Neues Liebeslieder Wälzer, op. 65, de Johannes Brahms

Como mi compadre Noatodo ha compartido con ustedes los bastante conocidos Liebeslieder Wälzer, op. 52, y ya estamos acercándonos al Concierto de Fin de Año (me ha prometido que, como dirige Barenboim, se va a pasar el concierto roncando en la cama), un servidor de ustedes va a completar la oferta e incluirá los Neues Liebeslieder Wälzer, op. 65, menos conocidos pero igualmente bellos. Con respecto a los primeros, les contaré a ustedes que hace años, cuando yo era (más) joven, cantaba en una agrupación coral y la pieza acabó formando parte de nuestro repertorio. Eso sí, en catalán, porque, ¿para qué íbamos a cantarlo en tudesco, harto complicado, si podíamos hacerlo en la llengua del nostre país? El hecho es que acabo de emocionarme porque he encontrado la partitura con la que cantábamos, en el original alemán y traducción catalana; de tal forma que mi compadre ya tiene la «prueba» que me pedía.

Así que sin más preámbulos les dejo con los Neues Liebeslieder Wälzer, en una versión muy estimable a mi parecer. Los solistas tampoco son conocidos, a diferencia de la versión que ofrece mi compadre, pero creo que la disfrutarán igualmente si, además, tienen delante su partitura.

El consenso socialdemócrata 1

Primera parte de las impresiones y reflexiones sobre una conferencia de Almudena Negro

Sepan ustedes que éste es el título de una conferencia que mi apreciada Almudena Negro pronunció en el Instituto Juan de Mariana el pasado sábado 14 de diciembre. Conferencia a la que, dada la falta de recursos, un servidor de ustedes no pudo asistir en persona. Afortunadamente, las maravillas de la técnica moderna me permitieron descargar el vídeo de la conferencia, de forma y manera que sí puedo comentarles lo que más me llamó la atención de la conferencia.

El introductor de la conferencia, Fernando Díaz Villanueva, explicó ya que el tema no es nuevo en Almudena, que lleva bastante tiempo con él. De hecho, es de obligada cita en este punto el artículo de su padre, D. Dalmacio Negro, La tiranía del consenso, en el que explora las ramificaciones de ese consenso. En esto me perdonarán ustedes que yo me atenga más a la definición de consexo, dada por los periodistas Yale y Julen Sordo en su Diccionario del Pasota (p. 43-44), en un año (1979) en que estas cosas todavía se podían decir:

«Palabra acuñada por Yale que podría traducirse, más o menos, como el coño de la Bernarda en versión política. El consexo es algo así como el pacto de la Moncloa. O sea, un consenso con miras a joder al personal. Los grandes inventores del consenso, entre otros, son Abril Martorell, Santiago Carrillo, Felipe González y Fraga Iribarne, aunque éste a regañadientes y gritando “¡La calle es mía!”. No sé si me explico».

Sea como fuere y se atengan ustedes a la definición que se atengan, el consenso socialdemócrata existe sin duda ninguna y es lo que ha regido nuestras vidas aún caliente el cadáver del dictador Franco. Tal y como explica D. Jesús Neira en su libro España sin democracia, se reunieron un día las élites franquistas con la famélica legión de los 40 años de vacaciones y sellaron un pacto, que quedó perfectamente escriturado en la Constitución de 1978, esa Constitución que Almudena denomina Carta Otorgada por dos motivos:

  1. Primero, no surgió de unas Cortes Constituyentes. Si las Cortes que surgieron de «las primeras elecciones libres» (15 de junio de 1977) hubieran sido tales, hubieran redactado la Constitución y acto seguido se hubieran disuelto, dejando paso a un nuevo proceso electoral en el que se hubieran elegido, ahí sí, unas Cortes legislativas bajo el imperio de la nueva Constitución. No es difícil imaginar por qué no se dio ese segundo paso.
  2. Segundo, es una Carta Otorgada porque, al modo del Estatuto Real de 1834, hay un pacto de las élites políticas con la Monarquía, por el que el Rey consiente en gobernar a sus súbditos y se introduce el pack monárquico entero en el texto constitucional, sin posibilidad de discutirlo por separado. En nuestro caso y si quieren una prueba de ello, vean el art. 56.3 CE: «La persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad. Sus actos estarán siempre refrendados en la forma establecida en el artículo 64, careciendo de validez sin dicho refrendo, salvo lo dispuesto en el artículo 65, 2.». ¿Quién no querría ser Rey en estas condiciones?

Sentado esto, nos previene Almudena Negro que estamos ante un fin de siècle, un fin de época. Uno no puede evitar remontarse a los años previos a 1914 (justamente el año que viene celebraremos el centenario de la última gran guerra europea y la primera en que se usó armamento químico) y oler la misma gangrena que, entre otros, detectaron Van Gogh o Gustav Mahler en el plano artístico o Nietzsche en el filosófico. Hoy estamos también ante un escenario crepuscular: las grandes ideologías han caído, víctimas de la contradicción entre sus postulados y la actuación de quienes decían profesarlos. Al igual que entonces había una especie de imperio policía, el austro-húngaro, hoy asistimos a la progresiva retirada del otrora llamado guardián de Occidente, al que el consenso socialdemócrata lleva royendo desde hace años pero que con Obama, el ZP negro, ha cogido carrerilla.

Almudena dibuja un gran arco, que va desde 1848, el año de las primeras revoluciones socialistas (tampoco es de desdeñar que justo en esos años se descubre el planeta Neptuno… en 1846) hasta nuestros días. Wagner comparte asiento con Bakunin en Dresde, escapando de la policía, lo que parece mentira si consideramos la diversa trayectoria posterior de uno y otro. El caso es que, retomando el hilo de su conferencia, nos cuenta Almudena que el Romanticismo tiene dos hijos: uno tonto y otro malvado, podríamos decir. Estos hijos son el socialismo y el nacionalismo. De acuerdo con Almudena, el nacionalismo surge en 1848 y el socialismo es anterior. Punto con el cual discrepo: en 1830 y siguiendo a Hobsbawm, surge el nacionalismo, representado por la independencia de Bélgica y de Grecia; y en 1848 surge el socialismo, rubricado por la aparición del Manifiesto Comunista, de Marx.

El caso es que ambas facciones se llevan dando de garrotazos desde entonces y es una contienda que no ha terminado: el último encontronazo, respecto del ámbito español, en las asambleas IV, V y VI de ETA. Y dado que, según deduzco, la tensión entre ambas facciones se resuelve en el consenso socialdemócrata, es bastante lógico lo que ha ocurrido, siempre de acuerdo con la teoría: que tanto PP como PSOE, muñidores del mismo, están terminando de integrar a los etarras en el reparto del pastelazo y vistiéndolos de lagarterana. ¿Por qué? Porque, según sostiene Almudena, ETA forma parte también de la maquinaria. Aunque esto pueda espeluznar, ETA ha tenido su utilidad: ha servido para distraer, con el miedo que produce, de la floración y desarrollo del consenso socialdemócrata; y para que, viendo el horror de ETA, nos posicionáramos del lado bueno, del lado del consenso.

Respecto de Aznar, también discrepo de la visión que da del personaje: es cierto que llegó a pronunciar lo del «MLNV»; pero no es menos cierto que tras el vil asesinato de Miguel Ángel Blanco buscó modos y maneras de combatir el terrorismo etarra, primero acabando con la kale borroka y después propiciando la promulgación de la Ley de Partidos. Una vía que desgraciadamente Mariano ha demostrado no querer andar al comerse enterita la hoja de ruta de los hijos de puta. Y la trayectoria de ZP en ese campo se comenta sola.

Wellingtons Sieg oder die Schlacht bei Vitoria, op. 91

Para celebrar este aniversario del nacimiento de Beethoven (a quien los proabortistas hubieran mandado al cubo de la basura por motivos ya conocidos), no se me ocurre mejor homenaje que rescatar esta pieza, escrita a mayor gloria de Sir Arthur Wellesley, primer duque de Wellington. La pieza describe la última batalla de Wellington contra las tropas napoleónicas en tierra española; pero me permitirán ustedes una cierta licencia poética al decir que la música se adapta perfectamente a otra batalla, la de los Arapiles, que tuvo lugar el año anterior y que D. Benito Pérez Galdós describe con un aliento épico verdaderamente emocionante. Les recomiendo la lectura del episodio final de la Primera serie de los Episodios Nacionales para que capten ustedes el ambiente de la batalla.

Sin entrar en el análisis de la obra, solamente decir dos cosas: la primera, que Beethoven no anduvo muy fino en la elección de los temas musicales, quizá porque la consideraba una obra «menor». El tema que representa al bando inglés es el conocido Rule, Britannia! y es una elección adecuada, así como el God save the King en la parte «victoriosa» o de «ascensión al Olimpo» del gran duque. Que déjenme decir que sería un gran estratega militar, pero un cabronazo en lo político: dado que la mejor tapicería del mundo debía ser la inglesa, dinamitó sin más la Real Fábrica de Tapices de Salamanca, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid.

Sin embargo, para representar al bando francés falló estrepitosamente: ningún francés, salvo el propio Beethoven, cantaría la marcha Marlborough (Mambrú se fue a la guerra, marcha que luego hemos conocido con el menos noble título de Es un muchacho excelente). Mucho mejor se desempeñó Tchaikovsky en ese sentido, que utilizó La Marsellesa en su «ruidosa» Obertura 1812 para representar a los franceses.

Y la segunda es que esta obra fue al parecer un encargo del inventor Johann Nepomuk Mälzel, que había construido una especie de autómata musical, el panarmónico, y pretendía que el compositor le cediera los derechos de la obra (o directamente intentó atribuirse su composición, esto no lo recuerdo muy bien). El caso es que el compositor montó en cólera, le llamó bribón y acabaron en los Tribunales. La sentencia fue favorable a Beethoven, pero ya para entonces éste había reescrito la obra para orquesta. En las grabaciones, como en ésta que les presento, se incluyen 193 cañonazos, tiro más, tiro menos. Aquí tienen la partitura, por si quieren leerla mientras la escuchan:

La fecha

La «gran noticia» de hoy es que el separatismo cavernícola ya tiene fecha para la consulta. Han ¿pactado? entre ellos la fecha del 9 de noviembre. Que digo yo que hubiera sido mejor la fecha del 7, por aquello de la sovietización del Règim. Lástima que el 7 caiga en viernes. Quico Homs, el martillo de herejes xarnegos, salió ayer anunciando alborozado la fecha, además de decir que «España quiere liquidar a Cataluña» (que no falte una generosa ración de victimismo en la agit-prop). Hasta la hagiógrafa oficial del rei Artur, Pilar Rahola, escribía en Twitter que «están escribiendo la historia de Cataluña con mayúsculas», o algo así. Me quedé con las ganas de decirle que lo que están haciendo en mayúsculas es el ridículo, toda vez que la muy demócrata elimina los comentarios que no le gustan.

Y ahí está Mariano, viendo llover. Sus terminales mediáticas tildan de «radicales» a quienes sostenemos que es una ocasión muy buena para aplicar el art. 155 de la CE, que no está donde está para hacer bonito, precisamente. De hecho y en relación a Cataluña ha habido muchas ocasiones para aplicarlo; pero se han dejado pasar, en razón de no sé qué pacto secreto del estilo de Cataluña no se toca. Todos los presidentes de la «democracia» han abandonado a los catalanes que no tragamos con la catequesis secesionista. Así que ahora volver es complicado. Hacer que el Estado comparezca por fin después de 30 años es complicado. Ya no hay remedios pacíficos y aunque las argumentaciones jurídicas abundan en el hecho de que no es un artículo que se deba aplicar a la ligera, quizá haya llegado el momento de dejarse de tonterías y ponerse un poco en plan Pazos: «Vamos a llevarnos bien…»

Y ahí está Mariano, con su estrategia del pudridero. Recordémosla:

La actuación del presidente recordó una de las señas de identidad de Mariano Rajoy: dejar que los conflictos maduren sin hacer nada hasta que acaban pudriéndose.

«La elección entre Rato y Guindos es una demostración clara de que Rajoy sólo se ocupa de sí mismo. Su responsabilidad era haber impedido llegar al límite de tener que elegir entre uno y otro. El presidente es incapaz de acabar con los conflictos, que se acaban enquistado y poniendo a todos en una situación límite. Es una forma de liderar sin hacer nada, dejando que todo se pudra hasta que revienta y cuando revienta resulta que él nunca tiene la culpa, todo le viene dado, a todo le obligan los demás. Las cosas pasan solas, él nunca es responsable de cómo pasan las cosas». (Lucía Méndez, Morder la bala, pp. 529-530)

Desgraciadamente hemos de convenir que la estrategia es la misma en el caso catalán. Mariano prefiere que el caso se pudra por sí mismo antes que tomar una decisión. Decisión que podría calificarle como «dictador» o, peor aún, como «fascista», calificativo al que el actual ocupante de Moncloa profesa un horror orgánico. ¿El resultado? Que nunca habíamos visto a un presidente con mayoría absoluta estar más a merced de sus rivales políticos. Sigue vigente toda esa pamema del «diálogo» y el «talante», reconvertida hoy en «yo estoy en política para hacer amigos». Como si Mariano fuera un recién llegado a la política desde su Pontevedra de crianza.

Y no, señor Rajoy. Gobernar y hacerlo en bien de la nación no granjea muchos «amigos», especialmente en aquellos segmentos de la casta que han creído que España era su patio particular, su coto cerrado. Tampoco es que el pueblo español sea muy agradecido con aquellos gobernantes que lo tratan bien (ahí está la historia para demostrarlo); pero eso va en el cargo y ya debería usted saberlo. Actuar en consecuencia sería aplicar la ley y castigar su incumplimiento. Imagino que estará usted esperando a que «el Govern cometa un delito». Pues verá: el incumplimiento por parte de la Generalitat de las sentencias del TS en materia educativa por la cara ya lo es. Por no hablar del famoso simposi en que unos cuantos paniaguados del Règim aprovecharán para echar bilis contra Espanya y que ya ha sido denunciado a la Justicia por Ciudadanos y su propio partido en base al art. 510 CP. Por no hablar de que el art. 155 no exige específicamente que la Generalitat cometa un delito para actuar. Recordemos su texto:

1. Si una Comunidad Autónoma no cumpliere las obligaciones que la Constitución u otras leyes le impongan, o actuare de forma que atente gravemente al interés general de España, el Gobierno, previo requerimiento al Presidente de la Comunidad Autónoma y, en el caso de no ser atendido, con la aprobación por mayoría absoluta del Senado, podrá adoptar las medidas necesarias para obligar a aquélla al cumplimiento forzoso de dichas obligaciones o para la protección del mencionado interés general.

2. Para la ejecución de las medidas previstas en el apartado anterior, el Gobierno podrá dar instrucciones a todas las autoridades de las Comunidades Autónomas.

Si educar en el odio a dos generaciones de catalanes no es «atentar gravemente contra el interés general de España» díganme ustedes qué podría serlo. La ironía del asunto es que este artículo contiene la única facultad verdaderamente útil del Senado, ahora que tantos abogan por su supresión.

Y ahí está Mariano en la Moncloa. No oye nada. Se fuma un puro de la caja de habanos traída directamente de Cuba para ZP (que no fumaba pero le venía bien para las visitas). Mira por la ventana, ve lo que hay ahí fuera. Frunce el ceño y musita: «Eshtá lloviendo mucho».

Demasiados protectores

Recupero para ustedes este artículo que cierto periodista (ahora no recuerdo muy bien si fue Joan Barril u otro columnista de El Periódico), que debe andar en la hemeroteca allá por el 2001 o 2002. Cosas de un servidor de ustedes, que no tomó nota del articulista y de la fecha del artículo. En cualquier caso, lo considero de interés por cuanto, en cierta forma, la enfermedad estatista ha avanzado mucho en estos diez años últimos y estas palabras resultan proféticas. En el bien entendido de que un profeta no es –o no sólo es– alguien que ve el futuro, sino alguien que recuerda la historia.

El Estado está para protegernos, dicen. Pero hay diversas formas de atender la protección. En tan sólo un siglo, el Estado moderno ha experimentado muchísimos cambios doctrinales. El Estado servía para crecer y administrar la metrópoli y para garantizar el buen negocio de los poderosos. Pero a primeros de siglo el Estado empezó a abusar de la gente. Se movilizó a las multitudes para mandarlas a morir a los campos de batalla y eso, tarde o temprano, se tenía que compensar. Apareció entonces un Estado paternal y protector. Un Estado que decidía cuándo se trabajaba y cuándo era fiesta. Un Estado que velaba por las pensiones y por la sanidad pública, por la instrucción de los niños y el retiro de los mayores.

Pero eso también se acaba pagando. Porque de tan agradecidos no nos dimos cuenta de que el Estado había entrado en casa y se atrevía con todo. Un Estado protector no lo es únicamente en la necesidad. También nos pretende proteger desde la arbitrariedad. Cuando damos al Estado la confianza de la seguridad social el Estado se toma atribuciones excesivas. ¿No queríamos ser atendidos en la enfermedad? Pues la mejor manera de evitar la enfermedad es la prohibición salutífera de todos los vicios. Es entonces cuando el Estado se dispone a atarnos corto y limita velocidades, prohíbe fumar y establece que a partir de ciertas horas ya no se puede beber.

España es un país tolerante y pactista que no resiste el corsé de reglamentos asfixiantes. Pero basta ir a Inglaterra para encontrar la paradoja de prohibiciones imposibles y de prevenciones absurdas. El turista llega a uno de sus famosos pubs. Es fin de semana y el establecimiento está lleno. El turista se acerca al mostrador donde se alinean espectaculares fuentes de cerveza y, con su mejor inglés, pide una pinta. Lo sienten, claro. Cualquier conversación en inglés suele incluir en algún momento esa referencia al sentimiento. Lo sienten de verdad, están desolados, darían su vida por satisfacer nuestras pequeñas demandas pero, ya lo ve usted, son más de las once y a las once no se puede servir cerveza. De nada sirve que sólo pase un minuto de las once. La ley establece que más allá de las once los grifos se cierran. Ni un minuto ni una hora: sólo más allá. El turista advierte entonces que, a su alrededor, los otros parroquianos continúan sus charlas, sus partidas de billar o de dardos, acompañados de grandes reservas de pintas de cerveza completamente llenas. ¿Y éstos?, pregunta el turista. ¿Por qué beben pasadas las once? La ley es exacta: las once es el límite de servir, pero no de beber. Sutiles bebedores estos británicos. Han acompasado el sorbo amargo de la cerveza al reloj implacable de la Administración.

Durante muchos años circuló el chiste anticomunista de aquel ciudadano búlgaro que se paseaba por Sofía con un paraguas y una gabardina bajo un sol abrasador. Preguntado por los motivos de su extraño atuendo el hombre respondía: “Es verdad que en Sofía hace sol. Pero en Moscú está lloviendo”. La penetración del Estado en nuestros hábitos más personales parecía hasta ahora un signo de los totalitarismos. La China de Mao controlaba la natalidad, el Chile de Pinochet quemaba los libros incómodos, la España de Franco impedía la entrada en un hotel de las parejas sin libro de familia.

Y por lo visto a medida que el mercado sustituye al Estado y que los grandes ejecutivos de las corporaciones hacen y deshacen las estructuras del poder político, el Estado abandona su misión ancestral y se queda con las tonterías. Por un lado nos recuerdan que el sistema de pensiones va a la bancarrota, pero por el otro se encastillan en la limitación de los extraños horarios del ocio juvenil. Por un lado advierten que nos tendremos que pagar las medicinas; por el otro nos conminan a separar las basuras en bolsas discriminadas. Por una parte nos recortan las más mínimas facilidades para la natalidad, y por la otra dicen protegernos de nuestros amigos extranjeros no por amigos cuanto por extranjeros. El Estado ya no manda como antes. Pero ese Estado debilitado y quisquilloso se está especializando en hacernos la puñeta.

La muerta

 


 

Hoy, supuestamente, es un gran día. Un día de celebración institucional, de fiesta, de recepción oficial… en fin, de todas esas cosas que ustedes se imaginan. Están allí los representantes del “primer poder” bien orondos y ufanos del papel que juegan ellos en la “fiesta de la democracia” –y también de haberse conocido–. Todos ellos posarán sonrientes. Hasta los de Amaiur, que quieren cargarse nuestro sistema por la brava, y la Minoria Catalana, que quiere cargárselo pero por lo finolis, pondrán sonrisa de pasta dentífrica mañana.

Habrá posado Posada, tan contento de ser él quien presida el magno evento. Y todos ponderarán lo estupendo de la efeméride. A un lado los diputados del PP, al otro los del PSOE (que no los vean juntos al menos en las manifestaciones públicas, que en privado ya sabemos que hacen manitas y confirmarían las sospechas del respetable). Todos bien contentos, brindando al sol con la copa de Veuve Clicquot (no hay recortes para sus señorías) y haciendo votos para poder seguir bebiendo de ese champán muchos años más, aunque ni por un momento se crean la comedia. Cent’anni! Prego!

El pueblo, esa entelequia que ya ni siquiera existe para muchos de ellos, ha ido a lo práctico: ha decidido que la semana laboral tiene cuatro días y se marchó ayer por la tarde. Para ellos –los que todavía tienen trabajo– es algo que celebrar. Para los demás da igual: todos los días son iguales, porque esos señores que brindan tan alegremente con Veuve Clicquot llevan pasándose el artículo 35 de la Constitución por el forro del arco de triunfo con la excusa de que «no es un derecho fundamental». O el art. 41, por la misma razón (y porque no hay dinero para pagar tantas pensiones: hay muchos viejos y «no se dan prisa en morir, los muy perros»). Pero no le hacen ascos a nada: pretenden cargarse el art. 27, que sí es fundamental, para tener controlado ideológicamente al futuro de la nación (al presente ya lo controlan gracias a la televisión). Y el 20 va por el mismo camino.

Y ahí está ella: la muerta. De tantas puñaladas que le han asestado dejó un día de respirar. Hace mucho que ha muerto, pero todavía la sacan cada 6 de diciembre. Le ponen sus mejores galas, la maquillan bien… como una muñeca a tamaño natural. Hasta su sonrisa parece natural, aunque todos saben que no va a abrir los ojos. Su expresión es de placidez (los embalsamadores consiguieron que el rictus mortis no se congelara). Todos procuran quedar bien al lado de la muerta; pero sólo porque, como decíamos antes, no va a despertar. Nadie le hizo caso cuando estaba viva. Y ahora todos la prefieren así: bien vestida, bien maquillada… pero muerta.