Masacre

Salgo brevemente de mi letargo bloguero. Nuevamente estamos ante un brutal atentado islamista y nuevamente en París. Pero hoy no voy a decir gran cosa; y no lo haré porque sería repetirme. Repetiría todo lo que dije en mi serie de entradas sobre todos somos Charlie (hoy es el tout Paris).

Pero me imagino lo que sucederá. Volveremos a ver las mismas caras de palo en los líderes europeos, que correrán a París como un solo hombre a hacerse la foto y a mostrar su solidaridad (gratis). Volveremos a oír las mismas soplapolleces en politiqués («C’est un acte de guerre»). ¿Se acuerdan ustedes de la tradicional «serenidad y firmeza» de la que hacían gala nuestros ministros del Interior en los entierros de personas asesinadas por ETA, hoy convenientemente olvidadas por toda la casta política (desgraciadamente hay que incluir en ese grupito a los podemitas, que además los justifican)? Pues eso mismo, pero a nivel europeo. ¿Dónde estaban todos esos que hoy correrán a París cuando estas alimañas fanáticas asesinaban a los cristianos en Siria? Yo se lo voy a decir:

“Enterat” el ministeri
tot seguit s’ha compromès
“a tomar serias medidas”,
és a dir, a no fer res.

Agravante: se creó artificialmente la crisis humanitaria de los refugiados para que el mundo dejara de hablar de los cristianos sirios masacrados. La inacción de los poderosos del mundo ante tal barbarie estaba atrayendo una atención no deseada y había que distraer al respetable con otra cosa. Cualquiera, con tal de que los ciudadanos de a pie no nos llegáramos a preguntar por qué (esa peligrosísima pregunta en toda dictadura, blanda o dura). Hasta el Papa se tomó su tiempo para alzar la voz contra esa masacre, por cierto. Claro que con el trabajo que tiene en casa le queda poco tiempo para lo de fuera, al parecer.

Oiremos el mismo discursito sentimentaloide de tous sommes Paris. Y no oiremos qué medidas concretas van a tomar para combatir a estas alimañas fanáticas. Peor aún si tenemos en cuenta a una casta política que, como critica Zygmunt Bauman, no quiere comprometerse con nada y no sólo porque eso es contraproducente de cara a su propio país:

La principal técnica de poder es ahora la huida, el escurrimiento, la elisión, la capacidad de evitar, el rechazo concreto de cualquier confinamiento territorial y de sus engorrosos corolarios de construcción y mantenimiento de un orden, de la responsabilidad por sus consecuencias y de la necesidad de afrontar sus costos.

Esta nueva técnica de poder ha sido ilustrada vívidamente por las estrategias empleadas durante la Guerra del Golfo y la de Yugoslavia. En la conducción de la guerra, la reticencia a desplegar fuerzas terrestres fue notable; a pesar de lo que dijeran las explicaciones oficiales, esa reticencia no era producto solamente del publicitado síndrome de “protección de los cuerpos”. El combate directo en el campo de batalla no fue evitado meramente por su posible efecto adverso sobre la política doméstica, sino también (y tal vez principalmente) porque era inútil por completo e incluso contraproducente para los propósitos de la guerra. Después de todo, la conquista del territorio, con todas sus consecuencias administrativas y gerenciales, no sólo estaba ausente de la lista de objetivos bélicos, sino que era algo que debía evitarse por todos los medios y que era considerado con repugnancia como otra clase de “daño colateral” que, en esta oportunidad, agredía a la fuerza de ataque. (Zygmunt Bauman, Modernidad líquida, FCE, 2000, p. 15 de la edición electrónica de 2015).

Así, pues, aun lamentando el asesinato de esas personas inocentes, me niego a sumarme a la hipocresía de los mecheritos, de las velitas, de las frases grandilocuentes y vacías, que no van acompañadas de acción alguna porque en ningún momento se tuvo el propósito de que fuera así. En este sentido, es justo que una sociedad incapaz de defender su modo de vida y de ser y estar en el mundo desaparezca. Máxime cuando en su seno pululan elementos para quienes, como dice Federico, «todo lo que suponga la destrucción de Occidente, de sus instituciones antiguas y modernas, es más que justo». Y que además lo predican en nombre de la libertad de expresión.

Para los demás, aunque ahora no quieran saberlo, si esto sigue por donde va, tarde o temprano llegará la hora de defenderse. Y los sofistas que ahora nos venden su argumentario de tres al cuarto habrán desaparecido. Como también los mercachifles que con una mano hacen buenos negocios de tráfico de armas y con la otra predican el pacifismo. Estaremos solos.