Reflexiones sobre el “Brexit” (I)

A la vista del resultado ya confirmado del famoso Brexit, quisiera expresar mi humilde opinión como simple ciudadano europeo.

Para plantear la cuestión pienso que hay que responder a dos preguntas: la primera es por qué irse y sus consecuencias. Y la segunda es por qué quedarse y sus consecuencias. Intentaré pensar en voz alta para que ustedes mismos puedan sacar sus propias conclusiones.

Lo primero que se me ocurre, para empezar, es que los británicos son europeos, les guste o no. Pese a su prurito insular y tal, sólo hace falta recordarles que el limes Hadriani llega hasta Escocia, superando ampliamente las márgenes del Támesis. Ni hace falta recordar la contribución inglesa a la universitas christiana medieval, representada entre muchos otros por Anselmo de Canterbury, Duns Scoto o Thomas More. La historia inglesa, por mucho que les fastidie a algunos, está conectada en muchos puntos de su recorrido con la europea. Siquiera sea porque la actual dinastía reinante, los Windsor, eran en origen los Hannover, —es decir, alemanes—, aunque se cambiaran después la denominación de origen «por patriotismo».

Sentada su pertenencia a la comunidad espiritual europea, podemos poner más hechos sobre la mesa. A mi modo de ver, el problema está en que las razones para irse tienen que ver con cuestiones de tipo político y espiritual, mientras que las razones para quedarse tienen más que ver con cuestiones socioeconómicas y de bolsillo.

Lo fácil, creo yo, es decir: «Menudos egoístas. Sólo han estado en la UE para lo bueno, nunca para lo malo. Anda y que les den». Pero hay que ir mucho más allá, sin duda. Pongamos un hecho sobre la mesa: la machada de Cameron de convocar a referéndum al respetable, que ya tuvo que pronunciarse sobre la permanencia de Escocia o no dentro del «Reino Unido». Recordemos aquello. Recordemos cómo Cameron empezó con la cresta muy alta los debates y acabó poco menos que pidiendo de rodillas y arrasado en lágrimas a los escoceses que no se fueran. Eso debió haberle avisado del carácter peligroso de la experiencia. Pero no aprendió y ahora está haciendo las maletas de Downing Street, 10.

Vean ustedes el siguiente cuadro:


El referéndum ha sido reñido (52% por el Brexit sobre 48% por el Bremain) y, a la vista de cómo se ha planteado, podría decirse que han votado viejos contra jóvenes. Los jóvenes, sabiendo que las cosas pintan color hormiga, votaron Bremain porque estar dentro de la UE —aunque no dentro de la UEM, porque no quisieron perder soberanía sobre su moneda— les reporta la ventaja de la movilidad geográfica, ya sea para estudiar o para trabajar. Si no encuentran trabajo en Liverpool, pueden intentar encontrarlo en Poznan, Bremen, Nantes o Milán. Y si tienen posibilidad de ir a estudiar a Heidelberg, quizá lo prefieran a quedarse en Leeds. Lo mismo se diga de los hoy “extranjeros”: si en Gijón o en Barcelona no hay trabajo, es posible dentro de la UE encontrarlo en Cardiff o Birmingham.

Los viejos lo han visto de otra manera. No van a quedarse en una Unión Europea que no les escucha, que al socaire del interés general europeo (¿existe eso? ¿Qué es? ¿Quién lo determina?) les impone obligaciones que no quieren cumplir. Eso es lo que ha aprovechado Nigel Farage y le ha salido “bien”. Nacionalismo frente a europeísmo. ¿”Suena” eso? Por supuesto, en el inconsciente está la apelación al pasado glorioso de una Gran Bretaña “independiente”: el British Empire y el Rule, Britannia!…

Rule, Britannia! Britannia, rule the waves:

Britons never, never, never will be slaves.

Pensarían los viejos: «Tenemos tras de nosotros a la Commonwealth y a los USA. Nosotros no necesitamos para nada a la UE, cuyos mandatarios abren la boca sólo para fastidiarnos». Habría que comprobar la veracidad de esa afirmación solemne. Pero no sólo eso: Farage contó la trola a su país de que «con el Brexit quedarían garantizadas las pensiones» (¿les suena?), reconociendo después el error. Solamente por eso quedaría invalidado el referéndum. En clave interna, eso sí, hay puntos en que ya no hay marcha atrás, como la dimisión de Cameron. Por si faltara algo, los escoceses y los norirlandeses se han apuntado al bombardeo diciendo que si Gran Bretaña se va de verdad de la UE, que ellos se irían de Gran Bretaña y negociarían de forma independiente su permanencia en ella. Cameron ha abierto la caja de los truenos y el cacao está servido, señores.