Serpiente roja de verano

Todos los veranos hay una noticia que, según la frase consagrada, se convierte en serpiente de verano, cuya virtualidad es no durar más allá de la calurosa estación. Durante estos últimos años ha habido serpientes de verano de los más variados tipos, tamaños y pelajes: desde rumores del corazón hasta noticias de calado más serio. A medio camino, a nuestro entender, se sitúa la noticia que hoy nos ocupa.

Trata la noticia del asalto y robo «acción revolucionaria de reivindicación como propiedad del pueblo de una superficie comercial», con agresión a «lacaya del capital» honrada trabajadora de la misma incluida. Lo sorprendente es que el Curro Jiménez del siglo XXI al frente de la cosa es el alcalde de la villa de Marxinaleda, Juan Manuel Sánchez Gordillo y los autores materiales unos 200 valientes muchachos, autodenominados «sindicato» y que, como es habitual, no representan a nadie más que a sí mismos.

De cualquier modo, no hay que sorprenderse mucho. El que avisa no es traidor, dice el dicho. Sánchez Gordillo ya dio muestras de estar imbuido (más bien emborrachado) de toda esa retórica revolucionaria de la acción directa y de la toma del Palacio de Invierno en el acto de su juramento o promesa como parlamentario autonómico. Entonces hubo mucha gente a quien le entró la risa floja y a no pocos les vino a la mente la palabra «payaso». Hoy las cosas presentan un cariz mucho más feo y el valiente alcalde de Marxinaleda podría ser acusado de cometer e incitar a cometer un delito de robo.

Como dice Hermann Tertsch en su columna Montecassino del día 10 de agosto (la negrita es nuestra):

«(…) Con mucha ideología y manipulación de la ignorancia, la apología sistemática del frentepopulismo ha hecho mucho daño a la cultura política de este país. Y aumentado el nefasto prestigio de eso que se dio en llamar la acción directa: desde un saqueo, una ocupación, una paliza o un secuestro a –¿por qué no?– el crimen. El grotesco espectáculo dado por el alcalde de Marinaleda va en ese sentido. Se trata de animar al mayor número de ciudadanos posibles a cruzar las líneas rojas de la violación de la ley. Y cuestionar la propia validez de las leyes violadas. Primero las de la propiedad. Y las del orden público. Y llegado el momento se pondrían en cuestión todas. Acabar con el imperio de la Ley y con el Estado de Derecho es el principal objetivo de cualquier fuerza revolucionaria. Y da la impresión de que en sectores radicalizados de nuestra izquierda ya se ha declarado enemigo al Estado de Derecho

Para entenderlo, que no justificarlo, habría que acudir a un tópico específicamente andaluz: la popularidad del anarquismo en el campo andaluz, justificada por los abusos de los señoritos (que hoy votan o pertenecen en su mayor parte al PSOE, curiosamente). Quizá por eso en Andalucía no se ha producido una reacción apreciable, fuera del distanciamiento público de los socios socialistas y del silencio de Diego Valderas, coordinador general de IU en Andalucía. En Madrid sí; pero en fin, a Llamazares ya lo conocemos.

Pero tal como pone de relieve Tertsch en las líneas que hemos transcrito, lo peligroso no es tanto el revival de las «alegrías revolucionarias» de 1917 o de 1931, sino el carácter de ejemplo que pueden tener esas acciones revolucionarias hoy en día, con un umbral reconocido de 5.700.000 parados y de 11 millones de personas que viven en el umbral de la pobreza (sí, según Cáritas). Personas pertenecientes a la antes extendida clase media que hoy, gracias a los políticos y otros bergantes vestidos de lagarterana, se ven en el dilema moral dar de comer a sus familias o de cometer un delito.

Además del carácter propagandístico de la acción, hay otra dimensión. Sánchez Gordillo no para de berrear «Zoi aforao». Es clarísimo que esa expresión va dirigida a los ignorantes: lo que éstos interpretan sin esfuerzo es «soy intocable y hago esto porque a mí no me van a tocar un pelo». No es muy distinta la actuación a la de cierto Joan Puig, que hace unos cuantos calurosos veranos intentó allanar la residencia de Pedro Jota en Mallorca, carnet de diputado en la boca. Con los demás no cuela, desde luego: eso sólo significa que por su cualidad de parlamentario autonómico no le enjuiciará un Tribunal cualquiera, sino el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía. Pero para ello, como siempre, harán falta dos cosas:

  • que los funcionarios del senyor ministre reciban la orden de cumplir con la misión que les encomiendan las leyes.
  • que la Justicia juzgue y condene a este señor, que ha pretendido presentarse como el Curro Jiménez del siglo XXI (eso sí, con cargo electo y viajes en first class) y no es más que un delincuente que apela a una presunta razón superior.

Que por otro lado, lo que no dice el alcalde de Marxinaleda y revolucionario de tres al cuarto es también «Zoi zuvencionao» y no sólo por lo que él recibe como diputado y demás, sino por las cantidades que le llueven al sindicato del que es patrón pueblo tanto desde la Junta como desde el Estado. Pero ya es sabido, y es cosa que también decía Maggie, que el socialismo solamente es boyante cuando funciona con el dinero de los demás y que cuando se acaba el dinero, se acaba el zozializmo.

Hablando de eso, ayer falleció el actor Sancho Gracia, quien encarnara para la posteridad precisamente al bandolero de la época napoleónica, a los 75 años y debido a un cáncer de pulmón que padecía desde hacía tiempo. Quizá ha sido casualidad; pero poéticamente se podría decir que el actor no ha querido presenciar en vida la degradación del personaje por el que siempre le recordaremos en las barbas marxistas del alcalde de Marxinaleda.

Le petit Fouché

Nuestros peores temores han sido confirmados. Ya en este blog anunciábamos las semejanzas de Joseph Fouché, tenebroso personaje que contempló con mirada fría e inexpresiva el paso de tres generaciones de políticos (Revolución, Imperio y Restauración) a las que supo dominar jugando con sus trapos sucios, con Alfredo Pérez Rubalcaba, casi igual de insumergible que su avant-passé francés.

Tras estallar el escándalo de las presuntas escuchas, tenemos una semejanza más: el convencimiento de ambos de que la información es poder, y que no importa por qué medios se obtenga ese poder. Fouché había articulado una red de informadores que cubría toda Francia y parte del extranjero. Curiosamente, no a nosotros. A Fouché, frío e intelectual pero no libre del todo de esa estomagante grandeur francesa, los españoles no le parecíamos suficientemente importantes en la cosa militar (nuestro ejército eran «sólo partidas de bandoleros») como para inquietar al Empereur, y por eso Napoleón fue expulsado de España. Eso sí: con la inestimable ayuda británica, que se ocupó además de eliminar la competencia comercial haciendo saltar por los aires nuestras Reales Fábricas de Tapices de Segovia y Salamanca.

Asimismo, Rubalcaba llegó al Ministerio del Interior para cerrar las goteras que se producían mientras su antecesor duró la dirección de ese Ministerio. Porque José Antonio Alonso, al parecer, antes que socialista era juez. Y esa formación jurídica imbuye un respeto básico por el ordenamiento jurídico que impide moralmente actuar contra la ley o, cuando menos, crea un remordimiento insoportable por actuar contra ella. Para que me entiendan ustedes, se parecería a romper el condicionamiento de un doctor Suk de los que aparecen en la saga Dune de Frank Herbert (el personaje Wellington Yueh, interpretado por Dean Stockwell en la película de David Lynch, es el caso). Hacía falta un sujeto que no tuviera escrúpulo moral alguno en hacer lo que el Partido demandaba, que fuera socialista ante todo y por encima de todo, incluso de la Ley. Y ese sujeto, frío como un pez y doctor en Químicas, era perfecto para lo que necesitaban ZP y su entorno. Su fama le precedía: portavoz socialista en los peores casos de corrupción de nuestra democracia y factótum en la época zapatera tras la caída de la Voguemomia, era sin duda el más indicado.

Por algo dijimos, cuando nombraron a Rubalcaba, que ponerle al frente del Ministerio del Interior era como poner al zorro a guardar el gallinero. Sobre todo el gallinero de Interior, en el que la línea entre el bien y el mal suele volverse bastante borrosa (ambigüedad en la que Rubalcaba se mueve como pez en el agua). Resuenan aquí las palabras del Profeta de Khalil Gibran (cito de memoria):

Hablaré del bien que hay en vosotros,
mas no del mal.
Pues, ¿qué es el mal sino el bien
atormentado por su propia hambre y su propia sed?
En verdad, cuando el bien tiene hambre
se alimenta en oscuras cavernas,
y cuando tiene sed
bebe hasta de las aguas estancadas.

Al parecer, esas oscuras cavernas y esas aguas estancadas son el hábitat natural de Rubalcaba. Quizá, al saltar el escándalo del Rubalgate, el hombre de la guadaña ha decidido que ya es tiempo de que salga de ahí porque su cometido puede haber terminado.

Comentario a Edurne II

Tal y como les prometí, aquí va la segunda parte de la entrada anterior.

¿Modus operandi? Uno: controle usted a la prensa local, que es la que mucha gente lee junto con un diario de tirada nacional, vía subvenciones directas e inserción de publicidad institucional. No se atreverán a decir ni pío contra las cacicadas que usted se dedique a perpetrar por miedo a no saber si vivirán para ver el mes siguiente cuando usted les corte esa importante fuente de ingresos. Importante también: consigna no escrita es que ningún medio desafecto debe aparecer en los bares donde el rebaño pueblo toma el café o la caña (o más de un café o más de una caña: seamos amplios). En la misma dirección, si en el local hay una televisión, ésta no debe emitir imágenes de medios nuevamente desafectos. El rebaño pueblo sólo debe tener una versión de la realidad, con ligeros matices dependiendo del lugar en que se emita y de la presunta ideología del mismo. Y ése es el papel de su medio de usted. No hay contradicciones con la realidad cuando la única vía de información real es la suya.

Otro tanto se diga de los medios audiovisuales. Usted debe tener uno y éste debe ser instrumento de su política, por encima de otros que la «democracia» permita crear. Hoy la censura se llama «línea editorial», y en Cataluña, «editorial conjunto». Si usted, propietario de un medio de comunicación, se permite el lujo de no acudir al toque a rebato del poder para la defensa nacional (catalana) o el progresismo (en otras regiones), verá usted cómo se quedará sin licencia para emitir; o, si le dejan seguir emitiendo, verá cómo le hacen la vida a cuadritos (actividad que es una verdadera adicción para ciertos elementos incrustados en la Administración). Incluso puede ser que le metan en una lista negra y por esa sola razón le nieguen subvenciones y le resuelvan recursos en contra cuando pida o proteste. Hasta que se canse. La Administración no tiene prisa cuando cumple órdenes políticas; recuérdelo.

Dos: metidos así en el bolsillo aquellos medios cuya obligación fundamental es proporcionar al rebaño pueblo una instantánea diaria veraz de la realidad, tiene usted el camino expedito para proveer al pueblo de ideología en vez de información. En el caso catalán es la construcció nacional, que desde este blog ya hemos denunciado que no se trata sólo de Cataluña, sino de lo que los ceballuts llaman «Països Catalans»: es decir, a Cataluña hay que añadir Valencia y Baleares, así como una parte de Aragón (la Franja, aunque dudo mucho que se quede ahí el proyecto, mal que les pese a los maños). El fantasma de conceptos nacionalsocialistas como el de lebensraum vuelve a cabalgar disfrazado de «construcció nacional». Así pues, todo lo que favorece a ésta es bienvenido en los medios, mientras que lo que la perjudica, como los recortes y los rescates y todas esas molestas «medidas de ajushte» es calificado de atacs feixistes a la nació catalana –en el caso de otras regiones se puede vender como «ataque (fascista, of course) al derecho a la autonomía de la región»–. El acoso es de tal calibre que uno o bien se convence o bien deja de ver y leer los medios afectos.

Y tres. Naturalmente, la joya de la Corona: actuar directamente sobre el rebaño pueblo. Esto se consigue de dos maneras: la primera, dividiendo a los ciudadanos en buenos y malos. O en «progresistas» y «fascistas», en «abertzales» y «txakurras», o en «catalans de soca-rel» y «xarnegos» o «españolistas». Y enseñar desde pequeños que, en la práctica, el país conocido no es España, sino la Comunidad Autónoma. «España» sería, según el estándar del Conocimiento del Medio, una entelequia general, pero no real. Por eso en Cataluña se enseña a los más pequeños y a los nouvinguts («newcomers»), que el país en el que se hallan es Cataluña y no España.

Que ésa es precisamente la otra forma de actuar sobre el rebaño pueblo: la educación, que los niños tragarán porque no tienen defensa alguna y muchos padres, de clase media y recursos económicos también medianos, aceptarán porque no tienen el dinero suficiente para litigar contra la Administración (aunque ciertamente hay quienes lo han intentado y el éxito, por ahora, ha sido medianejo). El efecto oveja y el temor al estigma social harán el resto. Otro éxito de la dictadura nacional-socialista que se padece soterradamente en algunas partes de España. La educación, además, es otro cierre del sistema: permite su perpetuación. Si a un niño se le enseña a obedecer en vez de a esforzarse y pensar, andando el tiempo se integrará sin problemas en la maleable masa borrega en la que anteriormente militaron sus padres. Los perfectos ciudadanos-bonsais.

Para eso sí han servido las autonomías, miren ustedes.

Comentario a Edurne

En su columna del sábado en ABC, Edurne Uriarte se pregunta para qué han servido las autonomías. Y no podemos sino compartir sus respuestas. A fecha de hoy, 2012, resulta que el modelo de Estado que nos vendieron, que «iba a acercar la Administración al ciudadano», que «integraría a todos los pareceres en una España plural» y otras zarandajas que se decían durante el clandestino proceso constitucional, no ha servido para nada de eso.

Para empezar, los nacionalistas no se integraron jamás en esa pretendida «España plural». Desde el mismo momento en que Tarradellas, que fue bastante más leal que Pujol (cuestión de estatura, y no sólo política) pronunció las seis célebres palabras («Ciutadans de Catalunya: ja sóc aquí!»), los nacionalistas de CiU se dedicaron a lo suyo, que era avanzar en la independencia, y a jugar a dos barajas. Aparte de crear el engranaje del oasi, que tan bien ha funcionado durante treinta años, los 23 años de pujolismo no han servido para otra cosa que para tensar la cuerda de la cohesión nacional. Una sabia combinación de victimismo y amenazas ha servido para que Madrit se plegara siempre a sus deseos, unas veces por conveniencia, otras veces por exceso de autocomplacencia. Otra cosa es que si consideramos la integración como «aceptación de la invitación al banqueteo presupuestario», necesariamente hemos de admitir que sí se integraron, ya lo creo. Tanto, que ya han solicitado el rescate, aunque en tierras catalanas se venda la cosa como que «Madrit nos va a restituir ahora lo que nos ha robado siempre».

¿Y qué hay de lo de «acercar la Administración al ciudadano» y bla-bla-bla? Tras treinta años de modelo autonómico, constatamos que la Administración se ha acercado, pero sólo a algunos ciudadanos. A todos esos que han conseguido contratas a dedo, o puestos de asesores a dedo sin necesidad de saber hacer la O con un canuto pero con el carnet del partido en la boca. A todas esas Cajas de Ahorro, que los políticos autonómicos sin excepción (y en todo lo ancho de su espectro parlamentario, que tiene narices la cosa) habían convertido en su Banca particular (lo hemos visto con Bankia y ahora también con CCM). A todos esos políticos, en fin, que han creído que podían hacer de su Comunidad Autónoma su taifa particular, dedicándose con afán imitador de Cataluña y País Vasco o poniendo a prueba su creatividad a crear su estadito propio. A los demás ciudadanos de a pie resulta que la Administración sólo se nos ha «acercado» para freírnos a impuestos, destinados en su mayor parte a sostener todo ese aparato de empleados públicos suntuarios en todos los niveles administrativos.

La imagen que se me viene a la cabeza es la siguiente: imagínense ustedes un mapa de nuestra acuchillada piel de toro. Imaginen ahora que han aparecido unos globos en cada región. Se van hinchando, y nadie hace nada por detener esa hinchazón. Llega un momento en que los globos se han hinchado de tal manera que ni caben dentro de sus límites ni los que insuflan aire a los mismos pueden seguir haciéndolo porque ya no tienen espacio para respirar.

La burbuja

Además de todo lo anterior, hay un tercer factor que creo necesario incluir en el análisis: la burbuja. Pero no la burbuja inmobiliaria, esa tan cara a los progres, que cuando estaba en su apogeo la susodicha no se oyó a ningún progre protestar. Menos aún a la Paella, cuyo maridito es o era el orgulloso propietario de una inmobiliaria. No, nos referimos a esa burbuja. Nos referimos a la burbuja en que vive la casta política, con sus adherencias bancarias, judiciales y mediáticas.

Es una burbuja con cáscara de cemento armado, de forma que sólo los que están dentro de ella pueden modificar sus condiciones ambientales. Ningún ruido exterior llega hasta donde la casta y sus adherencias deciden, de espaldas al pueblo, el destino de la nación. Y podríamos decir más: dentro de la burbuja sólo algunos de ellos pueden provocar verdaderamente el cambio. Los demás están ahí dentro, premiaditos por servicios prestados al Partido Único Bicéfalo y sobre todo, calladitos, no sea que los tilden de «verso suelto» y los echen a patadas. En esa burbuja es de patanes mencionar que tal vez el pueblo debería saber algo de lo que se cuece ahí dentro y ciertamente provocaría su expulsión.

Más aún. El cierre de seguridad más valioso de esa burbuja son los medios de comunicación… social. Medios que deberían estar pensando en deberse a la sociedad, pero dado que están comprados o controlados en buena parte por la casta, se debe a ésta y toda su actividad se centra en entretener (nada de «informar» y mucho menos «formar», qué cosas tiene usted, caballero. Un pueblo informado y formado nos obligaría a quitarnos la máscara y eso no nos lo podemos permitir… aún). Es decir: en desinformar, en desviar el interés y en proveer a la masa borrega de conocimientos perfectamente inútiles que le hagan creer que «está al día», como ya escribiera en su momento Ray Bradbury.

¿Sociedad civil?

La prensa sería, en fin, el ariete que la sociedad civil podría utilizar contra la burbuja al efecto de abrir un boquete. Pero la situación es justamente la contraria: es la burbuja la que utiliza a la prensa contra la sociedad civil. Esto nos lleva a otra cuestión importante: ¿sociedad civil? ¿De qué sociedad civil hablamos, por el amor de Dios (o por Jakin y por Boaz, para citar lo que hoy está de moda en las altas esferas en materia religiosa)? De otras regiones no puedo hablar (aunque seguro que hay concomitancias); pero en Cataluña, desde luego, si hubo alguna vez una sociedad civil, hoy está casi por completo estabulada. De otro modo, es decir, con una sociedad civil (que supongo será «civil» para contraponerla a la «política») fuerte y bien cohesionada, el caso Palau no hubiera podido ocurrir de ninguna de las maneras. Ni ése, ni el Pretoria, ni otros que puede ser que cobren nueva vida tras años de estar muertos en los Juzgados. El modus operandi daría para otro post, que les prometo aparecerá en breve.