Libertad de explosión (III)

Nos faltaba por examinar la inoperancia de Europa, cosa que haremos en dos partes. O, más exactamente de la UE, que no es lo mismo que “Europa”. También dijimos en su momento que Bruselas fue responsable de la mal llamada crisis humanitaria al abrir sin más los brazos a los refugiados. No menos Angela Merkel, que se comprometió a acoger nada menos que a un millón de Fluchtlingern, como los llaman allí; medida que los gilipollas socialdemócratas, representados en la persona de un quídam que atiende por Falk Gebhardt, aplaudieron con las orejas justo antes de los hechos de Köln.

El buenismo idiota de la casta política europea (y de sus ramificaciones nacionales) ha llevado a decir que la cultura musulmana es “respetable”. ¿Respetable? ¿Es respetable someter a una mujer hasta límites inconcebibles, llegando al extremo de pegarla si hace falta? ¿Es “respetable” el hecho de que aplaudan el colgamiento de homosexuales en Irán (que aquí no practican porque no se les dejaría… aún)? ¿Es “respetable” practicar a las niñas la ablación genital (lo hacen en la UE, pero de extranjis porque saben que abiertamente no podrían?) Esto es lo que la merma entiende como “respetable”:


Como siempre, ¿qué tenemos enfrente, es decir, de nuestro lado? También como siempre, las redes sociales se han llenado de campanudas declaraciones de los políticos europeos, y los portadores de mecheritos están haciendo su agosto. “Tous sommes…“, ya saben. La UE no quiere darse por enterada de que le están haciendo la guerra. Ese pacifismo suicida que recorre el territorio de la UE del uno al otro confín. Es una táctica muy ensayada y muy eficaz: recuérdese a Miguel Ángel Blanco. La ola de ira que provocó su asesinato hizo que los etarras tuvieran miedo de salir a la calle. ¿Cómo se “calmó” esa ola de ira? Muy simple: en cuanto aparecieron las “manos blancas” (¿”manos blancas no ofenden”?) y los mecheritos, adjuntos a un argumentario del tipo “no somos iguales a ellos” y otras chorradas sentimentaloides. Lo que para ellos es la “señal” de que pueden seguir golpeando en el mismo sitio. Y lo que traducido a las circunstancias actuales es que hemos concedido a esos terroristas la “libertad de explosión”: no sólo de volarse ellos, sino y sobre todo, de llevarse a un buen puñado de infieles por delante. Qué democráticos somos, ¿verdad? Hasta permitimos que unos locos religiosos nos asesinen a bombazo limpio. Pero curiosamente, la culpa es de “las religiones”.

Ítem más: los ¿líderes? europeos no querrían ni por un momento que surgiese un Pierre d’Amiens que convocara a una Cruzada. Malísimo para sus negocios. Pas mal, mon ami! A los culs-gros de Bruselas les asusta tener que hacer su trabajo, una de cuyas facetas incluye el mantenimiento de la paz y la seguridad en el territorio europeo. Pero al mismo tiempo les asusta que surja alguien que, aunque no fuese al grito de Deus vult!, llamara a los europeos a defenderse de la invasión silenciosa musulmana.

Por eso, a alguien que sí podría y muy en serio, como Viktor Orbán, la eurocracia masónica de Bruselas y sus lacayos le persiguen con saña. No sólo por ser católico, que ya es anatema; sino por rebelarse ante el europeísmo de horchata promovido por Bruselas, que apenas encubre un ansia de esclavización. Quienes lo promueven saben perfectamente que mientras Europa siga siendo ejemplo histórico de valores humanos (aunque ya sólo sea “histórico” y no actual), siempre habrá posibilidad de resistencia. Y es peligrosísima —para los intereses de esa eurocracia masónica— una religión que proclama la dignidad esencial de la persona humana, frente a aquellos que quieren un “hombre nuevo” modelado a gusto del Estado (hombre-bonsai, sin duda). Es recomendable la lectura de 1984 a ese respecto. Por de pronto, ya han conseguido que la Iglesia (al menos en España) se dedique a contemporizar, en vez de defender vigorosamente sus principios cuando alguien los agrede. Delenda est Europa.