Sin calificativos (y III)

Pero en el intermedio también han sucedido otras cosas no menos curiosas. En primer lugar, la presión sobre Mariano se acentúa: toda esta corrupción del PP que sale ahora en los medios parece que lo hace a la orden. Por poner un ejemplo y como ya me pregunté en otra entrada: ¿desde cuándo sabían en Génova, 13, lo que ocurría en la Comunidad de Madrid, es decir, la Púnica y otras guarreridas? La investigación policial nos dice que la trama comienza a actuar en 2003; por lo que cuesta creer que en trece años no supieran nada en la famosa planta noble. Y ahora aparece toda esa porquería. Lo cual se resume en lo siguiente: Mariano todavía cosecha adhesiones inquebrantables, pero ya hay voces que hablan de sustituirle como candidato para las próximas elecciones, que si se cumple el pronóstico van a ser el 26 de junio.

Por si faltara algo, Mariano sigue cabreadísimo con el Rey porque éste, tras el previsible fracaso del pacto de los hermanos Marx, no le ha vuelto a encargar la formación de Gobierno. Algo que con 123 diputados no puede hacer y, además, porque los demás partidos podrían estar interesados en pactar con el PP… pero sin Mariano. Por lo tanto, como diría Lenin, Mariano no es parte de la solución, sino del problema. Como represalia, se ha dedicado —naturalmente, por persona interpuesta, que es como se hacen estas cosas— a enredar en el caso Nóos, que sienta en el banquillo a la hermana del Rey y a su marido, el ex-duque Engatillado. Ahora todos los encausados dicen, después de haber dicho que «el tejemaneje lo llevaba uno de ellos (Torres)» y que «no sabían nada de nada», que «la Casa Real» (sic) sabía y consentía», lo que es bastante falso, si no del todo, y habrá que deslindar los matices (las acusaciones al por mayor es lo que tienen).

No creo que a Mariano le salga bien la estrategia del ventilador. Entre otras razones, porque el Rey sabe que su mayor activo es la honradez a carta cabal, por mucho que algunos, con sorna, le llamen El Preparao (también a su padre el asesino Carrillo le llamaba con la misma sorna El Breve… y lo hemos aguantado tantos años como a Franco). Por ello, lo último que le interesa es verse pringado y lo que hace es mantenerse dentro de la ortodoxia constitucional más estricta. Lo cual enrabia lo indecible a Mariano, por supuesto, porque le pone en la posición del chiste: pacto (susto) o elecciones (muerte), cuando él querría, more suo, no tener que hacer nada y dejar que las cosas se pudrieran por sí solas.

Lo malo es que en la parte contratante de la segunda parte contratante (enorme doblaje de José María Ovies) estamos en las mismas: Mariano no quiere ni oír hablar (por lo menos, de puertas para afuera) de pactar con Pdr Snchz. Ni Grosse Koalition, ni pepinos en salmuera, oigan. Ni siquiera para sacar a España del atolladero institucional en que está metida aunque ésa fuera la única solución. Más aún: Susana sigue afilando la navaja cabritera, unos días más despacio y otros más deprisa, mientras quiere promocionarse como «valedora de la unidad de España» (no hemos oído que contestara a Carme(n) Chacón, cuando dijo que el pacto con C’s «llevaba implícito un referéndum para la independencia»… pero bueno, hagamos como que la creemos).

Menos mal que la Administración funciona porque se aprobaron a tiempo los Presupuestos Generales del Estado. El pueblo (hoy Lagente), ni está, ni se le espera. Como de costumbre, en esta especie de democracia que algunos dicen que tenemos.

Sin calificativos (II)

Continúa la tramoya nacional sin descanso. Recordemos que Mariano estaba cabreadísimo porque el Rey, cumpliendo con su función constitucional, ofreció la formación de Gobierno al segundo de la lista. Mariano debió pensar après moi, des elections. Aparte, Mariano es rencoroso y no se olvida de que Pdr Snchz le tildó de «indecente» en el debate preelectoral —dejemos aparte si tenía objetivamente razón o no—. Y el Rey, a su vez, estaba cabreadísimo porque a Mariano se le escapó que iba a haber elecciones el 26 de junio, como le dijo al premier británico Cameron.

Pues nada, allá que va el espadón de Mojácar a la investidura… que al final se transformó en embestidura. El morlaco le pasó por encima como un trolebús. Ni siquiera le sirvió el contrato de los Marx que firmó con Ciudadanos. En cuanto a Pablo Iglesias, su reacción recuerda a la frase aquella del poeta y dramaturgo inglés William Congreve: «El cielo no conoce rabia como la del amor convertido en despecho, ni el infierno furia como la de una mujer despechada» (Heaven hath no rage like love to hatred turned, nor hell a fury like a woman scorned).

Que, por si faltara algo, ahora le han salido unos granos en salva sea la parte. El primero de ellos, la pregunta del millón: ¿quiere seguir siendo una asociación estudiantil universitaria, en la que el voto se riega con toda la cerveza que uno pueda trasegar, o convertirse en un partido institucional, como el PSUV, y de paso convertirse en casta (¡horror!)? El becario black se pelea con su jefe por el control del magma podemita. Cúmplese así aquella retorcida afirmación de Giulio Andreotti (tomada del francés Talleyrand): «Il potere logora chi non ce l’ha».

Pero vamos por partes. La Constitución exige que haya una primera votación de investidura, cuyo quórum es de mayoría absoluta (51% de los escaños). Tuvo lugar el 2 de marzo y Pdr Snchz no la superó. En ese caso la Constitución, apostando por la seguridad institucional, permite aún una segunda votación, si bien esta vez se necesita únicamente mayoría simple (más síes que noes). Los despechados Mariano y Pablo juntaron armas y el pobre Pdr Snchz quedó más arrugado que un churro mojado en café. Y ello a pesar de que a todos (menos al PP) les prometió lo que querían oír: a los unos, la independencia; a los otros, un programa de progreso (¿qué es “progreso”? ¿Avanzar… hasta 1917? Tengan ustedes una de abusos verbales). Y es que en el intermedio todos se han dedicado a hacer campaña: hasta el pico (bec, en catalán) soviético de Pablo con el diputado catalán no es más que otra pista de por dónde irían los tiros si llegáramos a ese gobierno de progreso.