Jaimitada

Sólo de esta manera cabe calificar la resolución del nuevo juez-estrella de la AN. Parece ser que Baltasar Garzón, hoy en tierras colombianas/ecuatorianas (y que Dios mantenga allá a V. E. muchos años) ha creado escuela y dejado epígonos. No ha mucho que cesaron los focos sobre Garzón, y los berridos de «TS fascista» tras la sentencia que le expulsaba de la carrera judicial, que aquellos ya vuelven a tener otro héroe.

http://estaticos.elmundo.es/documentos/2012/10/05/autopedraz.pdf

Pedraz, yendo más allá de la estricta función que le marca la Constitución («juzgar y hacer ejecutar lo juzgado», 117.3 CE) se mete en berenjenales ajenos a esa función y habla de la «decadencia de la clase política» y otras lindezas para justificar que los manifestantes, cuando menos, no cometieron el delito de ocupar una de las altas instituciones del Estado. Leyendo el auto, uno se convence de que los manifestantes eran en realidad público que iba a asistir a una representación de Els Pastorets y que los 265 kilos de piedras y otro material contundente encontrado en sus inmediaciones no estaban allí para ser usados en la manifestación. De casualidad, vamos.

Un servidor de ustedes ha tenido suficiente paciencia para escuchar a unos y a otros, y le queda clara una cosa: la manipulación ha triunfado. Como reza la canción de los Rollings Sympathy for the devil,

Every cop is a criminal

and all sinners saints

 

Otro detalle llamativo es que algunos rotativos internacionales den pábulo y crédito a las manipulaciones sobre la policía fascista y la brutalidad policial. Sin duda, habrá casos concretos en los que sí habrá habido algún que otro exceso policial y deben ser investigados. ¿Pero toda ella? ¿La «policía del PP», como algún cenutrio ha llegado a decir? Parece mentira que haya que recalcar lo evidente: que la policía no es de nadie (a diferencia del dinero público), sino que tiene unas funciones encomendadas por la Constitución (art. 104 CE) y desarrolladas por la correspondiente Ley Orgánica. Y en ese contexto recibe y cumple las correspondientes órdenes de sus superiores jerárquicos. Sin embargo y curiosamente, no es eso lo que le interesa a la prensa internacional.

Nasío pa aporreá

(«Joder, que como no diga lo que estos quieren oír me llaman fascista y me atizan»)

También en este contexto es llamativa la guerra informativa que se libra contra nuestro país. Trolls a sueldo de Ferraz, de quienes cabría esperar cierto antiamericanismo aunque sea de boquilla, citan ahora el New York Times como si fuera la Biblia. Se preguntarán ustedes por qué. Mi respuesta puede ser la siguiente: porque habla perrerías de España (bueno, no de España, sino del gobierno de Rajoy. Antes, con ZP, ni sabíamos que ese periodicucho se preocupara tanto por nosotros) y porque muestra fotos de gente en España revolviendo en los contenedores («la pobreza de la España de Rajoy»). No importa demasiado que esas fotos fueran tomadas en… Barcelona, porque a fin de cuentas, cualquier lector no español del NYT ignora dónde coño cae Barcelona y si sabe que existe (olimpíadas, Dream Team y poco más), la ubicará en España, sin más (que hoy tampoco cabe ubicarla sin Mas, claro).

 

 

«Ahí va, que me eshtán dando por todosh ladosh…»

¿Y en qué acaba todo? En pedir la dimisión del Gobierno. Al final resulta que esa manifa ha instrumentalizado el enfado de los ciudadanos (más bien de algunos de ellos) para organizar un follón y poner en un brete a un Gobierno democráticamente elegido. Es el tufo de la estrategia de los antisistema y de la izquierda llorona: como he perdido en las urnas, quemo la calle y además, gracias a las cargas policiales, ganaré la guerra de la imagen y este Gobierno quedará deslegitimado de facto. Es una de las fases de la llamada guerra de cuarta generación, de las que se ganan sin disparar un solo tiro. Basta introducir la moral de derrota en la población mediante elementos que trabajan para el enemigo, propiciar todas las algaradas y desórdenes posibles y favorecer de forma activa o pasiva cualquier problema fundamental que afecte a la estructura del Estado (en nuestro caso, la secesión).

 

Por todo ello, el auto del juez Pedraz cabe enmarcarlo en este conjunto. Cuando la izquierda, tanto la regular como la antisistema, aplauden esa resolución, es que algo huele a podrido en nuestra democracia, y no precisamente en Dinamarca. Ítem más: resulta que Pedraz se permite valoraciones políticas excediéndose en su función de miembro del Tercer Poder y todavía no he oído a nadie que le diga: «Si quiere hacer política, deje la toga y mientras tanto, no se meta». Son los que en este caso callan los que dicen a las jerarquías eclesiásticas que «se metan en la iglesia» y que «dejen de joder».

Doble vara de medir, como siempre.