalecio Prieto, han decidido que les sale más a cuenta arrancarse la máscara de «nos adaptamos a la farsa democrática» y han vuelto por los fueros que gastaban en los turbulentos años 30. Hasta Rubalcaba (un hijo del Régimen, como la mayoría de la actual cúpula dirigente de la pesoe) ha señalado como enemigo a batir a la Iglesia, con sus extemporáneos deseos de «revisar el Concordato» (asunto que hoy por hoy sólo interesa al contingente masónico de sus huestes). Vamos, que sólo le ha faltado añadir a la burguesía (no puede porque muchos de sus camaradas, como la indecible Elenita Valenciano, la Paella, son miembros y miembras de pleno derecho de ella) y al Ejército. Bueno, a este último no hace mucha falta, porque hoy por hoy, al Ejército lo han capitidisminuido de tal manera entre los hunos y los hotros que apenas da bien en los desfiles de su día.

La última, como saben ustedes, es la de chafar el día que muchos en nuestro corazón hemos reservado a las víctimas del terrorismo (que no sólo lo es de las del 11-M, sino de todas y además, es también Día Europeo de la cosa). Máxime cuando parece que el 11-M dista de ser un caso cerrado. Los últimos descubrimientos de restos de vagones, las preguntas muy incómodas que se plantean a la ciudadanía (aunque buena parte de ella todavía prefiera ver en la tele a José Mota)… ¿Se puede adormecer a la ciudadanía de tal modo que ya no quiera saber qué ocurrió en ese día aciago en que un atentado segó 192 vidas e hirió a 1.500 personas? Diríamos que sí se puede: señalando como «fachas» (el insulto preferido de los beneficiarios directos del atentado) a los que nos preguntamos acerca de la verdad cuestionando la sentencia que pretendió cerrar (en falso) el asunto. Se puede, comprando el silencio de determinados mandos de la policía, que estuvieron en el ajo y a los que con un ascenso se puede comprar. Se puede, satisfaciendo la ambición de determinados personajes togados. Se puede, amenazando, coaccionando o haciendo la vida a cuadritos a quienes intentan saber la verdad, como D.ª Coro Cillán. Seguro que en el caso de esta mujer, el procedimiento disciplinario que le quieren montar no sería relevante de no ser ella quien pretende reabrir el caso del 11-M, que al parecer es tabú en las altas esferas judiciales.

Escuchar las sandeces llenas de odio de la señora Pilar Manjón, además de encoger el corazón, conecta directamente con esos Indalecio Prieto, Largo Caballero y Carrillo que declararon la guerra a «los burgueses, los curas y los militares». Conecta con la década en que los totalitarismos de todo signo se apoderaron y enseñorearon de la vieja Europa, convirtiéndola finalmente en un jodido campo de batalla, en el que la mentira guerreaba contra ella misma y dejaba montañas de cadáveres. Atrás quedaban los locos años veinte: era necesario hacer una guerra para que la gente olvidara por qué era pobre, por qué los buenos tiempos de antaño no iban a volver y quién había sido el causante de que la gente que antes vivía más o menos bien ahora chapoteara en la miseria. No es muy diferente a la época actual. Quedan hoy igualmente lejos aquellos ochenta, que según el título de la obra de Ana Diosdado, «fueron nuestros».

La explicación de todo, o como diría Quim Monzó, el perquè de tot plegat, en lo que se refiere a España, es que hay que deconstruirla. No sólo económicamente (somos más pobres hoy que hace 8 años), no sólo políticamente (en la política española hay gente honrada, pero las ratas han sido ayudadas a trepar a puestos desde los que han deteriorado la vida pública a extremos impensables). La doctrina Kissinger exige que España sea destruida incluso espiritualmente: que no quede nadie que pueda sentirse orgulloso de ser español y que se arranque de cuajo esa parte tan importante de España y del ser español que ha sido la religión católica. Sin regla moral en la que mirarse y sin raíces, España como idea y, sobre todo, como realidad histórica, perecerá. Todas estas líneas de ataque están formadas contra España. Y la ventaja de sus enemigos es que quienes deberían formar la primera línea de defensa no hacen otra cosa que contemporizar y decirse «no se atreverán». Y cuando se atreven, resulta que no hay respuesta por el otro lado.

La izquierda, rabiosa por haber perdido el poder (lo único que realmente les importa), se apresta a hacer la vida a cuadritos al Gobierno legítimo (en tanto que surgido de unas elecciones y por tanto, con legitimidad en origen, cuando menos). Digna reacción de los hijos de… Largo Caballero e Indalecio Prieto.

La lujuria al servicio del negocio (musical)

Razones de espacio me impedían contestar en Facebook o en su propio blog al compadre Noatodo, así que permitan ustedes que lo haga desde mi propio espacio. Habla él, en el post que les enlazo, de que de un tiempo a esta parte las discográficas clásicas se han empeñado en vendernos la música metiéndonosla por los ojos, tal vez olvidando que salvo cuestiones sinestésicas, la música entra fundamentalmente por los oídos.

Debo aclarar a mi compadre que eso no es en absoluto una novedad hoy en día, y que lo lamentable es que se haya contagiado a una parcela del arte que creíamos «seria». En otras parcelas, como es el caso de la televisión, algunas series históricas han destacado no precisamente por su fidelidad a la trama histórica que relatan, sino por presentar un alto contenido erótico en su desarrollo como ingrediente fundamental de la historia. Éste parece ser el caso de Los Tudor o, últimamente, la saga del gladiador Espartaco. Debo confesarles que, sin ser mojigato en estos asuntos, me dejó ojiplático una declaración del actor Jonathan Rhys-Meyers, protagonista de Los Tudor: «El sexo vende». Es decir: para Mr. Rhys-Meyers es más interesante que una serie aumente el tamaño del sexo de ustedes en vez de su conocimiento histórico. O que humedezca sus partes en vez de su cerebro (caso de que sean señoras y para que no se nos enfaden la Pajina y la Paella). Otro tanto podría decirse de la música llamada ligera o «pop»: con su atuendo, parece que quieren realzar más el hecho de que son objetos sexuales que no personas cuyo oficio primero es cantar.

Pero lo lamentable es que este criterio, aparentemente trivial, esté calando en una parcela del arte que creíamos «seria» y a salvo de estas veleidades antiestéticas (en mi opinión, y creo que mi compadre también coincidirá). En el teatro y en la ópera ya hemos conocido algunas puestas en escena vendidas como «rompedoras» e «iconoclastas»… que sin embargo ponen de manifiesto la indigencia intelectual y espiritual del escenógrafo, disimulada por la atronadora apelación a los bajos instintos del espectador. Espectador que es insultado en su inteligencia, pues es tratado como un animal sin cerebro o con un pene allá donde debiera ubicarse el cerebro.

Dejo aparte la saña con que mi compadre trata el caso de Anne-Sophie Mutter, sólo por el hecho de haber sido la protegida de Das Wunder. Salvado eso, no dejo de darle la razón y temerme que cualquier día nos sacan a Anna Netrebko (en su defecto, a Nathalie Dessay) en paños menores (o sin paños) en unos highlights de La Traviata. O que en otra portada cualquiera aparezca la intérprete de Salomé, de Strauss (Richard), en una postura comprometida con Jokanaan. O que la fiesta en casa del Conde Orlovsky de Die Fiedermaus se convierta en una especie de orgía donde alguien, maliciosa e inesperadamente, apague la luz. O que la escena inicial de Der Rosenkavalier la interpreten dos hombres en vez de dos mujeres (por aquello de la igual-dá de género) y que se pasen el rato haciéndose ojitos.

Ya sé, ya sé que no hay que dar ideas a escenógrafos y directores de escena de resfriado ingenio y peor intención. Pero bien parece que se han apuntado al nietzscheano nichts ist wahr, alles is erlaubt; de forma y manera que lo único que hacen es mostrar bien a las claras un Occidente (una Europa, en nuestro caso) también culturalmente enfermo. Porque créanme ustedes: un área cultural en que los (presuntos) creadores renuncian a seducir al cerebro para apelar a sus instintos más bajos para poder vender su mercancía averiada está enferma.

Un punto final, aunque ya se lo dije en persona a mi compadre. Respecto del enlace a la puesta en escena de In uomini in soldati, Karajan JAMÁS hubiese permitido semejante puesta en escena, zafia e inane. Y muchísimo menos en Salzburgo, su casa.