Siembra, barbecho y cosecha

Como siempre les digo, los períodos electorales son una bicoca para los medios de comunicación, aunque estén tan demediados como los españoles, en los que hay cosas que no se pueden decir y cosas que se impone que digan desde arriba. Porque en toda contienda electoral, que dicen los pedantes, hay tres fases, como en el fúrbo: el previo, el partido en sí y el tercer tiempo. En las tres fases los tertulianos se dedican a marear interminablemente la perdiz acerca de la marcha de cada partido (previo) y de los pactos a los que pueden llegar unos y otros (partido y tercer tiempo).

Así que, sin marear la perdiz, vamos a ir al grano. Primera idea: no ha ganado nadie. Ninguno de los cuatro grandes puede formar gobierno por sí mismo. Ganar es formar gobierno, no «ser la lista más votada», como repiten los palmeros de turno. El dictamen inapelable del pueblo (otra de las expresiones consagradas que se dicen en estos casos) va en el sentido de que necesariamente ha de haber pactos. A propósito de las urnas y de la «fiesta de la democracia» (otra expresión), quisiera recuperar una frase de Pérez-Reverte, muy certera: «De nada sirven las urnas si el que vota es un analfabeto». Le llamarán «fascista» (por supuesto) y «elitista de mierda» (alguno que tenga algo más de nivel), pero tiene razón.

Al hilo de esa idea de «no ha ganado nadie», lo que pasa a primer plano es el interés. Es decir: vamos a asistir al espectáculo deleznable del chalaneo programático. Esas partes de programa que se aplicarán o no dependiendo del interés, sobre todo externo: «Si tú haces esto… Esto no te lo voy a dejar hacer… En esto otro vamos a medias…». Y así. Por eso me parece que los pactos postelectorales son una burla al censo electoral. Por ponerles un ejemplo: si en las municipales los votantes socialistas madrileños hubieran sabido que su voto iba a servir para dar a Doña Rojelia la vara de mando, Carmona hubiera terminado su recorrido municipal antes de empezar. Le hubieran votado sus cuatro o cinco fieles y poco más. Igual que le hubiera ocurrido a C’s en Andalucía: de haber sabido antes de votar que Juanillo Marín iba a apuntalar el régimen más corruto e ineto de España (con permiso de los Pujoles), a C’s le hubiera votado la señora madre de Albert Rivera, malagueña de pura cepa, y poco más.

Pero todo tiene su por qué. A diferencia del señor de los talentos (Mt 25, 14-30), se recoge de lo que se siembra y no se puede recoger de lo que no se ha sembrado. Si hiciéramos una lista de todas las pifias que han cometido todos para llevarnos a donde estamos ahora, esta entrada tendría 20 páginas como mínimo. Como algunas de las pifias ya las hemos ido desgranando en este blog mío y de ustedes, les remito a las entradas correspondientes.

Aquí solamente les voy a comentar una, a mi parecer importante, para no hacer la entrada demasiado larga. En mi modesta opinión, la palabra ESPAÑA se ha oído muy poquito. Se han oído los nombres de los candidatos, los de los partidos y los de los contrarios. Hemos oído mucho lo de «Vamos a ganar al partido X» o «Vamos a echar a Fulano de la presidencia» a tono natural o en plan Nürnberg 1934. Lo que indica que a los partidos, o a su núcleo duro, lo que les importa de verdad es el partido. Los españoles les quedan lejos; y la Nación, no digamos.

Y es que eso tiene una razón fundamental. Por compararnos con el motor de Europa (aunque habría que hablar largo y tendido de esa condición), Alemania, vean ustedes. Los políticos alemanes son primero alemanes y después de la bandería que se trate. No importa si son de la CDU o del SPD: Deutschland über alles. Alemania, por encima de todo. Diferentemente, en las Batuecas la casta política se ha dividido en dos bandos:

a) aquellos que no sienten España como su «patria común e indivisible» (art. 2 CE), lo que les acerca a una situación de apatridia de facto. Por si fuera poco, padecen la enfermedad de la melancolía respecto del régimen asesino de 1931-1939, que nos metió en una guerra civil. Da la impresión de que no les importaría volver a meternos en ella si creyeran que pueden ganarla.

b) aquellos que, frente al ataque de los primeros, no hacen absolutamente nada. Nadie sabe por qué no hacen nada: si porque tienen miedo o porque, en el fondo, coinciden con su objetivo de convertir España en lo que quería el nefasto ZP, a saber, en un conglomerado celuloso de nación de naciones. De su boca no salen más que excusas para no hacer lo que tendrían que haber hecho si fueran conscientes de lo que se juega España y no ellos.

De todo ello, lo cierto es una cosa: el gallego y su cuadrilla (o quizá primero la cuadrilla, a la que después se ha unido el gallego) han tardado diez años, pero han conseguido lo que se habían propuesto: han destrozado un partido que en 2004 estaba bien vertebrado y que en ese momento era el único que podía garantizar la unidad territorial de España, pese a algunas concesiones (importantes) al nacionalismo y a la corrupción que ya entonces operaba. Hoy ese partido ya ha desaparecido literalmente en dos regiones españolas (Cataluña y Vascongadas). Deberían pensar en hacer algo. De los hotros un servidor ya no espera nada; pues, como dijo aquél, a España no la reconoce ni la madre que la parió.