Décima personal (I)

Introducción

Hoy me apetece hablarles, para no abusar de la política, de un músico muy especial para mí: el tovarishch Dmitri Dmitrievich Shostakovich. Fue una especie de descubrimiento, facilitado por los buenos oficios de Radio 2 (hoy Radio Clásica). Es posible, incluso, que se tratara del macro-programa El mundo de la fonografía, dirigido por José Luis Pérez de Arteaga, más conocido por el gran público como el locutor de los vieneses Conciertos de Año Nuevo. Demos gracias a Dios de que el malhadado ERE de RTVE no le tocara ni un pelo de las barbas, como sí hizo (entre otros) con Clásicos populares, Fernando Argenta y Araceli González Campa, desgraciadamente.

Les seré sincero y les confesaré que no recuerdo muy bien por qué me acerqué a él. Posiblemente en aquel programa de radio escuchara alguna de sus sinfonías más famosas (la Quinta, la Séptima o la obra de la que les quiero hablar hoy: la Décima en mi menor, op. 93) y de ahí surgió el enganche. Posiblemente sea un caso de esos en que uno oye la música y sigue a ver hasta dónde le lleva porque no puede dejar de oírla (algo que seguramente le ocurrió a mi admirado compadre Noatodo con alguna interpretación de Don Otto, como dice él, o hace ya algún tiempo, de monsieur Philippe Jarousski, de quien se ha declarado incondicional). Naturalmente, por mucho que a mi compadre Noatodo no le termine de gustar, mi versión es un bootleg de Das Wunder con su orquesta, la Berliner. Y digo bootleg porque Shostakovich es verdaderamente una rareza para el maestro austríaco, más centrado en el Romanticismo. Pero para que no se enfade, citaremos la estupenda versión de Haitink, aunque en este caso con la Sinfónica de Londres).

Centrándonos en la cuestión, situémonos en el tiempo. Los primeros bocetos de la obra datan de 1946; pero la obra, tal como la conocemos, fue compuesta entre julio y octubre de 1953, apenas 7 meses después de la muerte de Stalin. Por eso la crítica es unánime en denominarla la sinfonía del deshielo.

Shostakovich llevaba 8 años sin componer una sinfonía: la Novena (1945), que los capitostes del Partido pretendieron majestuosa al efecto de celebrar «la victoria del Ejército Rojo en la Gran Guerra Patriótica», resultó ser una burla. Luego, la purga de Zhdánov (1948) le despojó de todos sus privilegios como compositor (se dieron cuenta: nada queda impune para el Partido). No era cosa de despertar nuevamente las iras del Partido, y en ese período se dedicó a la música de cámara y concertante, menos «peligrosa» y, sobre todo, menos pública.

Muerto Stalin, en cambio, parecía que se abría una nueva época, un nuevo tiempo, como dicen ahora los pedantes. Así lo entendió Shostakovich, que se puso manos a la obra y, siendo como era un compositor extremadamente veloz, terminó la obra en 4 meses. La estrenó el gran Yevgeny Mravinsky, amigo personal del compositor, en Leningrado (hoy San Petersburgo), el 17 de diciembre de 1953, fecha que extrañamente (o no) coincide con la fecha gregoriana del cumpleaños de Stalin.

Enigmático como siempre, cuando se le preguntó acerca de si la sinfonía tenía programa, dijo «Cada oyente tendrá que descubrirlo por sí mismo», que es casi como mantener el secreto, porque a cada oyente la música nos sugiere diferentes imágenes y conexiones.

La obra

A mi modesto entender, hay varias palabras que cuadran a esta obra, aunque en realidad podrían predicarse de buena parte de la producción del camarada: desesperación, miedo, ferocidad, melancolía… y también esa alegría banal tan cara al llamado «realismo socialista», aunque con bastantes reservas, por lo que luego diremos.

El elenco orquestal que convoca Shostakovich para esta obra es el habitual en él: una orquesta completa, bien surtida de percusión y en la que sólo faltan instrumentos como la celesta, el arpa o el órgano, que no casan muy bien con el carácter de la obra. Veamos con algún detalle la obra.

I. Moderato

El largo movimiento inicial se compone, a nuestro entender, de tres secciones bien diferenciadas. La primera, presidida por este tema, que es el motor de toda la sinfonía:

Después de la sección introductoria de las cuerdas, se inicia una nueva sección. Esta vez es el clarinete solista el que enuncia el tema de la sección. Un tema desolado, dentro del estilo del camarada Shostakovich. Uno no puede dejar de imaginarse la helada tundra y alguien caminando lentamente en medio de la nada:

Esta sección llega al clímax y cierra con un motivo enunciado por el clarinete. En la transición intervienen también fagot y contrafagot. Da paso a una nueva sección, en la cual la flauta enuncia el tercer tema del movimiento. Es una especie de vals renqueante, que recuerda un poco la expresión castiza de «bailar con la más fea».

La sección de desarrollo se basa en estos dos temas. En el momento culminante del desarrollo se oyen los dos temas: una variación del de la flauta (trompas) y del clarinete (cuerda). Nuevamente hallamos aquí la ferocidad y el carácter reconcentrado y deliberado de la música que estamos examinando.

El desarrollo termina de la misma forma que la sección basada en el tema del clarinete. Queda, finalmente, La reexposición es relativamente breve y su existencia justifica que algunos críticos consideren este movimiento como una sonata (dos temas, desarrollo, reexposición y coda, aunque Shostakovich no se ciñe aquí totalmente a ese modelo). En la coda, finalmente, aparecen dos flautines que nos remontan a los primeros compases del acompañamiento del tema clarinete, devolviéndonos a la desesperación, al susurro y al silencio.

Huelga cabo

Da vergüenza ajena tener que hablar de lo que ocurrió ayer. Los sindicatos de clase alta se pusieron estupendos y se fueron a la huelga. O huelguita cabo (ni general, ni coronel, ni teniente siquiera), más bien. Decretaron ellos, sin más, que todo el país debía pararse. El motivo «oficial» fue la reforma laboral del PP, aunque ya hace muchos días que sabemos que eso es una burda mentira. El verdadero motivo, como todo el mundo sabe a estas alturas, es el recorte de recursos públicos a los sindicatos: entre ellos, la pérdida del monopolio de los cursos de formación, suculenta bicoca que a los parados, que se sepa, nunca les ha servido para encontrar empleo, pero que ha llenado generosamente los bolsillos de los sindicatos. O la primacía de los convenios de empresa sobre los sectoriales.

De ahí que ayer la jornada fuera prácticamente normal. Quiere decirse que muy pocas personas, aparte de los liberados, que sólo trabajan cuando gobierna la (presunta) derecha, siguieron la huelga. En ese sentido es verdad que la huelga fue un éxito: un 85% de los liberados la siguió. Del resto, de los trabajadores de a pie, de los autónomos que cada día madrugan para abrir su local y ganarse el sustento, ninguno creyó oportuno subirse al carro sindical. Y añadimos más: si la reforma laboral, que posiblemente presente aspectos mejorables, no hubiera tocado esas prebendas sindicales, el Duque de Rolex y el Marqués de los Cruceros hubieran seguido durmiendo plácidamente.

Dicho esto, pasemos a considerar otro aspecto. ¿Cómo puede ser que los sindicatos de clase alta, a medida de los cuales está hecho el entramado legal y económico que los sustenta, convoquen una huelga general y el pueblo, ese desagradecido por «los cuarenta años de lucha sindical», hace caso omiso de la convocatoria? Eso no se puede consentir. Por consiguiente, hay que estimularlo a que acompañe a los sindicatos en la gloriosa defensa de los derechos de los trabajadores (y trabajadoras). ¿Y eso cómo se hace? Se usan los medios habituales: silicona en las cerraduras y candados, agresiones y coacciones a trabajadores (y trabajadoras) que no quieren seguir la huelga porque consideran más importante dar de comer a su familia… todo el catálogo, vamos. Que es natural, digo yo, cerrar la tienda cuando a la puerta se te colocan veinte (o más) energúmenos y energúmenas berreando «¡Huelga! ¡Huelga! ¡Huelga!». Ante la perspectiva de que a uno le rompan la luna, a nadie se le exige que sea un héroe y lo suyo es cerrar.

Finalmente y para entendernos: sindicalista es un señor que sólo se manifiesta cuando gobiernan los que le dicen que son «la derecha», que no respeta el derecho al trabajo de los demás y que se cree impune para coaccionar a quien le parezca para que le siga la corriente.

En otras partes no sé. Pero aquí en Tarragona, a eso de las 8 de la tarde aparecieron no ya los sindicalistas, sino los antisistema. La gracia estaba en las banderas que portaban: la pirata, que delataba bien a las claras sus intenciones e incluso, algún indocumentado del 15M, banderas de la extinta Unión Soviética. Seguro que el Padrecito les hubiera dejado manifestarse si hubiera tenido que aplicar unas medidas semejantes a éstas. Y seguro que el tontolaba que portaba esa bandera no tenía puñetera idea de lo que enarbolaba.

¿Necesitaban los sindicatos a los antisistema y demás gamberros de variado tamaño y pelaje? Sí, claro que sí. Por un precio módico, los alborotadores profesionales y ocasionales se juntan para quemar contenedores, romper cristales y correr tras la policía. Más aún sabiendo que la factura de los destrozos la pagarán los vecinos y no los sindicatos. Es la forma de que al día siguiente se hable de una jornada que sería perfectamente olvidable si no fuera por estos incidentes. Vean una pequeña muestra que tomó un servidor de ustedes, a una distancia razonablemente segura:

Por si queda alguna duda; SINDICATOS SÍ, PERO ASÍ NO.