Bolinaga


Sin duda, es el apellido de moda estos días. Sí, ya sé qué me van a decir ustedes: que no es solamente «Bolinaga», sino Uribetxeberría Bolinaga. Los apellidos de alguien presuntamente perteneciente al género humano y uno de los captores de José Antonio Ortega Lara, el señor de los «532 días». Ese hombre que al parecer va a salir de prisión por «padecer una enfermedad terminal», diagnóstico que se está poniendo en duda. Y que lo va a hacer porque, como dijo el maestro Carrascal, «no somos como ellos».

Por supuesto que no lo somos. Sin embargo, el argumento tiene un pequeño fallo: el maestro Carrascal omite que entre el «no somos como ellos» y el «somos como ellos» hay una inmensa zona gris por la cual transitan muchos Estados y cuya división es establecida mediante los criterios «legalidad» y «moralidad». No es una división rígida, desde luego; y en no pocos casos existen acciones que no tienen cobertura de la una o de la otra, si bien es cierto que en estos tiempos que corren la moralidad cotiza a la baja y para determinadas personas o situaciones es prácticamente prescindible.

A partir de ahí, la cuestión es la siguiente: ¿cuánto poder es posible ceder sin que los beneficiarios de esa cesión no tomen al Estado por el pito del sereno y le den por rendido? Francia o Alemania no tienen piedad con los terroristas, y sin embargo no se hacen campañas contra ellos por el trato dispensado a éstos, sean islámicos o no.

Todo lo cual me hace recordar haber oído ese apellido en otro contexto. Concretamente, en relación a cierto teniente coronel (entonces) de la Guardia Civil, de cuyo nombre tuvimos noticia porque al parecer, estuvo machacando a un inferior con grado de teniente (entonces) y que hoy, ascendido a coronel, machaca las teclas en Toledo. Qué extrañas coincidencias tiene la vida. O no.

Patxi se larga

A partir de hoy habemus notitiam por lo menos durante tres meses. Patxi Nadie ha decidido que ya no puede más y, tal como resalta ABC, «tira la toalla». Todos los ojos estarán puestos en el País Vasco por lo menos hasta el 21 de octubre, lo cual sin duda servirá para tapar las verdaderas noticias, de acuerdo con el cínico pero verídico aserto de Lord Northcliffe («Noticia es todo aquello que alguien en algún lado no quiere que se publique; lo demás es sólo publicidad»).

Parece ser que el adelanto electoral obedece a una razón principal: impedir la efectividad del voto del llamado exilio vasco. Las discusiones sobre el mismo concepto de lo que sea «exilio vasco» retratan a quienes discuten. Por un lado, quienes lo niegan: lo hace la izquierda destronada, para dar fuerza a su mentira del «fin del terrorismo» y del «éxito del proceso de paz». En este bando milita también, curiosamente, Jon Juaristi, un señor de San Sebastián que vive y trabaja en Madrid, en la odiada España. Y digo sorprendente por ser él el autor de esa excelente disección del imaginario nacionalista que es El bucle melancólico (y de una continuación, Sagrada Némesis, que a día de hoy creo que está descatalogada). Y en el otro bando, los que consideramos que el exilio vasco sí ha existido: como colectivo de personas que tras un período de presión ambiental por todos los medios (incluido el asesinato), han decidido que su lugar está lejos de la tierra que los vio nacer o crecer. El clásico «o te vas, o te callas, o te mato».

Y Patxi se larga, después de haberse blindado una jugosa pensión de exlehendakari. Naturalmente, no iba a ser menos que sus homólogos catalanes, que desde 2003 tienen garantizado el 80% del sueldo que cobraban en activo. Lo cual no deja de ser una vergüenza, tratándose de personas que en realidad no lo necesitan (Pujol o Maragall, originarios del rovell de l’ou de la burguesía nacionalista catalana, antes devota franquista), o que fuera de la política no tienen dónde caerse muertos (Montilla y también el actual president Mas).

Un poco de historia

No sé si ha llegado el momento de hacer balance de una legislatura que a duras penas puede considerarse «constitucionalista». No obstante, en nuestra opinión hay que mirar un poco hacia atrás: concretamente, al momento y circunstancias en que Patxi López asciende a presidente regional del PSE. Patxi López es el sucesor de Nicolás Redondo Terreros, de la mano de ZP. Pero no lo es conforme a un proceso democrático y/o representativo: unas primarias, por ejemplo. En absoluto: ZP defenestró a Redondo, Jr. porque según la apestosa, consagrada y gramaticalmente incorrecta expresión, «hacía demasiado seguidismo del PP».

Pero no sólo eso: todo tenía que cambiar en el mapa político vasco de 2005. Y vaya si cambió. Había que romper el verdadero frente constitucionalista que en aquellos años formaban el PSE y el PP. De un lado, Redondo Terreros; de otro, María San Gil, apoyada hasta 2004 por Jaime Mayor Oreja, el mejor ministro de Interior que España ha tenido en el período que algunos todavía llaman «democracia», y después por sus convicciones y principios. Ése sí habría sido un pacto que podría haber acabado con el terrorismo de verdad, sin negociaciones ni precios políticos. Pero a alguien no le interesaba ese pacto, lo cual sin duda pudo haber «justificado» el atentado del 11-M (entre otras razones que probablemente no haya que buscar en suelo nacional ni en «desiertos lejanos»).

Demos ahora un salto a 2009. La situación ha dado un giro radical: ZP hace un año que ha ganado, incomprensiblemente, las elecciones de 2008. También hace un año de la excursión ultramarina de Rajoy en la que, previsiblemente, le metieron en la logia. María San Gil ha sido vilmente defenestrada por sus compañeros de partido tras una campaña infame, en la que destacan los exabruptos del hoy flamante Secretario de Estado de Cultura, el burlón Arribaspaña del también flamante hoy Ministro de Turismo y la puñalada de Labiotoldo Sánchez Camacho. Asimismo, se procede a laminar a los elementos del PP-verdadero, es decir, a los que creen aún que la política debe incorporar principios morales. Mayor Oreja, Iturgaiz y otros representantes de esa corriente son enviados a Bruselas para que no estorben la labor de los basagoitis y demás comparsa. Y a los que por trayectoria política no los pueden mandar a Bruselas, los aíslan o son objeto de mobbing político (señaladamente el caso de Nerea Alzola).

Planteadas así las cosas, la legislatura de Patxi López se ha caracterizado por el apoyo sin fisuras al mal llamado proceso-bajada de pantalones de ZP. Así, subraya con silencios o con declaraciones vomitivas los distintos jalones de ese «proceso», o incluso con acciones de propaganda, como la de impedir la entrada de dirigentes del PP en la capilla ardiente de Isaías Carrasco, asesinado por ETA y cuya muerte huele que apesta a gato encerrado.

Hoy

El último paso que faltaba por dar en el cambio del mapa político vasco era el de convertir en verdaderos
hombres de paz a los asesinos etarras y a su konparsa civil. Terroristas vestidos de lagarterana con mando en plaza sin intermediarios. Se trataba de ofrecerles en bandeja todo lo que ellos quisieron conseguir aunque fuese a tiros. Y se consiguió, desde luego: tras la conferencia de los pavos al Currin los asesinos etarras «declararon unilateralmente el fin del terrorismo». El comunicado que emitió en aquella ocasión el PP es la prueba de que las víctimas del terrorismo ya no eran una prioridad y de que también molestaban al PP en sus manitas bajo la mesa con el PSOE. No es sorprendente que la indocumentada de Elenita Valenciano defienda como éxito de Patxi el famoso «proceso de paz».

En el plano jurídico han sido necesarias tres sentencias: dos del TC y una del TEDH. Las dos primeras, las de legalización-bendición de Sortu y Bildu, las marcas blancas de ETA (ignominia que un servidor de ustedes espera que quede en los anales de la Historia de España). La del TEDH, por su parte, se refiere a la desautorización de la Ley de Partidos, contra la que Adela Asúa, aún magi-astada del TC designada por los nazionatas vascos, ha cargado desde que aceptó el cargo.

Sólo queda que ETA aparezca en escena con una lehendakari de transición, como es Laura Mintegi, la que calentará la silla mientras llega Otegi, el mesías de Euskal Herria. El bloque constitucionalista está virtualmente deshecho, gracias a la miopía y falta de altura de miras de sus dos protagonistas principales. Volverá el PNV y volveremos a la comedia de sacudir el Gernikako arbola, que no sé si será un nogal, pero desde luego se le parece mucho.

Las cosas no han mejorado políticamente en las tierras vascas (aunque es la cuarta CA en términos de buena administración económica). Para pensarlo.

Comentario a D. Andrés Ollero Tassara

Me ha merecido una especial atención la Tercera del ABC escrita por D. Andrés Ollero Tassara, pues es la primera vez que D. Andrés se pronuncia como Magistrado electo del TC. Con gusto le he leído en ocasiones anteriores; sin embargo, esta vez creo que debo discrepar de algunas afirmaciones que vierte en su artículo.

Comienza D. Andrés discrepando de aquellos que opinan que Eugeni(o) Gay Montalvo, a causa de su religión católica, no debería «defender la ley del aborto». En esta afirmación entran en juego, a mi entender, dos preceptos: por un lado y como bien señala D. Andrés, el 16.2 de la CE, en unión también del art. 14. Lo que viene a decirse, por tanto, son dos cosas: la primera, que nadie podrá ser obligado a declarar sobre su ideología, religión o creencias; y segundo, que el profesar una determinada ideología, religión o creencia no debe ser objeto de discriminación.

Al efecto quisiera traer a colación unas palabras que a mi entender describen exactamente cuál es nuestra situación en España y, por ende en Europa, en este punto (negritas y comillas nuestras):

«No obstante, aunque la religión y la moral cristianas son atacadas virtualmente, no existe en Norteamérica el desprecio que se advierte en Europa y la religión y las Iglesias tienen, a pesar de su crisis, una notable vitalidad. Como observara en el siglo XIX Tocqueville, en Estados Unidos, heredero directo de la Ilustración, no de la Revolución Francesa, la religión forma parte de la cultura. Por eso a muchos europeos les sorprende y les molesta que el actual Presidente Bush (la primera edición del libro apareció en 2004) no tenga reparo en rezar en público y ridiculizan y presentan su fe como a weapon of mass destruction. Al jefe del Gobierno inglés Tony Blair, que es creyente, le disuadieron de terminar sus intervenciones televisivas durante la guerra de Iraq con las palabras God Bless You. En contraste con Norteamérica, en Europa empieza a ser normal calificar de “fanática”, “integrista” o “fundamentalista” cualquier actitud que postule el reconocimiento público de la religión, la invoque o la tenga públicamente en cuenta; incluso en el plano privado

Dalmacio Negro, Lo que Europa debe al Cristianismo,
(Unidad Editorial, Madrid, 2006) 2ª ed. revisada, p. 163.

Cabe decir que estas palabras escritas en 2004 han recibido confirmación por la vía de hecho: por un lado, los casos de pederastia dentro de la Iglesia, convenientemente jaleados por los enemigos de ésta, han provocado una cierta actitud de rechazo hacia la religión, y la «idea lacia» de que «nadie debe actuar públicamente conforme a los preceptos de su religión». Según esa regla de tres, efectivamente: los católicos deberíamos llevar una cruz que públicamente nos identificara como católicos, sentarnos en los asientos reservados para los católicos en los autobuses y… bueno, ya conocen ustedes el resto. La segunda vía de confirmación viene del hecho de que en el mundo musulmán los católicos simplemente no tienen derecho a existir: los matan o los acollonan de tal manera que no tienen más opción que huir. Más o menos como los etarras hacen con quienes no comulgan con sus ruedas de molino. Eso, desde luego, a los lacios no les preocupa lo más mínimo (no es su cuello el que está en peligro, naturalmente; y todo lo que elimine la competencia es «bueno» para ellos).

D. Andrés sigue perorando acerca del juicio estrictamente constitucional al que deben someterse las leyes. Es una declaración positivista de principios: la Constitución es la Constitución, todo está en ella y no necesita ningún tipo de validación externa (a pesar del art. 10.2, que remite en sede de interpretación a «la Declaración Universal de Derechos Humanos y los Tratados internacionales ratificados por España»). Una posición iusnaturalista, por el contrario, es peligrosa porque remite a un marco de referencia externo y sobre todo, superior a la ley, en tanto que religioso y que en Occidente sólo puede referirse al cristianismo, por mucho que les pese a los lacios y otras hierbas equidistantes y «neutrales».

Pasemos a la segunda parte de su artículo, que gira en torno a los límites constitucionales. Si D. Andrés habla de límites, he aquí uno infranqueable: «Todos tienen derecho a la vida». No dice «todas las personas», expresión en la que los abortistas podrían fundar su argumentación afirmando que el nasciturus «aún no es persona». Afirmación que ya hizo la inculta menestra Aído-y-no-ha-vuelto equiparándose nada menos que a… Adolf Hitler setenta años después.

¿Será necesario recordar que la única religión que defiende en toda su extensión ese limes es la cristiana y, dentro de ésta, especialmente la variante católica? Al parecer sí es necesario. Para que lo vean más claro, les propongo un pequeño ejercicio: tomemos el precepto constitucional y formulémoslo a contrario sensu. El resultado podría ser éste: «Nadie tiene derecho a privar de la vida». Es algo que podría firmar perfectamente cualquier católico, pues para los católicos sólo en Dios reside ese derecho; para los demás, podría basarse en que todos los hombres son iguales en derechos o en declaraciones más o menos humanitarias al uso.

De aquí se seguiría que quien priva del derecho a la vida debería merecer el más duro de los reproches jurídicos (no sólo el político y el moral). Como somos tan civilizados y tan progresistas que hemos eliminado de la Constitución la pena de muerte incluso para «lo que dispongan las leyes en tiempo de guerra», con eso no hay que contar. Lo que me recuerda que para el buen amigo de D. Andrés no hay reproche posible, como demuestran sus votos a favor de la legalización primero de Bildu y después de Sortu. Pero eso es lo que ocurre, D. Andrés, cuando se limita la mirada exclusivamente a la Ley: que si ésta tiene más agujeros que un queso de Gruyère y quienes deben aplicarla se remiten exclusivamente a ella, los asesinos saltan entre sus intersticios como si estuvieran jugando a la rayuela o a las tabas, felices porque es la ley (o mejor dicho, su insuficiencia no corregida) la que se lo permite. Y burlándose de los que hasta ahora no han pedido otra cosa que justicia y de quienes les apoyamos en su reivindicación. Burla en la que la izquierda de salón y alguna derecha con síndrome de Estocolmo colaboran sin empacho alguno. Igual que el buen amigo de D. Andrés. Aunque «sea de mal gusto» decirlo.