Sobramos

Tras un descanso por motivos familiares que ustedes ya conocen perfectamente, volvemos a la carga. Y volvemos con algo que se está convirtiendo en un secreto a voces. Resulta que sobra gente. Y sobra en todas partes, al parecer. Particularmente en Europa, donde una especie de cultura de la muerte se va imponiendo lentamente en los Gobiernos, a juzgar por los hechos.

Supongo que habrá quien opine que esta directriz proviene de los «amos del Nuevo Orden Mundial», unos señores que no se sabe muy bien quiénes son, pero que –según parece– cortan el bacalao y mandan por encima de Gobiernos grandes y pequeños, con independencia de su color. No sabría decirles; probablemente sea así. Lo que sí sé seguro es que ya en los años 70 apareció un informe de la ONU en el cual se venía a decir que al ritmo de crecimiento actual (de entonces) de la población terrestre en 20 años la Tierra sería insostenible de mantener: por un lado, el bienestar generalizado de la posguerra había tenido como consecuencia un gran incremento de la natalidad; y por otro, los avances médicos habían aumentado la esperanza de vida más allá de los 80 años. Los medios tradicionales de control de población (hambre, guerra y peste) o no funcionaban o no era posible ponerlos en funcionamiento sin atraer el reproche internacional (particularmente la guerra a gran escala: el recuerdo de Hiroshima estaba muy presente).

Hoy, sin embargo, 40 años después, alguien ha decidido que el hongo atómico y todas las atrocidades que le precedieron quedan ya muy lejos. Ha decidido que era demasiado pedir el mantenimiento del bienestar de que disfrutábamos hace tantos años. Y ya desde los años 70 se observa un movimiento destinado a desmantelar ese Estado de Bienestar que hacía que una mayoría de personas tuviera casa, comida y trabajo en cantidad suficiente para atender con dignidad las necesidades de su vida. En mi modesta opinión, el primer toque de atención fue el SIDA, la llamada «peste del siglo XX». Al margen de otras consideraciones farmacéuticas, como las de intentar ralentizar el estudio de su vacuna para conseguir que la que salga al mercado sea rentable, el SIDA marcó a muchas personas, ya fuera por la verdad o por la sospecha. Sin embargo, si en Europa fue terrible, en África causó verdaderos estragos poblacionales, por los demás problemas endémicos que padece el continente (algunos médicos, otros simplemente humanos).

¿Qué decir del mundo civilizado? Bien, desde hace unos cuantos años (tal vez desde esa misma década de los 70) se está instalando lentamente (bien dirigida, eso sí) una cultura de la muerte, que va tanto hacia atrás (aborto) como hacia adelante (eutanasia). Sólo que en Europa había que ir con mucho más cuidado: la influencia cristiana (especialmente católica) en la sociedad es una barrera importante frente a la decisión del Estado acerca de quién debe o no debe vivir y cuánto tiempo. Por eso quienes trabajan por esa cultura de la muerte se han dedicado a atacar sin cesar la religión, de forma directa o a través de la lluvia fina (series de televisión y similares). En España no hay que fijarse en que los/las/les mismos/as/es que berrean que «el aborto es un derecho de la mujer» son los que al mismo tiempo «exigen a los obispos que saquen las Biblias de su coño» (literal, de una indocumentada ex concejala del PSPV). Todo va en el mismo pack.

Destruida así la resistencia moral, queda libre y expedito el camino para que se imponga esa cultura y uno viva sólo con autorización del Estado. Extra Status salus non est. No obstante, la implantación del aborto como «solución» avanza a buen ritmo, siendo además un buen negocio que el proabortista PPSOE no va a tocar. Respecto de la eutanasia, están en ello porque todavía a mucha gente le repugnan casos como el de las sedaciones irregulares del «doctor» Montes (parece mentira que habiendo sido juzgado y condenado, a ese señor no se le retirara la licencia). Y ni siquiera películas (lluvia fina) como Mar adentro han conseguido el efecto deseado, porque se ha recordado oportunamente que el nacional-socialismo operó de la misma forma en 1938 cuando quiso que la población aceptara sin chistar que a los locos, a los inválidos y a los ancianos se les pudiera administrar la inyección letal. Pero ya en Andalucía se ha aprobado una Ley de bien morir, y en Cataluña andamos con lo del testamento vital.

¿Y ahora? Hay más toques de atención, y los responsables se cortan menos a la hora de hablar. Desde Christine Lagarde, la directora del FMI tras la vergonzosa salida de Paul Wolfowitz… pasando ya por un mandatario de Gobierno nacional. Concretamente, un bestia de primer ministro japonés, que se ha dirigido a los ancianos de su país para decirles (non sic):«Dense prisa en morir, que son muchos y nos cuestan muy caro». Cuesta creer que esto se haya podido decir en un país cuyo modelo de crecimiento económico descansó tantos años en la consideración de la empresa como una familia. Cuesta más creer que a ese señor nadie le haya montado una moción de censura y le hayan descabalgado sin más. O que, siguiendo su tradición secular, no le hayan mandado una katana a su casa por conducto oficial y el correspondiente encargo.

La cascada, nuevamente, llega a España. Ya tenían a los ancianos agarrados por donde no suena con una pensión de mierda (a sus viudas con el 55% de esa pensión: poco más de media mierda) y había que dar una vuelta de tuerca. Dicen que hay que recaudar. Por eso ahora se van dejando de ofrecer servicios médicos (o se prestan, pero con el correspondiente facturón) y se van retirando medicamentos (de 400 en 400) de la Seguridad Social. Es una solución perfecta: con esas pensiones, el pensionista ha de elegir entre poder medicarse o poder comer (ya se ha dado algún caso). Elija lo que elija, el anciano muere y el Estado ya no tiene que cubrirle. Por si faltara algo, resulta que ahora las compañías de seguros médicos ya le dicen confianzudamente a uno: «¡Qué caro nos está costando!, ¿eh?» (si los peces gordos ya no se cortan en decirlo, ¿por qué iban a hacerlo las compañías de seguros médicos?), como sé que le ocurrió a una amiga de la familia respecto de su padre, enfermo terminal de cáncer. Y conste que estoy de acuerdo con ella: al delegado o representante que le soltó esa barbaridad había para arrancarle los ojos.

Ante todo este panorama, que tiene algunas derivadas muy negativas (objeto de un próximo post), se preguntarán ustedes «qué podemos hacer» (no se pregunten «qué nos va a ocurrir»: eso sería señal de que se han rendido). Tengo una respuesta:

Primero fueron a por los no nacidos,
Pero yo no protesté porque no era mujer ni iba a ser padre.

Luego fueron a por los ancianos,
Pero yo no protesté porque no era anciano ni tenía uno a cargo.

Luego fueron a por los locos y los inválidos,
Pero yo no protesté porque no era ninguna de las dos cosas ni tenía uno a cargo.

Luego fueron a por los cristianos, porque defendían la vida y la dignidad del ser humano,
Pero yo no protesté porque no era cristiano.

Luego fueron a por los demás disidentes,
Pero yo no protesté porque nunca me pareció mal lo que se hacía.

Cuando vinieron a por mí
Ya no quedaba nadie que protestara por mí.

(adaptado de Martin Niemöller).

Socialismo (para torpes)

<div style=”margin-bottom:5px”> <strong> <a href=”http://www.slideshare.net/Castuo/una-vision-esclarecedora-del-socialismo&#8221; title=”Una vision esclarecedora del socialismo” target=”_blank”>Una vision esclarecedora del socialismo</a> </strong> from <strong><a href=”http://www.slideshare.net/Castuo&#8221; target=”_blank”>Carlos</a></strong> </div>

Cuentos (socialistas) chinos

Sorprendido me ha dejado un artículo que apareció hace varios días en El Mundo firmado a dos manos por la Talegona y el Jodón. No sólo por el hecho de publicarlo chez Pedrojota (¿no tenían espacio para ellos los Janli boys, hábitat natural de ese par de dos?), sino y sobre todo por su contenido.

Para empezar, el amplio currículum de ambos ha sido ampliamente expuesto por los medios. Jodón Elorza se ha visto obligado a ceder espacio a los bilduetarras tras defender que dejarlos presentarse a las elecciones municipales era un «ejercicio de democracia», en línea con los (equivocados) planteamientos del camarada Egiguren y el alma nacionalista del PSE-EE. Teniendo en cuenta que el socialismo no ha entendido que los experimentos deben hacerse en casa y con gaseosa, lo que les pasó en las últimas municipales se lo tienen bien merecido. Por lo que hace a la Talegona, eximia representante y relevo generacional de la histórica gauche Clicquot, no es necesario encarecer mucho su trayectoria, referida en nuestro blog aquí a través de Luis del Pino.

Pues bien: con estos mimbres se teje ese artículo que, mirado con detenimiento, provoca la risa floja en quienes lo leen sin prejuicios. Desmenucémoslo un poco.

«Pasión por la democracia»

Es de risa leer a dos representantes de la partitocracia identificarse con «las bases». La obligada referencia la Transición, cuyo único «beneficio» fue permitir que los españoles pasáramos de aguantar una dictadura a aguantar diecisiete sin pegar un solo tiro, es delirante aunque nada rara en dos participantes/beneficiarios del consexo. Vean, si no:

Las bases del PSOE hemos de recuperar la pasión por la democracia, empaparnos del espíritu democrático de la Transición y del valor del pacto en defensa del interés común para avanzar con propuestas concretas en el combate contra el desempleo y en favor de una regeneración del sistema político que dé más legitimidad a la democracia.

Pero lo mejor viene ahora:

Recuperar la pasión por la democracia significa: acabar con la corrupción; hacer transparentes las cuentas de los partidos; apostar por una reforma electoral con listas desbloqueadas y mayor proporcionalidad; la no acumulación de cargos, democracia interna en los partidos y sistema de primarias para elegir cargos internos y candidatos con el voto directo de sus militantes; y una ambiciosa Ley de Transparencia que obligue a los partidos, CEOE, sindicatos y Casa Real.

No me cabe duda de que o son bobos, o creen que lo somos nosotros. Todo eso que dicen que hay que recuperar es lo que debieron haber «recuperado» en los 8 años que estuvieron en el poder. Pero está claro que son expertos en evitar la demanda de cualquier responsabilidad por sus dichos y acciones y queda claro también que no tenían intención alguna de llevar a cabo entonces todo esto que dicen ahora.

«Ofrecer un contrato ciudadano para dignificar la política»

La cosa va in crescendo. Siguen tomándonos por bobos, eso sí. Uno creía que el famoso contrato ciudadano era el programa electoral, transformado así en programa de gobierno ganadas las elecciones. Ese documento donde se especificaban aquellas áreas que el partido concurrente iba a enfatizar una vez llegado al poder. Pero, ¡ay!, esos programas ya no los cumple ni el PP-de-Mariano, que se aferra a excusas para no contarnos con pelos y señales el lío completo de la herencia recibida y que por si fuera poco, condecora a quienes nos hundieron. ¿Para qué tanto abogado del Estado, tanto registrador, tanto funcionario… si en realidad falta lo más importante, a saber, voluntad de servicio al país y fe en España y los españoles?

Tiene mucha guasa que sean precisamente dos socialistas los que hablen de contrato, sobre todo cuando uno recuerda que la buena fe es un elemento esencial de cualquier contrato. Buena fe que ellos no han dudado en traicionar cuando les ha convenido, postergando el interés general de la Nación española y de sus habitantes al interés partidista propio (o incluso a intereses bastardos contrarios al mencionado interés general). Lástima que el PP, que creíamos otra cosa, se haya apuntado a esta moda también. Comprueben ustedes mismos el grado de cinismo de ese par de dos:

Se trata de un contrato político que recoja el compromiso solemne del PSOE con una forma ética de hacer política, con rendición de cuentas de los representantes elegidos, con un concepto más democrático del papel de la ciudadanía que la empodere y la implique en la gobernanza, profundizando cauces de participación como la iniciativa legislativa popular y la práctica de las consultas y del referéndum. Un contrato para defender juntos una democracia ética y participativa que suponga abrir un proceso de participación ciudadana en la elaboración del programa electoral

.

Nunca estuvo la ciudadanía más sometida y menos empoderada que durante los dos períodos de gobierno socialista, especialmente el último. Pero claro: no va a haber nadie que se lo diga. El párrafo perpetrado es una alabanza al zapaterismo más estricto, el de Humpty-Dumpty («Cuando yo uso una palabra –insistió Humpty Dumpty con un tono de voz más bien desdeñoso– quiere decir lo que yo quiero que diga…, ni más ni menos»). Pero estos señores, obviamente, no se miran al espejo por las mañanas.

Construir un proyecto alternativo frente a la crisis, reformista y transformador

El colofón y la guinda del pastel. Usan de las palabras mágicas: «alternativo», «reformista» y «transformador». Creo sinceramente que los asesores del PP y del PSOE son intercambiables: ¿el reformishmo de Mariano es el mismo que propugna este par de dos? Porque para usar prácticamente los mismos concetos… Y más en detalle: ¿cómo puede calificarse un proyecto de «alternativo» cuando quienes lo van a liderar llevan no menos de 20 años en política?

Por otro lado, el contenido del famoso proyecto está lleno de los mismos topicazos de la izquierda de toda la vida. Vean:

El proceso de transformación ha de incorporar: un sistema fiscal más progresivo; el combate contra el fraude fiscal; un control efectivo sobre la Banca española y las decisiones de las grandes empresas; la racionalización y configuración federal de un modelo territorial que sea eficiente y coherente con un Estado plurinacional y multicultural; la modificación y el refuerzo del sistema de educación y sanidad pública; y un programa para una Europa más social y democrática de la mano de los Partidos Socialistas europeos, que ha de abordar la «utopía», de regular los mercados especulativos y actuar sobre los paraísos fiscales. En definitiva, contribuir al bien común de la sociedad en su conjunto.

Ustedes mismos se dan cuenta de la sarta de tonterías que ha dicho este par de dos bebés destronados. Sería como darles la manguera y acto seguido oírles decir: «Me encanta el olor del napalm por la mañana». En fin. Tenga uno que aguantar a una casta extractora (o al menos la parte que ha cedido el turno) y óigase llamar «¡fascista!» para esto. Es decir: para no cumplir nada de lo prometido una vez que la han metido…

Cariño, han imputado a la niña

Creíamos que no llegaría. Después de oír sandeces como que «no había que imputarla para no estigmatizarla», resulta que ya por fin parece que el juez Pedro Castro ha encontrado los «indicios racionales de criminalidad» en el comportamiento de la Infanta respecto de los trapicheos de su marido. A muchos de ustedes y a mí nos chocaba que, siendo nada menos que la secretaria de Urdangarín, no estuviera al tanto de las idas y venidas de éste ni de los papeles que firmaba. Lo peor: que consintió en que su marido usara el nombre de la Casa Real para llevar a cabo (pingües) negocios. El dejar caer el nombre de la Casa Real era un talismán infalible para que tirios, troyanos y mediopensionistas (hasta los de ERC, que ya es decir) se avinieran a tratar con ese hombre, todavía Duque de Palma (¿por qué no le han despojado del título aún, si éste no depende de la peripecia judicial?).

En este caso, como en tantos otros, bien se puede decir aquello de que «lo que mal empieza…». Repasando brevemente la historia, Urdangarín había sido un atleta de élite: jugador brillante de la sección de balonmano del Barça y digno representante en la Selección absoluta, todo hubiera quedado ahí si la Infanta Cristina, la lista, no se hubiera encaprichado de él. Tenía sus cosas, su carrera de Empresariales, su novia… nada fuera de lo normal. Pero la niña se encaprichó del chico y éste, que vio el cielo abierto, se dejó querer. A partir de ahí esa «corta vida feliz» se fue a hacer puñetas. Vendió un restaurante que tenía a medias con otro socio, la carrera quedó sin terminar y plantó a la novia, que no se enteró de que la plantaban hasta que vio cómo el novio se casaba por la tele con otra.

A partir de aquí, Urdangarín asciende rápido. Tanto, que, de jugar al balonmano pasa a jugar al sobreenmano (deporte en que Bárcenas ha demostrado sobradamente su pericia). Y empieza a sufrir mal de altura: síntoma de ello son las malas compañías de las que se rodea. Eso suele ser el principio del fin. No era mal consejo el que daba Inés a Gabriel de Araceli en La corte de Carlos IV:

Pero, señor duquillo -contestó ella jovialmente-, si esa personita le sube a Vd. será como si un águila o buitre cogiera por su concha a la tortuga para llevársela por los aires. Sí, te levantará: pero cuando estés arriba, el pájaro que no va a estarse toda la vida con tanto peso en las patas, te dirá: «Ahora, niño mío, mantente solo». Tú moverás las patucas, pero como no tienes alas, pataplús, caerás en el suelo haciéndote mil pedazos.

Presupondremos acertadamente que Urdangarín no se entretuvo ni un minuto en leer esa famosa Primera serie de los Episodios Nacionales de D. Benito –tal vez otro gallo le hubiera cantado de haberla leído y entendido–. Creería él, y no se equivocaba, que formaría parte de ellos; sólo que no en la forma en que él imaginaba. En cuanto a la nena, todo un carácter, resulta que sí estaba enterada de todo. Los e-mails de Diego Torres la dejan a los pies de los caballos; y no siendo protegida por la ley, su persona no es inviolable. Por otro lado, si la justicia ha de ser «igual para todos» y la nena ha cometido una pifia, nada, ni siquiera el pudor de tocar a la Casa Real, debe impedir que sea imputada.

Déjenme apuntar, para profanos en la cosa, que el hecho de que esté imputada (o «imputeada», como dirían Los Clones) no significa necesariamente que sea culpable de aquello que se le acusa. La culpabilidad no viene determinada por la imputación, sino por la sentencia, por mucho que a ciertos especímenes de pedrada y terronazo fácil les fastidie. Recordemos, además, que el juez Castro no será quien pronuncie esa sentencia: a él le cumple solamente instruir la causa. La sentencia, en todo caso, será dictada por el órgano judicial colegiado que corresponda (Audiencia Provincial de Palma, si no voy equivocado).

Las implicaciones de la imputación son diversas y ninguna buena. El impacto de la misma en la reputación de la Real Casa y Familia es brutal, sobre todo por la «ultraactividad» de este annus horribilis (en puridad, casi 2 años y medio, 27 meses desde que se inició el culebrón). La honorabilidad de la Casa Real está en entredicho, y por ende la del Jefe del Estado. Más aún cuando, adyacente al «escándalo Nóos» nos enteramos de ciertas correrías de éste en Sudáfrica y con «amigas entrañables» y tal y tal… a pesar de que se ha intentado contrarrestar con noticias favorables (lo del AVE de la Meca… que al final resultó ser gracias a una mediación corina).

En otro orden de cosas, el cirio que se ha montado sirve para que los de siempre vuelvan a enredar con la «matraca de la República». Que si la Monarquía es una institución obsoleta, que hay que «modernizarse»… En el fondo creen, como creíamos antes muchos de nosotros durante el franquismo, que con la democracia se arreglarían todos nuestros problemas y que ataríamos los perros con longaniza. Si a esto le añaden que la «república» en la que están pensando no pocos de ellos es la de 1931, ese régimen asesino, ya me dirán ustedes si es mejor «quedarnos como estamos» o «cambiar a peor».

Así, pues, las tornas han cambiado. La que decíamos que era la tonta ha resultado ser la más lista, porque se ha desembarazado del marichalao y lo tiene a raya (o mejor dicho, sin rayas) con un par y ha conseguido mantenerse alejada de los focos de la prensa. La lista resulta que se ha pasado de rosca y ahora está en caída libre. Y el Príncipe, con un pie en el trono y el otro colgando, esperando la abdicación de su señor padre. Abdicación que podría llegar, según dicen las malas lenguas, este mismo junio. Que visto cómo está el patio, tal vez debiera de plantearse seriamente. Tal vez deberíamos dejar de considerar la Monarquía como el preciado juguete de mírame-y-no-me-toques de sus monárquicos y/o juancarlistas seguidores como Ansón o Ussía entre otros.