Archivos diarios: 26/12/2014

El discurso del Rey

Hoy, primer día después de Navidad, todos se hacen lenguas del tema de la semana: el discurso del Rey. Unos hablan a favor, otros en contra, dependiendo de sus personales apreciaciones y sus intereses políticos. Por mi parte, no es un asunto sobre el que tenga costumbre de opinar. Me pasa como con la Lotería: cuando uno sabe lo que es, se reduce bastante el entusiasmo.

Empecemos por el principio: no es un verdadero discurso. En mi opinión, un discurso tiene que salir del puño y letra de uno, no sólo formal sino materialmente. Y debe hacerlo sin censura ninguna. Ésa es la forma en que uno se responsabiliza de sus palabras: debe elegirlas con cuidado, porque de esa elección se derivan efectos para la institución que uno preside. Pero cuando se trata de un acto debido, la cosa cambia. Cuando uno escribe un borrador, que es corregido por el Gobierno para evitar que el Rey se equivoque, ya no estamos hablando de «discurso», sino de otra cosa. Hablamos de un guión: el Rey habla de lo que le permite el Gobierno, lo cual convierte al Rey en una especie de actor radiofónico de tercera. Más aún cuando le trocean el discurso para que lo pueda leer en el teleprompter mientras se crea el efecto de que nos mira a los ojos.

Sigamos. En cuanto al contenido del discurso, no se salió de los cánones de lo políticamente correcto, que en España está en estado de glorificación. Pero los lameculos de la Villa y Corte lo explican bien: «El Rey lo es de todos los españoles. Por tanto, debe modular su discurso —ése que básicamente no es suyo, sino de algún negro del Gabinete de Presidencia— para no ofender a nadie».

¿Y de qué se puede hablar «sin ofender a nadie»? Hay que hablar de la «desgracia del paro» (pero sin mencionar las puertas giratorias de las que tanto se benefician los políticos y empresarios según toque y del nivel de enchufismo a todos los niveles, valga la redundancia), de la «corrupción» (pero sin mencionar a la hermana y mucho menos a los partidos del consexo, pringados todos, para que nadie se sienta «personalmente aludido»), del «terrorismo»… ¿Terrorismo, dice usted? No vamos a hablar de terrorismo, señor, porque «ETA está vencida» (ya no mata, ¿verdad? Ergo está vencida. Pedazo de argumento). Tampoco vamos a hablar de la suelta de etarras por la Audiencia Nacional, una bofetada en la cara de las víctimas por cada etarra liberado. La AVT está missing debido a «algunos problemas internos» y la VcT de Francisco José Alcaraz es cobardemente ninguneada, ¡pero qué importa! No hay que ofender a nadie. Los únicos que se pueden haber sentido contentos son los nacionatas catalanes. Mas brindaría con los suyos y diría: «¡Por fin han reconocido que somos un grano en su culo!». Quico Homs apoyaría calurosamente ese brindis.

El escenario resultó no menos políticamente correcto que el discurso. E igualmente sin duende, que dirían en la vega del Guadalquivir. La bandera española en un rincón, para que ni los nacionatas ni esa izquierda cateta y troglodita que abomina de España y que, por eso mismo, resulta tan española, se pudieran llegar a ofender. Y el «belén» (cuatro figuritas desangeladas en plan minimalista y deconstruido), lo mismo, para que los «laicistas» no empezaran a acusarle de «nacionalcatólico». Que para eso, más vale que los masones que seguramente trabajan en Casa Real coloquen directamente el compás y el péndulo, y así sabremos a qué atenernos.

Finalmente y como broche de oro, la despedida. Bastaba con despedirse en español del respetable, pues es lo que todos entienden. Pero no: para demostrar que estamos en un «Estado plurinacional en el que caben distintas sensibilidades», el Rey se despide además en catalán, en vasco y en gallego. Pues digo yo que los asturianos debían sentirse comparativamente agraviados, en cuanto que ellos dicen «Asturias es España y el resto tierra conquistada». ¡El bable tiene más personalidad histórica que el gallego, el vasco y el catalán juntos, oiga usted! Y si tantas sensibilidades había que «incluir», ¿por qué no felicitar las Navidades en árabe? Son tres millones en España y aumentando. Es decir: tantas personas como habitantes tiene el País Vasco y tantos votantes como tuvo IU en tiempos mejores. De paso, sería un guiño al querido primo marroquí… que ya le ha echado el ojo a Ceuta y Melilla y las Canarias probablemente vayan detrás.

Por todo eso no vi el día 24 el «discurso del Rey» y lo he visto hoy para poder escribir estas líneas. Me quedo con la película de Colin Firth y Peter O’Toole. También es teatro; pero al menos lo es de primera calidad.