“Libertad de explosión” (e IV)

Se plantea siempre el qué hacer, finalmente. En mi modesta opinión, Europa ha hecho todo lo que no se debe hacer: transigir, aceptar en su seno una fuerza capaz de destruirla y, sobre todo, ejecutar una conocida comedia al efecto de dar la impresión de que “se hace algo”, que es el caso de Bélgica: al parecer, va a mandar unos cuantos aviones a Irak “para lanzar unas bombas sobre posiciones del Daesh”. Pólvora en salvas.

Pienso, antes que nada, que el problema lo tenemos aquí. Y por aquí es por donde hemos de empezar a solucionarlo. Yo no digo que haya que tratar a todos los musulmanes como delincuentes, ni mucho menos. Pero no hemos de caer en ese buenismo idiota que profesan de todo corazón determinados grupos políticos. Tanta Europol y tanta Euromil… ¿de qué sirven? Todo el mundo quiere guardar bajo siete llaves sus propias cloacas, lo que a su vez provoca descoordinación e impide una respuesta global ante un terrorismo que no es local, sino también global, debilidad aprovechada por los terroristas. En este sentido, no puede haber barrios en Europa en los que la Policía no se atreva a entrar. Y me dan igual aquellos que cada vez que la Policía hace su trabajo berrean «¡Brutalidad policiaaaal!» y los liberales despistados que les hacen los coros diciendo: «¡Todas las costumbres son respetables!». Me da igual que me llamen «fascista represor»; pero entiendo que en facilitar la labor policial y judicial en este sentido nos va nuestra libertad y seguridad.

Todo ello hace que el caos administrativo sea un elemento más a aprovechar por los terroristas. Y lo que asusta, como decía yo en un comentario a una entrada anterior, es que España puede estar andando el mismo camino que Bélgica. Da la impresión de que hay muchos trabajando que así sea, ante un Gobierno que —ahora— se excusa en que «está en funciones» (curiosa manera de reconocer que la situación es completamente disfuncional). Sería terrible, decía yo, que se produjese un atentado islamista en España y que los terroristas, siquiera fuera de manera temporal, encontraran cobijo en Cataluña, donde hay por el orden de medio millón de musulmanes (gracias al Etern Gens Honorable y a sus continuadores) y no todos ellos contrarios a los «golpes de la Yihad». Igual que ocurrió en Molenbeek.

También hay un aspecto que es más complicado de detener, a estas alturas, a saber: las invasiones pacíficas. Sobre todo, cuando el resultado fácilmente puede ser éste:


Invasiones facilitadas por esos gobernantes memos que llevamos soportando desde hace decenios (no, no es tal o cual: han sido todos), en detrimento de los propios del país. Muchos Fluchtlinger musulmanes se han comportado como si el país de acogida fuese en realidad tierra conquistada; lo cual ha redundado en un gran cabreo en Francia (Front National), Alemania (Alternativ für Deutschland), Inglaterra (UKIP) o Finlandia (Verdaderos Finlandeses). Aparte de las naciones de tradición católica, pertenecientes al Imperio Austrohúngaro que también hablan directamente de invasión, señaladamente Hungría (Fidesz). El incremento de esas expectativas de voto de esos partidos ha “puesto de los nervios” a la eurocracia, que ha intentado incluso pagar a Turquía para que les hiciera el trabajo sucio. Aunque lo que quieren los turcos es entrar en la UE (gracias a Dios la UE conserva algo de sentido común y les ha dicho que no), que les den por la cara 6.000 millones de euros no les ha de desagradar.

Como punto final a esta larguísima exposición, déjenme decir un par de cositas. El respeto a las creencias individuales no puede estar por encima del respeto a las leyes civiles, que son para todos, creyentes o no. Los cristianos lo tenemos claro: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (Mc 12, 13-17). Los musulmanes quizá no tanto. A ellos les falta pasar por un Renacimiento y una Ilustración, como Europa, así como también una Guerra de los Treinta Años y una Revolución Francesa, que fue la que, después de mucha sangre (de nobles y religiosos, fundamentalmente y no pocos de ellos inocentes), consagró la separación entre Iglesia y Estado, algo que en Dar-al-Islam no se plantean ni por el forro. Ni “musulmanes moderados”, ni leches en vinagre. Tal y como algunos de ustedes habrán podido experimentar, la “moderación islámica” de algunos se acaba cuando son más de diez en un mismo sitio y además hay un clérigo que de entrada ya no es moderado. Hagan la prueba: echen un vistazo a aquellos países donde ellos mandan. Verán dónde queda esa “moderación islámica”.

Y a todos aquellos que no se integren, siempre les queda la solución de la puerta abierta. No pueden pretender hacer en nuestra casa lo que hacen en la suya. No podemos ser dhimmies en nuestro propio país, sólo porque tenemos unos gobernantes memos que no se atreven a obligarles a cumplir las leyes que son para todos, por miedo a las represalias. Y lo mismo podría decir de aquellos “europeos” que parecen estar diciendo: «Venga, que ya estáis tardando en invadirnos». Pueden irse todos al desierto, a tragar arena. En Europa no son bienvenidos. Y si creer esto me convierte en un neocruzado, como dice alguno por ahí, alabado sea Dios.